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Siempre he sido de las que piensa que en las librerías viejas -esos nidos de libros que se encuentran en un callejón perdido a las 3 de la tarde-  se encuentran tesoros y uno debe, por moralidad, hacerles una visita al menos una vez al año. Gracias a ello he descubierto, casi enterrados, alguno que otro libro de Herminio Almendros,  selecciones buenísimas de poetas latinoamericanos e incluso alcancé a rescatar del comején una edición casi moderna de Las honradas y Las impuras.

Ocurre que cuando me interesa un texto, lo abro al azar para sorprenderme. Casi siempre la casualidad me ayuda y termino complacida arrancando el libro del vendedor. Este domingo, perdida en una callejuela de La Habana Vieja, me encontré a Carilda en una de esas estanterías viejas. Error de Magia se llamaba el libro. Me demoró una lágrima pagar los poemas.

Se me ha perdido un hombre

Se me ha perdido un hombre.

Y lo busco por cifras y guitarras,
por hierbas y entrepisos,
en el cielo,
en la tierra,
dentro de mí.

Se me ha perdido un hombre.

Y me quedo temblando
como quien no come sino polvo,
como quien ya extravió la sombra.

Pero no,
que no,
que no me ayudan a buscarlo.
,¿A quién le importa si su mirada ha derrotado el
tiempo?
¡A quién le importa aquella piel
con ganas
de la luz?
¿A quién le importan unos labios transparentes
que no tuvieron hambre,
unas piernas que sólo corrían al amor?

Se me ha perdido un hombre.

Y todos ríen,
se entretienen,
sudan,
mastican
se desenvainan por las noches;
despreciativos,
inefables,
maromeros,
unánimes,
como si sólo se hubiese caído un alfiler
o la hoja más seca
del árbol del bien y del mal,
como si la muerte no hubiera entrado
a destiempo
en nuestra casa.
Y yo pensando que era demasiado joven,
que reunía láminas y piedras,
pedacitos de mundo,
hierros,
cosas del mar.
Yo pensando en su grandeza
de criatura,
en cómo miraba a Venus al atardecer,
en cómo cayó en la trampa.

Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.

Se me ha perdido un hombre.

¡Ayúdenme a buscarlo!
Pronto…
Siento frío.

Aquí no hay lámparas ni claves,
no tengo redes
ni computadoras.
no tengo flechas ni radares.

¿Dónde estás?
¿Intenta ser mi sombra el desvalido?
¿Se me ha vuelto invisible entre gusanos?

El poeta venezolano Victor “Chino” Valera escribió en su poema Oficio Puro:

“Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor
En qué piensa una mujer que recién ha hecho el amor
Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella.”

Miyó Vestrini le responde con su poema Té de Manzanilla:

“Mi amigo,
el chino,
escribió una vez sobre cómo se sientan
y caminan
las mujeres después de hacer el amor. No llegamos a discutir el punto
porque murió como un gafo,
víctima de un ataque cardíaco curado con té de manzanilla. De haberlo hecho,
le habría dicho que lo único bueno de hacer el amor
son los hombres que eyaculan
sin rencores
sin temores.
Y que después de hacerlo nadie tiene ganas
de sentarse
o de caminar.

(Reblogueado de Vocales Verticales)
Gracias, Carlota, por el texto.


poesia_0

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
G.A.Bécquer

Él me mira desde la esquina del cuarto mientras enciendo la laptop con el firme propósito de trabajar. Tengo todo listo: el café, los cigarros (perdónenme los vicios), el bolígrafo y el papel. Mis pequeñas manías en el centro de la mesa. No me falta nada, incluso –cosa rara- reina un silencio sepulcral dentro de la casa. La familia anda de viaje.

La pantalla me muestra una página en blanco y, durante la primera media hora, las manos se niegan a pulsar una sola tecla. No me concentro. No sale nada. Mientras él me mire tengo la certeza que ni una palabra interesante puede brotar de mis manos. Todas se las lleva él. Cada historia por contar se convierte, en menos de un segundo, en una lámina borrosa en la que aparece su cara. Escribir no me resulta atractivo a no ser que escriba de él. Pero eso, obviamente, no podría publicarlo.

Tras mucho esfuerzo consigo acordarme de un texto de Leila Guerriero en donde ella  termina diciendo: “Si yo fuera menos mentirosa diría que leo poesía para que me haga daño: para que me despierte”. Se lo leo. Sonríe y, como queriendo probar una teoría, me recita un poema de Borges. A mí no me duele.

La poesía conmigo tiene el efecto contrario. Sobre todo cuando viene de su boca. Me alegra escucharlo soltar esos versos. Con qué podría retenerte es el dardo que elige, pero falla. Ese no es mi veneno. Se me ocurren cien palabras para refutarlo. Me escudo con dos poemas del Wichy y le muestro, a modo de contrataque, una línea de la Loynaz. Si me quieres, quiéreme entera. Y mientras una hilera de dientes blancos asoma entre sus labios secos, le beso. Aprovecho su desconcierto para tragarme su voz y me como de una a una sus palabras.

Cero versos, le aconsejo al separarnos. Soy inmune a ellos. Si quieres sacudirme el cuerpo aprende a disparar canciones. Con la música sucede lo contrario a la poesía. La ponen en todas partes. Cuando uno va por la calle puede aparecer, en cualquier esquina, un tema que te recuerde a alguien. Sin embargo… ¿quién ha visto poemas públicos?

