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Foto: Claudia Aguilera

Foto: Claudia Aguilera

Tener un novio extranjero, en Cuba, es vivir en medio de una hipocresía mediática. Por una parte, no hay ninguna diferencia en que una pareja provenga de Estados Unidos, Argentina o Canadá, pero por la otra, está el tono en que la gente que te conoce pregunta con morbosidad: ¿y entonces qué, te quedas o te vas? Como si tener un novio extranjero fuera el equivalente a una visa de esas que dan en las embajadas.

Hace poco, conversando con unos colegas, alguien me preguntó por mi estado civil. Soltera legalmente -contesté de inmediato- pero tengo novio…  por si era eso lo que querías saber.

Y sí, lo era. Aquí a casi nadie le importa un comino si hay boda por medio o no, la gente solo pregunta si hay un nombre de por medio. Luego, por supuesto, vienen las otras interrogantes. ¿Cómo se conocieron, tienes fotos, a qué se dedica? Casi siempre dejan para el final la peor ¿y dónde vive? -o en su versión más moderna- ¿y de dónde es?

Hoy en día, vivir en Playa o el Vedado se considera una especie de bonus extra en lo que a material de pareja se corresponde. Al parecer la zona es un valor agregado. No obstante, si la respuesta traspasa los límites señalados que corresponden a la isla, te miran con cara de suspicacia mientras exclaman a media voz: ¡Ahh!

Todavía hoy me cuesta trabajo asimilar los “Ahh”. Tanto los he escuchado que casi podría clasificarlos. Está el que te suelta la vecina más chismosa del barrio y este, dependiendo de la ideología política de la susodicha, equivale a decir “esta juventud está perdida, como se traicionan los ideales” o “mira lo que tiene que hacer la juventud para salir adelante”. Ambos casos, por supuesto, vienen acompañados por una mirada de arriba a abajo que sería el reemplazo perfecto de los escáneres de los aeropuertos.

Están también los “Ahh” familiares que, afortunadamente, vienen con pregunta extra.
¿Qué edad tiene? es la primera oración que sale de los labios de una madre al enterarse que “su retoño” anda con personas extrañas. Entonces, dependiendo del tipo de relación que haya en el núcleo familiar, las expresiones exclamativas también siguen un patrón. Pueden llegar a ser del tipo “Ay, mijita, ahora la gente va a pensar que tú andas en malos pasos” o “entonces aprovecha bien, que eso no se da todos los días”.

Casi todo el mundo tiene una opinión acerca del tema. Están los amigos de toda la vida que ni se inmutan y los que te dan su número de zapato “en caso de un posible viajecito”. También  están, por supuesto, otros que ponen cara seria y repiten como papagayos: ¿Y el  futuro qué? Como si uno lo tuviera todo pensado.

Tener un novio extranjero no hace ninguna diferencia. Seamos realistas, hay relaciones de interés tanto en el ámbito nacional como internacional. Y hay extranjeros con dinero como mismo también hay otros que no tienen un kilo.

En Cuba, donde hay una xenofobia inversa -aquí los turistas casi siempre tienen prioridad- andar de la mano con alguien que hable con un acento “raro” no debería incomodar a nadie. Una mujer y un hombre (en cualquiera de sus variantes) hayan nacido en China, Rusia, Brasil o Costa Rica, se enamoran como idiotas en cualquier parte.

Lo que yo le veo triste a toda esta historia, es la distancia.

(Publicado originalmente en El Toque)

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La Habana, cuando anda por los cines el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, se convierte en una ciudad diferente. Ya no es gris (incluso si llega el frío) y las calles, antes desiertas, se transforman en una especie de hormiguero de personas corriendo de un lado a otro.

Los cines, tan acostumbrados a la inercia de los peatones, se alzan altaneros ante la masiva audiencia que se les mete por cualquier hendija si por la calle corre que la película es buena. Hay quien reserva pasajes para la fiesta del cine, quien saca a la calle sus mejores trapos e incluso quien estrena bufandas en cuanto asoma la nariz un vientecito de invierno.

