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Lo mejor de todo es que la noticia llegó justo hoy, cuando mi Oly cumpliría 106 años, a modo de regalo de cumpleaños. No puedo ser más feliz.

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Hoy mi blog cumple 7 años y yo, aunque no tengo todavía niños, siento orgullo de mamá futbolera. Hace ya 7 noviembres que comencé a compartir mis textos/locuras y jamás pensé que fuera a llegar a tanto. Si fuera un nene, este año ya le pondrían la pañoleta, y ya supiera sumar, restar, y escribir palabras esdrújulas.

A todos ustedes que me han acompañado en este viaje: GRACIAS, por aguantarme, por visitarme, por compartir sus opiniones conmigo. Si este pedacito hoy tiene este tamaño, es por ustedes. Mil y una veces gracias.

Tú juegas a engañarme, yo juego a que te creas que te creo
Luz Casal

De espaldas, sin la camisa, parece un modelo de esos que habitan las pasarelas. Pero está en mi cuarto y no lleva ropa. Un tatuaje esconde su brazo derecho y cuando gira, en el pecho, en el lado contrario del corazón, me sonríe una anciana. Él sale a defenderse cambiándole el sexo, lo llama cacique. Me saco una risa del bolsillo mientras palmeo su espalda y finjo que le creo. Un cacique travesti, pienso cuando lo beso… y se me pierden los labios arrancándole los lunares.

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Todo el mundo habla acerca de cuán importante es no perder el tiempo. En la escuela, en la casa, en el trabajo. Los amigos, la familia, los vecinos. Cada quien tiene su opinión respecto a las maneras de gastar esos preciados minutos que van conformando la vida. Unos -los amantes del trabajo- sugieren que se empleen en cursos y formaciones académicas. Otros van más allá (o más acá) y disfrutan sus horarios libres comprándole flores al amor, o lo que es lo mismo, enamorándose de cuanto ser viviente se les cruce en el camino.

Los Unos, por supuesto, son fervientes detractores de los Otros, y viceversa.

Según Plutarco (46-120)“Pitágoras, cuando era preguntado sobre que era el tiempo, respondía que era el alma de este mundo.” Mi abuelita hablaba del mismo con menos poesía: “El tío Tiempohabrá, se murió de viejo y no hizo ná.”

Yo, para bien o para mal, soy más de compartir la creencia de Steve Jobs.

“Tu tiempo es limitado, así que no lo malgastes viviendo la vida de otro… Vive tu propia vida. Todo lo demás es secundario.”

Siempre he sido de las que piensa que en las librerías viejas -esos nidos de libros que se encuentran en un callejón perdido a las 3 de la tarde-  se encuentran tesoros y uno debe, por moralidad, hacerles una visita al menos una vez al año. Gracias a ello he descubierto, casi enterrados, alguno que otro libro de Herminio Almendros,  selecciones buenísimas de poetas latinoamericanos e incluso alcancé a rescatar del comején una edición casi moderna de Las honradas y Las impuras.

Ocurre que cuando me interesa un texto, lo abro al azar para sorprenderme. Casi siempre la casualidad me ayuda y termino complacida arrancando el libro del vendedor. Este domingo, perdida en una callejuela de La Habana Vieja, me encontré a Carilda en una de esas estanterías viejas. Error de Magia se llamaba el libro. Me demoró una lágrima pagar los poemas.

Se me ha perdido un hombre

Se me ha perdido un hombre.

Y lo busco por cifras y guitarras,
por hierbas y entrepisos,
en el cielo,
en la tierra,
dentro de mí.

Se me ha perdido un hombre.

Y me quedo temblando
como quien no come sino polvo,
como quien ya extravió la sombra.

Pero no,
que no,
que no me ayudan a buscarlo.
,¿A quién le importa si su mirada ha derrotado el
tiempo?
¡A quién le importa aquella piel
con ganas
de la luz?
¿A quién le importan unos labios transparentes
que no tuvieron hambre,
unas piernas que sólo corrían al amor?

Se me ha perdido un hombre.

Y todos ríen,
se entretienen,
sudan,
mastican
se desenvainan por las noches;
despreciativos,
inefables,
maromeros,
unánimes,
como si sólo se hubiese caído un alfiler
o la hoja más seca
del árbol del bien y del mal,
como si la muerte no hubiera entrado
a destiempo
en nuestra casa.
Y yo pensando que era demasiado joven,
que reunía láminas y piedras,
pedacitos de mundo,
hierros,
cosas del mar.
Yo pensando en su grandeza
de criatura,
en cómo miraba a Venus al atardecer,
en cómo cayó en la trampa.

Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.

Se me ha perdido un hombre.

¡Ayúdenme a buscarlo!
Pronto…
Siento frío.

Aquí no hay lámparas ni claves,
no tengo redes
ni computadoras.
no tengo flechas ni radares.

¿Dónde estás?
¿Intenta ser mi sombra el desvalido?
¿Se me ha vuelto invisible entre gusanos?

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Ayer, después de ver la caricatura de Marcos Severi del ramo de papas fritas, me puse a pensar en lo genial que sería unir a la gente con el  fin de crear una campaña que le diera la vuelta a los clichés amorosos. Originalidad ante todo, sería el lema de la misma, y una de sus consignas sería: Las rosas huelen muy bien… pero las papas saben mejor. Por supuesto, contrataría un director de publicidad para esas cosas (en la línea anterior me di cuenta que no sirvo como jefa de marketing) y a alguien que se encargara de darle publicidad a los ideales de regalos nuevos.

