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Yo soy de las que no sueña, al menos dormida. Al cerrar los ojos mi cuerpo muere. Nada de imágenes en blanco y negro como claman mis amigos. Nada de historias.

Hoy, sin embargo, desperté de uno. Me lo contó la cama. Y una dulce sensación de humedad entre mis piernas.

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Y a veces pasa que me entran ganas de llorar, así, como por amor al arte. Y me escondo en la escalera, donde nadie me ve, y haciéndome una bolita me desarmo en lágrimas.

Sucede al menos un par de veces al año. No puedo evitarlo, cada vez que ocurre me entra una impotencia de tres pares… Acostumbrada a enarbolar la bandera de mujer adulta, fuerte y responsable, me acuerdo de todos mis ancestros cuando la sal comienza a derretir los diques.

Una vez que comienza, es imposible parar, por eso huyo. Esquivo al mundo como si de una misión personal se tratase.

No sé por qué, pero nunca me ha entusiasmado que me vean llorar. Quizás va por eso de sentirse vulnerable. Expuesta. Que te vean sollozar puede llegar a ser más íntimo a que te vean desnudo.

Lo peor es que, a pesar de todo, en esos días rezo para que aparezca alguien. Un cuerpo sin nombre con muchos brazos que me acune y me diga al oído: tranquila, no va a pasar nada.
Las plegarias no sirven de nada y el hecho de permitirme siquiera el deseo, hace que me sienta incluso más vulnerable. Entonces aparece la rabia. Un enojo absurdo que me enfrenta a mi misma y me llama cobarde va emergiendo de la nada y se nutre de las mismas lágrimas de cólera que ya ruedan por mi garganta.

Según los que saben (y aquí hablo de los psicólogos y psiquiatras) entrar en un estado de catarsis puede ayudar de alguna manera. Llorar hace que la tensión del cuerpo se diluya un poco.
Es más: llorar cansa.

Después de una sesión de llanto el cuerpo entra en un estado de relajación similar a cuando se hace ejercicios. Y a mí no me crean, pero está probado que las lágrimas que fluyen por la emoción, en realidad poseen mayores cantidades de proteína y beta endorfina (analgésicos naturales).

Los especialistas afirman -y no es ningún secreto- que las mujeres lloramos más que los hombres. Para ambos, la razón suele ser una pérdida, pero mientras las mujeres solemos llorar más por ira o impotencia, ellos lo hacen por alegría u orgullo. No me lo tiene tampoco que decir ningún estudio, desgraciadamente es más que sabido que los hombres toleran menos las lágrimas de otros hombres. En este mundo en que damos vueltas, llorar casi siempre es un sinónimo de debilidad. Por eso se esconde tanto.

A mí, lo que más me molesta, es que a estas alturas ya debería saberse por lo que se llora. Y no, no siempre se sabe. O quizás uno sí lo sabe y no es solo una cosa.

En mi casa le escuché decir a una señora que cuando se llora nunca es por una sola cosa. A lo mejor va y tiene razón y esta depresión nómada que me revienta las entrañas durante media hora cada varios meses tiene muchos nombres. Y lo que pasa es que yo no sé reconocerlos.

Uno no llora por nada, diría mi abuelita, “llora por todo”. Y bueno, si así es la vida, que bienvenida sea la marea.

Me he(as) descubierto.

Se escaparon las palabras de mi boca.

Dije te quiero.

La verdad es que,
desde hace ya algún tiempo,
quiero escribir un poema.
Uno triste,
doloroso.
Que hable de ojos azules que se convierten en mar
o de ojos verdes que esconden selvas.
También se aceptan
versos de ojos negros.
Palabras con ojos que acosen a sus víctimas
antes de matarlas.
Que absorban la luz
de otros ojos carmelitas,
más anodinos.
Que expriman los ojos que no sueltan lágrimas.

Un poema con luz.

Unos versos
que remuevan la ceguera.

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Sucede que el tiempo, de vez en cuando, sí que regresa. Y desde el mismo punto en el que le diste pausa, comienza de nuevo, como si nunca se hubiera detenido. Con los amigos y la distancia tiene un acuerdo, cuando la segunda se acorta, pone un rewind al casette (de esos con cinta) y cuando el abrazo es preciso, le pulsa “play” a los besos.

 

Se deja de escribir cuando el mundo comienza a girar
y uno es el que no se mueve.
Cuando las vueltas te cierran los ojos y el viento
-ese mismo que antes te levantaba la falda
para regalarte silbidos-
te desata los cordones.
Y te caes,
por supuesto,
y la calle te desangra los tobillos.

Se retoman las letras cuando el mundo para
y uno,
atrevido,
saca los codos y no pide permiso
para bajar.

Íbamos de las manos, agarrados. Como aquellos niños de primaria a los que se les obliga a caminar de a dos. La suya sudaba, con la humedad dulce de quien corre para ver el sol. La mía tembló…

Se puede ir por el mundo hablando basura de los poetas hasta que se encuentran poemas como este. Luego es necesario callar. Y agraceder. Y compartir.

Me importaban un carajo las mareas,
el aire que respiras
y ese montón de hormigas
que pisas al mirarme.
(A mí lo que me importan son tus piernas,
el tono algo inquietante de tu melancolía
y esa forma que tienes de quererme
cuando estás frente al mundo).

Elsa López.

Lo mejor de todo es que la noticia llegó justo hoy, cuando mi Oly cumpliría 106 años, a modo de regalo de cumpleaños. No puedo ser más feliz.

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Hoy mi blog cumple 7 años y yo, aunque no tengo todavía niños, siento orgullo de mamá futbolera. Hace ya 7 noviembres que comencé a compartir mis textos/locuras y jamás pensé que fuera a llegar a tanto. Si fuera un nene, este año ya le pondrían la pañoleta, y ya supiera sumar, restar, y escribir palabras esdrújulas.

A todos ustedes que me han acompañado en este viaje: GRACIAS, por aguantarme, por visitarme, por compartir sus opiniones conmigo. Si este pedacito hoy tiene este tamaño, es por ustedes. Mil y una veces gracias.

Los naufragios

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Y ya son...

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