Los poemas son historias de otros tiempos. Recuerdos de fantasmas que se pierden y aparecen entre las letras. No me afectan. Los imagino vivos recorriendo los paisajes, levantando el sombrero para saludarse entre ellos. Los autores son dioses que al tocar la tinta engendran hombres de papel, hacen magia.  Y jamás un milagro ha sido motivo de tristeza.

Él no me cree. Menea su cabeza de un lado a otro mientras me clava en el cuello sus ojos negros. Intuyo que busca mi aorta, como un vampiro sediento de sangre o uno de esos pitbulls que pelean entre los cercos. Como un perro que huele el miedo se acerca a mi cuerpo susurrando palabras que yo no entiendo. Me habla en otra lengua, más primitiva, más cercana a la tierra. Mientras me palpa la espalda me va contando un secreto. Un hombre y una mujer, en la cama solos, tienen su propia manera de generar poesía.

Después de un rato lo voy entendiendo.

(Publicado originalmente en El Toque)

…Y nunca jamás digas te quiero
cuando el amor es un acto
no necesita palabras.

Lo importante es ser injusto con el mundo,
esa amnesia que sucede con los besos,
que te olvides de la guerra en Palestina,
de las bombas en Irak, de la pobreza,
lo importante es que no exista el telediario,
que su boca te parezca el fin del mundo
y su lengua el comienzo de otra vida.

Lo importante es que no sepas de nostalgia,
ni de listas de la compra o de recibos,
que no haya más vecinos que sus tetas,
que futuro solo sea una promesa
y promesa una mentira innecesaria.

Lo esencial en el amor es que se ría…

Ernesto Pérez Vallejo

A veces pasa que el tiempo se detiene, apenas un segundo, justo lo necesario para sacar la cabeza del agua. Entonces aparece el poema. Un soplo de aire limpio debajo de toda esa agua. Y uno respira los versos.

Después, inevitablemente, la vida le pone play al tiempo. Y el agua vuelve a cubrirnos el cuerpo.

No supiste

Pobre mi amor
creíste
que era así
no supiste.
Era más rico que eso
era más pobre que eso
era la vida y tú
con los ojos cerrados
viste tus pesadillas
y dijiste
la vida.

borrar

Y viene Carilda, por enésima vez, a devolverme el cinismo, la razón, el motivo. Llega con sus años, casi latiendo la centena y apretujando los míos me retorna la fuerza necesaria para el desalojo. Exorcizar una pena se hace más fácil si se acompaña la acción con un poema.

Te borraré con una esponja de vinagre

Te borraré con una esponja de vinagre,
con un poco de asco.
Te borraré con una lágrima importante
o con un gesto de descaro.

Te borraré leyendo metafísica,
con un telefonazo o los saludos
que doy a la ceniza;
con una tos o un cárdeno minuto.

Te borraré con el vino de los locos,
sacándome estos ojos;
con un varón metido aquí en mi tumba.

Te borraré con juegos inocentes,
con la vida o la muerte;
¡aunque me vuelva monja o me haga puta!

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

Ann tiene la hermosa manía de coleccionar poemas. A veces, producto de un sueño, se despierta tarareando versos y me pone, como loca, a descubrirle el autor. De vez en cuando le acierto a la primera y ella me mira, sonríe… y me pregunta. Porque eso sí, cada poema que adivino tiene historia y apellidos.

Hoy se levantó con Juarroz. Me hice la desentendida. Tengo miedo a evaporarme si le pronuncio tu nombre.

Hoy desperté con un fragmento de versos de Jaramillo. Te miré, como quien ve dormir un sueño, y me acerqué a tu nuca a respirarte. Tu cuerpo tenía ese olor animal que describen en los libros… olor de hombre. Una gota de sudor se apuraba por tu espalda y mis labios, como dos autómatas, se volvieron a devorarla.

A veces creo que los poetas son seres omnipresentes, y van y vienen de muchos tiempos recolectando historias. Tal vez a la nuestra le nació un poema.

Confesión

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
Es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando ausente mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.

Y pasa que uno abre una gaveta buscando algo, quizás un peine, un labial, un gancho… cualquier cosa temporal e intrascendente, cuando entre las manos se desliza orgulloso un pedazo de papel ajado, un fragmento -obvio- con par de líneas difusas en las que apenas se lee te amo. O peor aún, se abre un libro viejo que se considera inocuo y se encuentra en la primera página -ahí, en la primerísima- una dedicatoria bala.

Vilariño, por supuesto, condensó la sensación en un poema.

VIVE

Aquel amor
aquel
que tomé con la punta de los dedos
que dejé que olvidé
aquel amor
ahora
en unas líneas que
se caen de un cajón
está ahí
sigue estando
sigue diciéndome
está doliendo
está
todavía
sangrando.

leer tiene swing

Un hombre que ha abierto más libros que piernas puede, fácilmente, lograr abrirme las mías. Un poema al azar (o sutilmente escogido), las citas del Principito, alguna que otra página de Rayuela o, en última instancia, un libro de poetas griegos son –he de admitirlo- mis armas de destrucción masiva.

Un buen texto es el equivalente a 3 o 4 Bucaneros en cualquier bar citadino. Puede que más, si la pronunciación es correcta. Una guitarra equivale a par de líneas de ron y una serenata (no con mariachis, por favor) endulza tanto como el beso de una abuela.

Un libro de regalo me hace pensar en helado; cuando es de poesía, en cake con nata. Si, en el mejor de los casos, los versos son de Carilda o Nogueras, la nata se torna Nutella y el libro es un orgasmo literario.

Ya ven, no es tan difícil… es simplemente cuestión de métricas.

Los naufragios

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Y ya son...

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