Cuba, que en realidad solo conoce un eterno verano, se vuelve una especie de bohemia friolenta cuando el festival se acerca. Y a la calle salen verdaderos conocedores del séptimo arte. Se habla de fotografía y guiones como antes se discutiera de fútbol o de pelota, y uno empieza a identificar en las salas de estreno, a las tradicionales tribus urbanas que se dignan a aparecer solo en tiempos de festival.

Dentro de ellas se encuentra el “Intelectual de cartelera” que, más que ir a los cines a disfrutar las películas, se convierte en la Wikipedia andante de todo lo referido al festival. Sabe el nombre del cine y la hora exacta en la que pasan esa película que quieres ver, pero no encuentras en el sitio web del evento, y puede recitar del pi al pa la sinopsis de todas las óperas primas que van a exhibirse.

Una versión menos complicada es el “Regionalista cinéfilo”, que compra uno o más “pasaportes” con el fin de asistir a todas las presentaciones que ofrece un país específico y un subgénero del mismo es el “Director-Fan”. Ambos son reconocidos inmediatamente al observarse el ardor y/o entusiasmo con que defienden los temas de su interés.

Está también, por supuesto, quien en todo el año no pisa una sala de cine y en esta etapa corre de una proyección a otra alabando las cintas como si de su familia se tratara (“Festival-Fan”). El reverso de la moneda es ese personaje que siempre vemos en los estrenos y al llegar el festival no se le ve en público. Su justificación puede variar de “Me gusta el cine en silencio” hasta “jamás me ha gustado hacer colas” –ambas válidas. A este compañero jamás se le debe etiquetar, él es un valiente.

Lo más común, sin embargo, es encontrarse a quien invita a un amigo desprevenido con el objetivo de descubrir un filme. Ninguno de los dos sabe si está bueno o malo, ni qué actor o director lo interpreta, pero se animan a entrar al tumulto. Yo los llamo “Los conquistadores”. Gracias a ellos, los que pertenecemos a la tribu de los “Intermitentes” (tiene que ver con la frecuencia de visitas a las pantallas) comparamos las notas extraídas por varias fuentes y nos animamos a verificarlas. Una medalla se merecen los primeros. Una venganza pública nos merecemos los segundos.

Seas del grupo que seas, La Habana, mientras recibe entre sus murallas la fiesta internacional del cine, tiene un espacio reservado para ti. Entre las tantas películas que se proyectan, queda la opción de camuflarse como un personaje más.

(Publicado originalmente en El Toque)

Como lo prometido es deuda, les dejo hoy el segundo cuento que mandé al Onelio, otra vez, lamentablemente para ustedes, les suplico las necesarias observaciones.

La hierba seca no huele a alcohol

A dos cuadras de mi casa se encuentra el único hospital psiquiátrico de la ciudad. No es un hospital grande y, como todo psiquiátrico que se respete, tiene sus muros pintados con un tono de verde que recuerda la hierba seca que se comen las vacas. Mi tía, que es enfermera, trabaja dentro. Cada domingo, en el turno de la tarde, paso a llevarle la comida horrorosa que le prepara mi mamá y ella, con actitud de mártir, se traga despacio.

Hace ya un mes, en una de esas visitas obligatorias a las que me manda mi madre, conocí a Karla. Mi tía dice siempre que es una mujer preciosa, pero a mi más bien se me parece a uno de esos gatos callejeros que pasean por las calles en busca de una mano que los acaricie. Tiene sus mismos ojos verdes. Si soy sincero tengo que confesar que al principio me asustaba un poco que me mirara tan fijo con esos ojazos pero según mi tía “es una loca pacífica”.

El primer día que la vi, andaba como una zombi recogiendo las hojas secas del patio. Yo todavía tenía el pozuelo de la comida en las manos pero me llamó la atención aquella muchacha desgreñada que se agachaba cada cinco minutos a recoger algo de la tierra. Me le quedé mirando como un tonto hasta que me tía me pegó un grito y me llamó dentro.

