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Mil veces me ha pasado, el tiempo se me escapa de las manos como si en medio de una playa me pusiera a jugar con arena. La sensación esa de nadar, allá donde no se da pie y sumergirse a tocar el fondo para sacar a la superficie un poco de arena mojada -la prueba tangible de que se llegó al final- y que solo se vean en la luz par de granos mojados… esa es la sensación que tengo cuando no me alcanza el tiempo.   

Es frustrante.

Por mucho que quiero estirar los días, siguen teniendo 24 horas, de las cuales yo duermo (o al menos trato) 8. El trabajo, el bendito trabajo que hago, se lleva otras 8 y, aunque lo que hago me emociona, siento a veces que, o no lo aprovecho lo suficiente, o no me alcanzan las horas para hacer lo que quiero. Una cosa complicada esta de trabajar detrás de la computadora. La programación usualmente se ama o se detesta, no obstante, en algunas ocasiones, los sentimientos se mezclan.

Después de leer lo escrito anteriormente me acabo de dar cuenta de que me pasé un párrafo hablando de una cosa que a casi nadie le importa, así que perdón.

Lo que en realidad quería decir, por lo que empecé a escribir este texto, es que, a pesar del tiempo que no te doy, en esos minutos extras que deja el transporte, la familia, el sueño y el trabajo, te extraño. Y cuando escribo te, me refiero a tantas personas que pido disculpas de antemano.
A mi hermana postiza, que aunque no lee este blog, tiene un riñón extra si le hace falta. A mi papá y mi hermano, que más que dos, son uno. A los que se fueron. A los que se van. A los que volvieron. A los que no volverán. Y a ti, que sabes que esto es contigo aunque no te mencione.

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Hoy, descubrí a Levon Minassian & Armand Amar, así, como quien no quiere la cosa, en una de esas listas que sugiere el mundo y yo soy muy perezosa para probar.
Me puso nostálgica… o me puse yo, que ya estaba melancólica y media por la horrible manía que tengo de ponerme a revisar fotos viejas.
En fin, la cuestión es que, quizás por apatía, desapego, o vagancia general, ya había pasado un tiempo en el que un tema nuevo me conmoviese.

Esta tarde, sin embargo, volví a tener 15 años y a enamorarme de una canción. Me volvieron las ganas de abrir los brazos y abrazar(te)… de tener(nos) ganas.

Mona, perdón, Mónica, es mi socia. No de las de siempre, porque a ella la conocí hace algunos meses, pero socia al fin y al cabo, que compartir cervezas e historia es lo más cercano a crear lazos en estos tiempos.
El texto a continuación es de ella. No obstante, más que suyo, es nuestro… de nosotras.

***

Una definición muy personal de violencia de género: ver a una persona corriendo hacia a ti en la noche, no saber si es hombre o mujer -porque no ves bien de lejos, menos de noche-, pensar que puede ser hombre, asustarte, paralizarte, empezar a pensar en qué dirección huir, cómo defenderte, todo eso en un instante, y ya cuando está a dos metros, darte cuenta de que es una mujer, mirarse, reírse, porque sin decir nada ambas entienden lo que pasó, ella entiende tu miedo y no se ofende, ella sigue corriendo, tú te sientes segura de nuevo, y te quedas pensando cuándo sentiste por primera vez miedo a los hombres, cuándo aprendiste a asociar caminar sola en la noche y encontrarse a un hombre o grupo de hombres con peligro o amenaza, no saber cuál es la respuesta, creer que ese miedo existe desde que tienes conciencia de que eres una mujer, cuando escuchabas de niña que las niñas se sientan con las piernas cerradas y se ponen shorts debajo de las sayas, que las hembras no juegan con los varones, que las niñas son flores, que los niños no deben pegar a las niñas -no que no deben pegar a nadie sino, sobre todo, que no deben pegar a las niñas-, creer que descubriste que eras una mujer el día en que empezaste a entender que tenías que protegerte de los hombres y, por tanto, tenerles miedo, descubrir, en la medida en que te conviertes en una mujer adulta, que las mujeres que intentaban enseñarte a protegerte, a prepararte para el peligro, desde que eras una niña, tenían razón, ahí molestarte contigo, con ellas, indignarte, aprender a quedarte callada y mirar al suelo y apurar el paso cuando un grupo de hombres empieza a “piropearte”, o cuando te pasa uno por al lado y de pronto se acerca a tu oído y te dice una atrocidad, que si otro hombre extraño se la dijera a él al oído en la calle le partiría la cara a trompones, tener que cambiar tu ruta porque de pronto te encuentras un hombre haciéndose una paja, lo mismo en un banco de Quinta Avenida, que en un banco de la Avenida de los Presidentes, que acostado en el césped como si estuviera en la playa, aprender también a rebelarte, a confrontar a los hombres que se hacen pajas en los espacios públicos por los que pasas, que se la sacan cuando tú pasas, porque tienes que defender que las calles también son tuyas, reclamarles, exigirles que se la guarden, que se vayan a otro sitio, que vas a llamar a la policía, salir corriendo cuando te amenazan con caerte atrás, no olvidar nunca que los hombres son físicamente más fuertes y que los policías nunca están cerca de calles oscuras donde hay hombres que se hacen pajas, ni siquiera si esa calle es una de las principales avenidas de la ciudad, sobreponerte a tu miedo cuando te levantan el vestido en medio de la calle de día y te tocan las nalgas, como si tu cuerpo no mereciera respeto solo por ser el cuerpo de una mujer, caerle atrás al cobarde durante una cuadra y gritarle como una loca eso, cobarde, y que él nació de una mujer, que las mujeres se respetan, quedar ronca de tanto gritar lo mismo, llorar de impotencia por haber tenido que contener las ganas de abofetearle, porque el cobarde no debía tener más de doce años y tú piensas que a pesar de todo es apenas un niño y no puedes atacarle, seguir tu camino a poner flores a tus muertos al cementerio como si nada hubiera pasado, porque eso es lo normal, que los hombres te agredan una y otra vez es lo normal, que no importa si estás triste, si vas a una fiesta o a un velorio o al cementerio, lo que tú sientas no importa porque eres mujer, y ser mujer significa que los hombres pueden hacer de ti lo que quieran, en el momento que quieran, que no eres dueña de tu cuerpo, ni de tu vida, ni de tu suerte, ni de tu ánimo, vivir defendiendo tu derecho a ser tratada con respeto por los hombres que te conocen y los que no te conocen, sin importar cómo luzcas, cómo te vistas, cómo camines, cómo hables, cómo comas, cómo bailes, cómo mires, cómo ames, saber lo que es sentir miedo solo por ser mujer, pero no dejar que ese miedo tan funcional a la violencia te impida ser genuinamente libre. Feliz 2019 a todas mis amigas mujeres, espero que cada vez nos sintamos más acompañadas entre nosotras.