Las papas, por supuesto, serían nuestro principal producto. ¿A quién no le gustan fritas? -pregunta retórica, abstenerse de responder. Luego cambiaríamos perfumes por desodorantes. Ustedes saben… son más prácticos y menos caros.

Eso sí, mantendríamos los chocolates. Bajo ningún concepto se puede alterar la exquisita costumbre de intercambiar derivados del cacao. El énfasis se haría, para variar, en la sustitución de bombones por Nutella. Atendiendo al hecho de que los primeros son más pequeños y los segundos ofrecen la posibilidad de reutilizar el envase, creemos firmemente que sería una buena práctica.

No nos responsabilizamos por los aumentos de peso. Ya se sabe… a barriga llena, corazón contento.

Me fui -canta Fito- me voy de vez en cuando a algún lugar. Le hago coro.
La felicidad desterró cierto tiempo las olas de mi pedazo de tierra y, aunque me aferré como náufraga a las palmeras, la risa me espantó las letras.

La ausencia y la demora habrán de perdonármelas. La promesa fue volver a las orillas cargada de palabras.

No te llamaría nostalgia
pero tengo tantas ganas de escucharte
que te llamaría y te llamaría y te llamaría.

Y es que la distancia es tan cabrona, que ni los Beatles hubieran escrito All you need is love si nos hubiesen conocido.

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Últimamente, de noche, me visita un escritor… o más bien un juglar de historias, que sólo escribe cuentos para enamorar muchachas. Le robó el trineo de estrellas al Principito y suele tocar a mi puerta cuando la Cenicienta se va a dormir. No soporta que lo espíen ni la Luna ni las nereidas, por eso se llena el cuerpo de algas para despistar sirenas. A cambio de besos transcribe secretos. Su precio- cual mercenario- depende de la relevancia.

La “mujer mariposa” se trató del último, me salió bien caro.
Según su relato, estos seres mágicos tienen los orgasmos con el corazón. Y los temblores del mismo son los que le vuelan el alma.

Luego de pagar cien besos me acosté a dormir. Al amanecer soñé que me nacían alas.

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Dejar ir es en la práctica más que dos palabras. Dejar ir es abrir los brazos y cerrar los ojos.

No importa cuán feliz se haya sido en la vida, en algún momento todos hemos tenido que ignorar esa sensación egoísta que nos entra con los sentimientos y aprender –casi siempre por las malas- que hay cosas que es mejor soltar.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió canta Sabina en mi reproductor y, mientras su voz ronca pone en canciones las palabras que no nos atrevemos a decir, mi tía Karelia llora.

Su fiesta de cumpleaños no terminó muy bien que digamos. Ella celebraba sus 70 sin saber que del otro lado del teléfono le esperaba una voz llorosa. El cáncer se había llevado a un familiar y, para colmo, había agravado la vejez de una tía.

Yo me enteré la última, como casi con todo en mi familia. Tarareando en casa las canciones de Joaquinito no llegan las malas nuevas. Las malas noticias son las que irrumpen en el portal a las nueve y media de la mañana. O después de las diez de la noche, cuando las porta un teléfono. Por eso, asegura mi madre, siempre es de mal gusto llamar a las casas después de la novela.

La cosa es que, para variar, me tocó el último abrazo triste, el último cuento, los últimos detalles. Después de mí toda la familia estaría enterada y nadie –al menos nadie de los de dentro- soltaría una pregunta “impropia” en algún encuentro casual.

Las preguntas, según mi propia experiencia, son el mayor obstáculo para desprender un recuerdo. Pareciera que con ellas un hilo mágico cosiera la memoria a la cabeza y cada respuesta afianzara el duelo con goma de pegar. Por eso no pregunto por nadie específico cuando saludo a alguien, me basta con un: ¿y la familia, cómo está? Las interrogantes impersonales suelen, por lo general, causar menos dolor y siempre garantizan una respuesta cortés del interpelado, incluso cuando por desmemoriados olvidamos el nombre de quien nos estrecha la mano.

Mi abuelita, por ejemplo, hubiera sabido qué palabras usar. Ella siempre sabía qué decir en el momento preciso, como si con los años viniera la legitimación del buen hablar. Desgraciadamente, el arte de la conversación y la amabilidad no es un don que se le otorgue a todo el mundo y yo jamás sé qué decir en un momento como ese. Tampoco soporto a la gente que pregunta a diestra y siniestra ¿cómo está? o ¿cómo se siente? Sólo quien no ha perdido a nadie se atreve a hacer semejantes cuestionamientos. No es mi caso, desafortunadamente.

La muerte de un ser querido es, de alguna manera, el certificado de defunción de una parte propia y sin embargo, con cada grano de tierra que cae encima del ataúd se van desenterrando recuerdos. Un poco jodido eso de que la memoria se avive con estos acontecimientos, pero ¿alguien ha dicho que la vida sea justa?

Aprender a dejar ir el cuerpo, creo leí en algún libro una vez, es el ejercicio apropiarse de los sentimientos. Al fin y al cabo, los que no deben morirse nunca son los recuerdos.

(Publicado originalmente en El Toque)

Los naufragios

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