Cuando salí, ella me estaba esperando con el montoncito en un cartucho. Tienes un color bonito, me dijo a modo de saludo. Y yo pensé que se refería al color que había cogido esa semana en la playa. Pero no, justo después me explicó que no todos los niños que pasaban por el hospital tenían mi tono de azul de mar y ahí sí me quedé frío. Me miré las manos enseguida y casi aliviado le dije que no, que mi piel no era azul, solo estaba medio roja por el sol de la playa. Ella me escuchaba explicarle con una sonrisa de oreja a oreja y, mientras le insistía, comprendí.

Justo en ese momento sonó la campana que llamaba al almuerzo y Karla me dejó plantado mientras echaba a correr al comedor. Yo, con cara de idiota, me volví a mirar las manos.

El domingo siguiente recorrí casi todo el hospital esperando encontrármela nuevamente, no apareció. Pensé incluso preguntarle a tía si la había visto pero luego me la imaginé haciéndome las preguntas que le hacen todos los adultos a los niños y desistí de la idea. No estaba dispuesto a admitir frente a nadie que me gustaba ser llamado azul. Capaz que me internaran por eso, o peor, que se lo dijeran a mi madre y jamás me dejara salir de nuevo.

Esa semana me duró un milenio. Estuve esperando el domingo como si fuera a venir Papá Noel a traerme los regalos de Navidad y, cuando al fin llegó, casi me olvido el dichoso pozuelo de la comida. Tanto apuro tenía por llegar que, al doblar la esquina, me tropecé con una piedra por andar corriendo. Al llegar al hospital, con el pantalón roto y los zapatos sucios, Karla, que estaba sentada en el portal leyendo un libro, me regaló una sonrisa que me quitó el dolor.

Esa tarde se me pasó volando. Mientras Karla me contaba, o mejor dicho, me describía su universo de colores, yo iba atesorando cada palabra que salía de su boca. Según ella, cada persona tenía un color específico y, aunque en un principio yo creí que se refería a un olor característico, ella me sacó de mi error asegurándome que los colores y los olores no se parecen en nada. Me puso como ejemplo el olor del hospital y el verde de su pintura; yo tuve que aceptar que no tenían nada que ver. La hierba seca no huele a alcohol.

El domingo siguiente, mientras la esperaba en el salón de mi tía, escuché a dos médicos hablando de su evolución. No tiene remedio, le decía uno a otro, los tratamientos con ella no funcionan. A pesar de ser la loca más cuerda que tenemos, en el fondo parece que no quiere curarse.

Creo que al verme interesado pararon de hablar. Se remangaron sus batas blancas y comenzaron a nombrar pastillas que terminaban en pan. Me acuerdo de ello porque me entró tremendo ataque de risa al pensar que el que las nombró debía de ser un loco más. ¿A quién se le ocurre ponerle a las pastillas un nombre terminado en pan?

Afortunadamente, Karla llegó unos minutos después y se me olvidó todo aquel debate cuando nos pusimos comparar (por enésima vez) olores con colores. No me hubiese acordado de aquello si no fuera porque hoy, cuando mi tía destapó su comida, un olor a hierba de parque inundó el comedor mientras una sopa tristísima jugaba a matar cebollinos.

Debo advertirles que este es el primer texto que escribo con tanto diálogo, es uno de los 3 cuentos que entregué ayer en la Convocatoria del Taller Literario del  Centro Onelio Cardoso, así que perdónenme por todas las posibles/probables faltas que pueda tener.  Se los dejo con la nota al margen de que cualquier sugerencia y/u opinión será más que bienvenida 🙂

Mala suerte

-Ya no estoy para perder el tiempole comenta Teresa a Marina esperando la guagua. Me cansa que se repita la historia. Un mes les doy para ver si me convencen pero nada, desaparecen en la primera semana. Ya no hay hombres interesantes en La Habana.

-Sí los hay, Tere, lo que pasa es que si gastas tu tiempo en buscarlos, no te van a aparecer jamás. A ver, ¿qué fue de la vida de ese doctor buenísimo que te rondaba?

