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Últimamente, de noche, me visita un escritor… o más bien un juglar de historias, que sólo escribe cuentos para enamorar muchachas. Le robó el trineo de estrellas al Principito y suele tocar a mi puerta cuando la Cenicienta se va a dormir. No soporta que lo espíen ni la Luna ni las nereidas, por eso se llena el cuerpo de algas para despistar sirenas. A cambio de besos transcribe secretos. Su precio- cual mercenario- depende de la relevancia.

La “mujer mariposa” se trató del último, me salió bien caro.
Según su relato, estos seres mágicos tienen los orgasmos con el corazón. Y los temblores del mismo son los que le vuelan el alma.

Luego de pagar cien besos me acosté a dormir. Al amanecer soñé que me nacían alas.

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No hay mayor venganza que unos tacones sin sonido. Escaparse a media noche de una cama ajena, de un hechizo roto, de un abrazo a medias para vengar una ausencia, sólo tiene mérito cuando se hace en silencio. El vacío de una casa puede tornarse ensordecedor a veces.

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

Ann tiene la hermosa manía de coleccionar poemas. A veces, producto de un sueño, se despierta tarareando versos y me pone, como loca, a descubrirle el autor. De vez en cuando le acierto a la primera y ella me mira, sonríe… y me pregunta. Porque eso sí, cada poema que adivino tiene historia y apellidos.

Hoy se levantó con Juarroz. Me hice la desentendida. Tengo miedo a evaporarme si le pronuncio tu nombre.

Hoy desperté con un fragmento de versos de Jaramillo. Te miré, como quien ve dormir un sueño, y me acerqué a tu nuca a respirarte. Tu cuerpo tenía ese olor animal que describen en los libros… olor de hombre. Una gota de sudor se apuraba por tu espalda y mis labios, como dos autómatas, se volvieron a devorarla.

A veces creo que los poetas son seres omnipresentes, y van y vienen de muchos tiempos recolectando historias. Tal vez a la nuestra le nació un poema.

Confesión

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
Es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando ausente mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.

Y viene la serpiente a morderme el tobillo, a inyectarme, maliciosa, su veneno dulce. La piel comienza a transpirarme, los ojos a cerrarse, la boca a abrirse. Una corriente me sacude el cuerpo y caigo al piso con el mismo estrépito que un dique al partirse.

Muriendo voy, poco a poco, arrastrándome tras sus colmillos. Busco en su piel la dulce humedad del alivio y le susurro – aprendiz del idioma pársel- que no se me vaya lejos… Necesito preguntarle urgente, en dónde escondió al principito.

Hay un lugar en La Habana, uno de esos lugares hermosos y a la vez tristísimos, que me hace pensar en la lluvia. No llueve cuando lo veo y, sin embargo, gotas finísimas me trastabillan en el rostro.

Una inmensa chimenea, de esas que aparecen en los cuentos infantiles, corona el espacio enladrillado y yo no puedo más que admirar, en medio de todo ese llanto imaginario, la luz que baja del cielo.

La luna, allá en lo alto, parece estar concediendo deseos… un poco Cenicienta me siento.

Salir de un libro

No es fácil luego de terminar ese libro que te alargaba las noches, tener que volver a la vida real… causa cierto trauma. Y es que, en aras de la verdad, nunca he sido buena dejando ir, siempre me aferro a la historia. Incluso días después, soy de las que mezcla personajes y compara… Si hubiera sido yo la autora del libro: ¿Se enamoraría la pelirroja? ¿El conejo hubiera llegado a tiempo? ¿Dejaría la zorra que se le domesticara?

Nada, que no tengo remedio, lloro con los libros como si de mi propia vida se tratase y me zambullo en las páginas como si en ese instante lo único real me lo contaran unas letras. ¿Quién sabe? Quizás estoy diseñada para convertirme en personaje, y sólo estoy esperando que alguien me regale un cuento.

Al fin y al cabo: La vida, como decía mi abuelita, es apenas una novela que no se ha escrito.

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Dormir sola. Arrinconarse en una esquina de la cama y atrapar entre las piernas la almohada amorfa que está a punto de desintegrarse. Soñar. Cambiar de posición 80 veces porque el brazo se duerme, porque la sábana se pega al cuerpo, porque hay más calor del necesario, porque volvió el frío. Despertar. Cansada, ojerosa, despeinada. Con la cama destendida a medias (aún no sé cómo destruyo la parte en la que no duermo). Despertar… sola.

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Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero
desde que sé que no vendrás más nunca.
He vuelto a ser aquel cantar del aguacero
que hizo casi legal su abrazo en tu cintura.

Y tú apareces en mi ventana,
suave y pequeña, con alas blancas.
Yo ni respiro para que duermas
y no te vayas.

S.R.

Hace un tiempo soñé que me dormía en una playa de arenas blancas. Tú aparecías en el sueño. Me cubrías el cuerpo con las hojas caídas de los árboles y en el rostro me posabas mariposas. Yo respiraba alas llenas de luz -era un sueño raro- y la cara se me cubría de escarcha blanca.
La escarcha (si mal no recuerdo) provenía de tus lágrimas… lagrimones pesados corrían por entre mis senos dibujando, al secarse, extrañas figuras en el suelo. Y yo no me despertaba.

A partir de entonces le temo a las mariposas.

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Por sacarme una sonrisa te quedaste sin cordones. Hiciste con tus zapatos una cuerda y te lanzaste en caída libre por la ventana. ¿O fue al revés? Ya no me acuerdo.

La luna menguaba para esconderte y en la penumbra tu voz brillaba. –Abre el balcón -me despertó una piedra- traigo Nutella de contrabando.

Los naufragios

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Y ya son...

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