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Dejar ir es en la práctica más que dos palabras. Dejar ir es abrir los brazos y cerrar los ojos.

No importa cuán feliz se haya sido en la vida, en algún momento todos hemos tenido que ignorar esa sensación egoísta que nos entra con los sentimientos y aprender –casi siempre por las malas- que hay cosas que es mejor soltar.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió canta Sabina en mi reproductor y, mientras su voz ronca pone en canciones las palabras que no nos atrevemos a decir, mi tía Karelia llora.

Su fiesta de cumpleaños no terminó muy bien que digamos. Ella celebraba sus 70 sin saber que del otro lado del teléfono le esperaba una voz llorosa. El cáncer se había llevado a un familiar y, para colmo, había agravado la vejez de una tía.

Yo me enteré la última, como casi con todo en mi familia. Tarareando en casa las canciones de Joaquinito no llegan las malas nuevas. Las malas noticias son las que irrumpen en el portal a las nueve y media de la mañana. O después de las diez de la noche, cuando las porta un teléfono. Por eso, asegura mi madre, siempre es de mal gusto llamar a las casas después de la novela.

La cosa es que, para variar, me tocó el último abrazo triste, el último cuento, los últimos detalles. Después de mí toda la familia estaría enterada y nadie –al menos nadie de los de dentro- soltaría una pregunta “impropia” en algún encuentro casual.

Las preguntas, según mi propia experiencia, son el mayor obstáculo para desprender un recuerdo. Pareciera que con ellas un hilo mágico cosiera la memoria a la cabeza y cada respuesta afianzara el duelo con goma de pegar. Por eso no pregunto por nadie específico cuando saludo a alguien, me basta con un: ¿y la familia, cómo está? Las interrogantes impersonales suelen, por lo general, causar menos dolor y siempre garantizan una respuesta cortés del interpelado, incluso cuando por desmemoriados olvidamos el nombre de quien nos estrecha la mano.

Mi abuelita, por ejemplo, hubiera sabido qué palabras usar. Ella siempre sabía qué decir en el momento preciso, como si con los años viniera la legitimación del buen hablar. Desgraciadamente, el arte de la conversación y la amabilidad no es un don que se le otorgue a todo el mundo y yo jamás sé qué decir en un momento como ese. Tampoco soporto a la gente que pregunta a diestra y siniestra ¿cómo está? o ¿cómo se siente? Sólo quien no ha perdido a nadie se atreve a hacer semejantes cuestionamientos. No es mi caso, desafortunadamente.

La muerte de un ser querido es, de alguna manera, el certificado de defunción de una parte propia y sin embargo, con cada grano de tierra que cae encima del ataúd se van desenterrando recuerdos. Un poco jodido eso de que la memoria se avive con estos acontecimientos, pero ¿alguien ha dicho que la vida sea justa?

Aprender a dejar ir el cuerpo, creo leí en algún libro una vez, es el ejercicio apropiarse de los sentimientos. Al fin y al cabo, los que no deben morirse nunca son los recuerdos.

(Publicado originalmente en El Toque)

Tengo un beso atorado en la garganta… el maldito se me esconde entre los dientes.
Ni mordiéndome la lengua se me muere, ni gritándole tu nombre se me cansa.

En estos días
todo el viento del mundo sopla en tu dirección.
La Osa Mayor corrige la punta de su cola
y te corona con la estrella que guía la mía. 

Ayer, en una de esas limpiezas generales que siempre hacemos una vez al año, apareció aquel banquito en el que solías encaramarte para llegar al fregadero. Mamá y yo nos quedamos de piedra cuando, escondido debajo de unas cajas, asomó el rostro. Nos miraba desde sus 30 centímetros de altura y parecía gritarnos con cada mota de polvo: ¿se acuerdan de mí? Fue inevitable, las dos nos envolvimos en un abrazo y comenzamos a llenar el piso de lágrimas. Aquel banquito era tan tuyo, tan icónico, que con la mayor ternura del mundo lo colocamos en la escalera como uno de esos altares divinos a los que se le hacen promesas y nos arrodillamos en un escalón a contemplarlo embelesadas. ¡Si nos hubieras visto!… parecíamos unas devotas.

En estos días no sale el sol, sino tu rostro,
y en el silencio sordo del tiempo gritan tus ojos:
Ay! de estos días terribles,
ay! de lo indescriptible.

Lo cierto es que en aquel momento miles de recuerdos nos pasaron por los ojos… y por la risas.

Aquí abajo te extrañamos, ángel mío. Extrañamos tus peleas y aquella palabra famosa que nos lanzabas como dardos cuando alguna de las dos osaba contradecirte. Ordinarias, nos llamabas. Y aquella era la palabra más fuerte que salía de tu boca.

Así te recordamos este domingo, como un pequeño ángel que se subía a un banquito para fregar porque 1.26 metros no alcanzaban para mucho más. Silvio, como siempre, nos regaló el punto final.

En estos días no sale el sol, sino tu rostro,
y en el silencio sordo del tiempo gritan tus ojos:
Ay! de estos días terribles,
ay! del nombre que lleven,
ay! de cuántos se marchen,
ay! de cuántos se queden.

Ay! de todas las cosas
que hinchan este segundo,
ay! de estos días terribles,
asesinos del mundo.

Cuando el alma se enferma de nostalgia, como muchas veces suele suceder, la sonrisa amaga hacia una esquina y las lágrimas, de una en una, comienzan a escaparse por el dique roto en el que se convierten los ojos.
Cada gota salada es un pedazo de sueño que se escurre.

Los naufragios

junio 2017
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Y ya son...

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