-Nada mija, ya tú lo dijiste, médico, no tenía un kilo donde caerse muerto, y yo tengo 2 niñas que alimentar. Solo de amor no vive el hombre.

-Pero mamita, contigo no hay quien pueda. ¡Si me dijiste el otro día que te encantaba!

-Sí, pero eso fue antes de conocer a Fernando.

-¿Y quién es el Fernando ese?

-Un taxista, hace ruta de La Habana a Guanabacoa. Gana una pila. Lo conocí un día que me monté en su carro. Si te cuento lo que me pasó ese día… ¡Qué pe-na! se me había quedado el monedero en la casa y no tenía un kilo para pa´ pagar el taxi. Menos mal que me dijo que si yo quería me cobraba el pasaje con una salida. Tú me conoces, a caballo regala’o… Le di mi teléfono y me llamó esa misma noche para ir a comer al otro día. Me llevó a La Guarida. Mima, si tú llegas a ver ese restaurante te mueres. Nooo, y no te hablo de los precios de los platos, con lo que se gastó Fernando me compro la comida de 2 meses. ¡Alabao!

-Pero Tere, ¿tú no me estabas diciendo hace 5 minutos que no hay tipos interesantes en La Habana? ¿Te peinas o te haces papelillos?

-No Marina, no, si Fernandito era de lo más “interesante”. Lo que yo no sabía es que también era casado. ¡Yo lo que tengo es un chino atrás! No me encuentro con uno que sirva. Primero Manolo, ¿te acuerdas de Manolo? Bueno, pues ese Manolo me rompió la boca un día porque le dije que no quería cocinar. ¿Mentira dices? No mima no, verdad verdadísima. ¡Si hasta me partió un diente! Eso que te dije del pelotazo en la cara de los chiquillos de enfrente fue pa’ que no te preocuparas. Manolo era un animal. Rafa, el que vino atrás, a ese tú no lo conociste, era todo lo contrario. Cariñoso a morirse. Imagínate tú, era artista. O como él decía: un espíritu libre. Tan espíritu libre era que se metió a maricón. No confíes nunca en los artistas Marina, te lo digo de corazón. Ni en los militares, esos son los peores. Mira a Josefa, casada con un teniente hace 5 años. ¿Y el marido? siempre perdido. Que si una reunión, que si un despliegue… muela, muela bizca. Ese seguro tiene otra mujer regá por ahí. O sino dímelo a mí, que una vez cogí a Yoslandry en lo mismo. Qué rato más malo ese día, Marina. Qué manera de llorar. Y como él hablaba de las mujeres… decía que yo era un sol porque jamás le pedía nada y nunca se me había ocurrido salir sin él. A las otras, a las mujeres de sus amigos, las llamaba “caras” y “nocturnas”… descara’o. Al final terminó con la pelandruja esa que, me lo dijeron de buena tinta, le pega mil tarros. Me alegro. Por chanchullero. Si cuando yo te lo digo… mala suerte es poco. Voy a tener que ir al babalawo de la esquina a ver si me hace una limpieza.

-Pero de qué hablas, mujer, ¡si tú eres católica! Como se entere el padre Juan te descomulga. Eso no lo digas ni en juego. Vas a ir tú a esos brujeros a qué, ¿a que te tumben el dinero? Solavaya. Tú lo que tienes que es ir este domingo a la iglesia y pedirle a Diosito que te consiga un marido. Ya de paso lo pides con casa, que no es fácil empatarse con alguien y que al cabo del tiempo te quiera tumbar la tuya. Mira a mi vecina, la está pasando negra con el delincuente ese de su marido. Y yo se lo advertí, se lo dije siempre: Catalina, ese hombre no es trigo limpio, mira como tiene a su mamá en un asilo. Pero no me hizo caso, y cómo está ahora, volviéndose loca en los tribunales. Así que ojo… si vas a pedir, pide bien. Mira, ahí viene la guagua, apúrate que se te va.