Te das cuenta de que eres feliz cuando te dan ganas de escribir, así, una mañana cualquiera, un lunes. La página en blanco, para variar, no te asusta. Sabes qué quieres decir y no importa el cómo.

Aquí, por ejemplo… solo le dejo un “te quiero”.

carilda

¡¡¡Mierda!!! Llego a Facebook y me entero que se murió la puta. La poeta. La rubia. La mujer. La que me sacó y secó las lágrimas durante estos casi 30 años. La que me estremeció el cuerpo con los versos a la madre, la que me hizo un ovillo con los poemas al padre. Se consumió el erotismo de la que tenía ojos claros. Se me esfumó el sueño de una sonrisa que siempre soñé. No más ilusión de conocer a la diva que le esribió a Hugo Ania Mercer. A la hembra que se desordenaba con un las lanzas de los Quijotes.

¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Mierda!!!

mujer-de-espaldas

Y pasa que a veces, como al azar, aparecen unos versos en libros de nadie. Y una los recoge, los limpia de polvos y se los prueba. Algunas veces son muy grandes, otras pequeños… las palabras no se ajustan al cuerpo como las telas de spandex.

Sin embargo, hay días en que ya con verlos una sabe que son de su talla. Estos parecieran hechos a mano.

 Qué dicen

Dicen que a las brujas
nos afecta la noche
dicen que a las putas
nos afecta el silencio
dicen que a las madres
nos afecta la ausencia
que a las amantes
nos afecta el olvido

Y que a las hembras
nos afecta la luna

Dicen que a las mujeres
nos evade la lógica
transcurrimos dicen
empapando pañuelos

Dicen que estas lágrimas
son un aguacero
se precipitan
nublan lo cercano
velan lo lejano

Dicen más
dicen que esas nuestras lágrimas
son de cocodrila

las enjuga el viento
las lava el olvido

Suelen decirlo otros
Dicen tantas cosas

Qué es lo que decimos
aún me lo pregunto

vive un nuevo siglo

Y no lo escucho claro.

Arabella Salaverry
(Managua, Nicaragua, 1946)  Reside en Costa Rica
de Chicas malas, Uruk Editores, San José, 2009

Hoy tuve miedo. Me mordió la garganta en el mismo momento en que dijeron: accidente.  

No es un sueño, estoy despierta. Las marcas de la mano abierta lo señalan. A lo lejos frena un almendrón. Cierro los ojos. El cerebro descubre a la ambulancia. El sonido… el puto sonido lo difumina todo.  La bicicleta blanca aparece y desaparece como el conejo de Alicia. Ya no es blanca… no está completa. La campana suena mientras el timón, como brazo fracturado, es recogido de la acera.
A él no lo veo. En el piso, gotas de sangre van a esconderse detrás de un parabrisas viejo, roto, astillado.

Una mujer me mira fijo desde un espejo. Me reconozco. Por la barbilla una gota roja alcanza la camiseta.

Se deja de escribir cuando el mundo comienza a girar
y uno es el que no se mueve.
Cuando las vueltas te cierran los ojos y el viento
-ese mismo que antes te levantaba la falda
para regalarte silbidos-
te desata los cordones.
Y te caes,
por supuesto,
y la calle te desangra los tobillos.

Se retoman las letras cuando el mundo para
y uno,
atrevido,
saca los codos y no pide permiso
para bajar.

-Ya a los niños -comentaba mi vecina ayer- no hay quien les lea antes de dormir. El otro día, por ejemplo, Sofía me preguntó que por qué Blanca Nieves le hacía todo a los 7 enanos, que si ella no había oído hablar del feminismo. Me quedé fría. No, y a Juanito no hay quien le lleve la contraria en que el flautista de Hamelin era babalawo. Ya no sé que hacer con ellos… tú no tendrás por ahí uno de esos libritos “raros” que siempre lees?

Juro que al principio eso de libritos “raros” me pareció un poco falta de respeto… pero bueno, hay que comprender a una madre estresada. La maternidad aun está subvalorada.

Quizás por eso (llevando a cabo la buena acción del día) hoy le toqué a la puerta con una edición novísima de los cuentos de Javier Quiroga G. Aquí les dejo uno… quizás este le parezca un poco más real a los niños modernos.

 

Había una vez

Un apuesto joven llama a la puerta de Cenicienta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que ésta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:

—Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

Él me llama, no por el nombre sino por el cariño. Y me agarra la cara con las dos manos y me susurra “te quiero”. No se da cuenta de que tengo miedo…

Los naufragios

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Y ya son...

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