Luego de unos minutos, los tacones de Teresa se arrastran por una calle sucia de la Habana Vieja. Mientras habla ensimismada con el de arriba pidiéndole señales, Fernando, su ex-taxista, la choca contra el parabrisas. En el hospital solo distingue batas blancas. Un médico con cara de pobre diablo le sostiene la mano. Con la ternura en los ojos, la conecta a duras penas a la máquina de oxígeno que le quita a otro paciente. El médico es Carlos, el mismo hombre al que rechazó hace un mes.

Pasado un cuarto de hora, una explosión de luz ilumina el hospital. En el cuarto de Teresa, la máquina hace bip.

Ya en el velorio, Marina reparte sus condolencias. El médico, única conquista que se atrevió a asistir a la funeraria, se le acerca con los ojos llorosos. Aparte de la bata blanca, viste el luto obligatorio. Marina lo mira con la compasión dibujada en los ojos.

-Mala suerte, decía ella que tenía. Jamás le creí. Pero vaya… un rayo seco a las 4 de la tarde hace dudar a cualquiera.

-Pues sí señora, y yo que ese día pensaba llamarla para invitarla a salir, cuando la vi me pegué tremendo susto. Imagínese usted, la semana pasada se murió un tío abuelo que tenía en España y me dejó en herencia todo lo que tenía. Una lástima lo de Teresa… tanto que me había hablado del restaurante ese al que van los artistas. ¿La Carina? ¿La Guarrina? Ni me acuerdo… era uno ahí que le gustaba. ¡Qué mala suerte!

Imagen: Igor Morski

Imagen: Igor Morski

Cuando una mujer mira a un hombre (o a otra mujer) y le dice que lo/la perdona, que todo está olvidado, miente.
Las mujeres no olvidan, archivan.

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Ayer, después de ver la caricatura de Marcos Severi del ramo de papas fritas, me puse a pensar en lo genial que sería unir a la gente con el  fin de crear una campaña que le diera la vuelta a los clichés amorosos. Originalidad ante todo, sería el lema de la misma, y una de sus consignas sería: Las rosas huelen muy bien… pero las papas saben mejor. Por supuesto, contrataría un director de publicidad para esas cosas (en la línea anterior me di cuenta que no sirvo como jefa de marketing) y a alguien que se encargara de darle publicidad a los ideales de regalos nuevos.

Las papas, por supuesto, serían nuestro principal producto. ¿A quién no le gustan fritas? -pregunta retórica, abstenerse de responder. Luego cambiaríamos perfumes por desodorantes. Ustedes saben… son más prácticos y menos caros.

Eso sí, mantendríamos los chocolates. Bajo ningún concepto se puede alterar la exquisita costumbre de intercambiar derivados del cacao. El énfasis se haría, para variar, en la sustitución de bombones por Nutella. Atendiendo al hecho de que los primeros son más pequeños y los segundos ofrecen la posibilidad de reutilizar el envase, creemos firmemente que sería una buena práctica.

No nos responsabilizamos por los aumentos de peso. Ya se sabe… a barriga llena, corazón contento.

Foto: Luca Rossato

Foto: Luca Rossato

Una va por la calle pensando en lo mismo de siempre, el café, los mandados, el revolcón pospuesto de por la mañana -que venía posponiéndose desde la noche anterior porque al otro día había que levantarse temprano- cuando de repente, como salido del aire, un golpe le cruza la cara a una mujer. Y duele. Aunque no sea tu cara, sientes la mano marcándote el rostro.

Un hombre el culpable. ¿Un hombre? Un ejemplar con cromosomas XY.

Después de la impresión inicial, en la que todo sonido se diluye y solo flashazos de imágenes desfilan por tus pupilas, una comienza a reconocer los sonidos. Luego las voces.
La de ella es apenas un susurro, sus palabras solo atinan a suplicar.  En cambio él, embutido en esa superioridad ancestral que tiene por nombre machismo, grita.

Recuerdo que par de lágrimas me asomaron a los ojos cuando, a pesar de los gritos, la pobre mujer procuró mil veces disculparse.

Un hombre que estaba cerca de mí, trató de acercarse a ayudar. La realidad me sacudió el alma como un terremoto cuando, al grito de “¡Con mi marido me entiendo yo!” un par de tacones volaron cerca del rostro del defensor. Casi al mismo tiempo, el  dichoso marido le propinaba otro gaznatón. “Por meterte en mis problemas”, le escuché decir mientras levantaba el brazo, “y por puta mala”.

Después del sobresalto, el improvisado Quijote volvió sobre sus pasos rumiando imprecaciones y, no sin cierta razón, reiteró la frase cliché de que cada quien tiene lo que se merece.

Desde la esquina, contemplando el escenario, un carrusel de imágenes me pasó por la cabeza. Y lloré. Lloré por las mujeres lapidadas que se atrevieron a levantar los ojos y mirar a un hombre de frente. Lloré por esas otras que, en flagrante mutilación, les sometieron sus partes íntimas a la ablación. Lloré por las que son vendidas como esclavas, tanto sexuales como domésticas –no hay excusa posible para la esclavitud. Y por las que sus familias entregaron a un matrimonio sin amor.

Ser mujer no siempre es fácil, en muchas partes del mundo son objetos decorativos o recipientes que cargan material genético. Los perros valen más que ellas. Son más caros.

La que se arrastra al borde de la calle suplicando perdón no es una excepción. ¿Quién puede adivinar lo que le fue enseñado en su casa? ¿Quién sabe si su padre era un borracho que le pegaba a la madre? ¿O si la madre tenía 6 hijos y dependía solo del padre? Lo único real en toda esta historia, lo que se puede acuñar si es preciso, es que esa mujer es una víctima de su entorno y ese hombre un cobarde de la peor calaña.

Levantarle la mano a una mujer no hace que crezca el bulto de la entrepierna, limpiar un piso no hace que se vuelva más chiquito. La violencia, incluso entre iguales, es un acto primitivo. Con alguien que no puede defenderse, más que un abuso, es algo digno de animales.  Y que me disculpen los últimos por el insulto.

(Publicado originalmente en El Toque)

Decía Martin Lutero:

El pensamiento está libre de impuestos.

Y yo que -en ocasiones-  puedo volverme una cínica de los cojones (perdónenme la españolada) a veces creo que sería mejor que no lo estuviese… total… hay tanta gente que no piensa y no paga nada!

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Estar soltera y sin hijos rayando los 30 es, en algunos círculos sociales, un estigma. Y lo sé porque desgraciadamente (o afortunadamente) entro en ese grupo. Para muchas madres y/o mujeres de cierta edad -me refiero expresamente a la generación antecedente a la mía- yo soy lo que se dice “un bicho raro”, sobre todo cuando les anuncio sin tapujos que no, no me interesan los niños todavía y estar soltera es simplemente una decisión.

Y es que, en realidad, estar soltera no implica necesariamente estar sola. Tengo un trabajo que me hace feliz y mis amigos llenan esa parte social que todos necesitamos. Incluso afirmo, aunque vuelva a caer en el cliché, que a veces es mejor estar sola que mal acompañada.

¿Que no tengo pareja por el momento? ¿A quién le importa? A mí precisamente no, a veces es necesario tomarse un tiempo para uno mismo con el fin de saber exactamente qué es lo que se quiere, o adónde se quiere llegar. Una pareja no es algo a tomar a la ligera. Sobre todo en estos tiempos. Una buena amiga, de esas con 30 y sin hijos todavía, ondea como bandera que lo importante en una relación es hacer equipo;  yo la apoyo en un 105%. Ella, por ejemplo, encontró al perfecto compañero. Y es feliz. Yo también lo soy por ella. Sin embargo, aunque sé perfectamente que tener a alguien al lado con quien se pueda contar es una de esas cosas placenteras en la vida, no estoy apurada… lo que tenga que venir, vendrá. Y si no viene, pues no pasa nada, mi felicidad no depende de otros, yo soy una naranja completa.

Respecto a los hijos, bueno, ese tema es aún más delicado. Todo aquel  que ya tiene uno (la mayoría por estas edades) siempre hace la misma pregunta: “¿Y tú para cuándo te embullas?” Como si tener un niño fuera tan fácil como mandarlo a buscar con la cigüeña.

Hay personas que nacieron para ser padres, hay otras que no. Tener hijos no es lo único que se puede hacer en la vida. Yo, particularmente, quisiera uno, tal vez dos, pero no tengo prisa. Todavía no me derrito cuando veo un bebé por la calle. Todavía lo primero que me viene a la mente cuando me hablan de niños es la cantidad de pañales que hay que comprar. Además… primero tendría que encontrar un padre, ¿no?

Quizás, como me recuerda mi familia -a diario- me he vuelto un poco cínica y/o exigente con los años. Quizás no. A lo mejor solo es una de esas etapas existenciales por la que pasan las mujeres “raras” como yo. Porque si de algo estoy segura es de que no estoy sola. Las que rondamos los treinta solteras y sin hijos somos un grupo de “fenómenos” que pisan las calles de Cuba, cada vez más fuerte, cada vez más seguras.

Eso de la pareja perfecta es una fantasía de Hollywood para que sigamos enganchados a sus películas. En la vida real, para conocer al príncipe, primero hay que besar muchos sapos.

(Publicado originalmente en El Toque)

Foto: Ángel Vázquez

Foto: Ángel Vázquez

Según la Real Academia de La Lengua Española, el suicidio es la acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza. Para mí, quedarse mirando al mar, es una especie de harakiri emocional.

Esa franja azul que nos rodea tiene la capacidad inalienable de apretujarme el alma. Y van y vienen las lágrimas con la marea. Cada ola que baña el malecón me recuerda que mi mejor amigo, quien coincidentemente es mi padre, está lejos de mi abrazo porque media entre nosotros ese mar maldito.

Entonces, al mirarlo, insulto mil veces su letanía y ofrezco mi alma a los 4 vientos a cambio de un Moisés que separe sus aguas. Poco me importaría parecerme a Fausto, cambiaría con placer mi alma por un camino entre las dos orillas.

Desgraciadamente, a veces creo que soy la reencarnación de Alfonsina, aunque un día me mate, no puedo vivir sin él. Quizás tiene algo de razón aquel escrito que proponía la tesis de la nostalgia y el mar y nosotros, los que nacimos en islas, somos más propensos a la melancolía cuando se trata de la emigración. Debe ser cierto.

El vacío que me deja la ausencia de los que parten, se va marcando más hondo a medida que pasan los años. Y me siento sola. Y de las memorias que debieron estar llenas, fueron desapareciendo personas.

Mi padre no logró estar el día que me gradué de Ingeniera. No pudo estar, siquiera, el día que entré a la universidad. Tampoco alcancé a recibir su abrazo el día que murió mi abuela (y bien que lo necesité). La distancia, el dinero, la política… el mar, se lo prohibieron. Tuve que conformarme 5 años con una voz que me besaba por teléfono.

Mi hermano, el segundo hombre de mi vida (lo siento chicos, papá tiene el 1er lugar), también abordó un avión hace dos eneros. Y de un día para otro me quedé sin cómplice. Me arrancaron, de un tirón, al amigo hermoso del que solía presumir y al cuentacuentos. Me cambiaron de país la risa.

Casi al mismo tiempo, como aplicando el refrán gastado de que quien da primero da dos veces, mi medio hermana ficticia, esa que me robaba la comida (¿o era al revés?) en la escuela, me anunció su viaje. Recuerdo que en aquel momento le escribí a una persona que quiero mucho “todo el que yo quiero se me va” y pensé seriamente en dejar de tener amigos.

La emigración, asunto polémico, siempre genera comentarios, que si buena, que si mala, que si regular al tiempo. Yo, sinceramente, no me opongo – respeto el derecho a emigrar de cada ser humano. No obstante, el tema tiene, además de político y económico, un lado humano. Y ese es el que a mí me duele. Porque da igual Cuba, Angola o los Estados Unidos: la nostalgia, ese bichito que a veces te carcome el alma, no se mide en millas, se transforma en tiempo.

(Publicado originalmente en El Toque)

Los naufragios

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