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trisquel

Él tenía tatuado justo encima del corazón, el símbolo celta que representa el principio y el fin.  Es un trisquel, repetía orgulloso, un amuleto contra ladrones y brujas.

Ella, en cambio, usaba una escoba como medio de transporte. La oscuridad la asustaba y sólo salía de noche cuando la luna era llena.

Coincidían (cosa rara) cerca del mar para ver los crepúsculos. Ella nada sabía de sus runas, él no sospechaba de sus conjuros. Fantasearon, como es debido, con futuros encuentros espumosos… Y hablaron de arenas blancas y caracolas multicolores.

Siempre, cuando se escondía el Sol, ella se marchaba.

Aquella tarde, sin embargo, algo se olía diferente. A causa de la Luna las olas bailaban y una espuma prístina bañaba las orillas. La de la escoba llegó con un brillo raro en las pupilas. El del trisquel con un dibujo atravesándole las costillas.

Borrada la runa comenzó el embrujo.

Se les ha visto a ambos en una Nimbus.

Comienzo a leer a Montenegro (el autor de este texto) y una sonrisa se me dibuja en el rostro…  un texto trampa, dirían algunos… un texto lazo, argumentarían ellas. Yo, por el amor al arte, se los regalo entero.

De la ciudad y del mar

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Foto de Ariel Montenegro

En 1901, por miedo al mar, en La Habana comenzaron a construir el Malecón. Cincuenta años y un poco les tomó, pero al final lo lograron.

Dicen que fue por la furia de las olas, pero las olas no embisten a La Habana por furia, lo hacen por alegría eufórica, por juego caprichoso o por aburrimiento. A veces como advertencia, para que a la gente no se le olvide que aunque el Malecón es un formidable muro de ocho kilómetros, el mar es infinito.

El resultado ha sido más efectivo en la espiritualidad de la gente. Quien se para en la enorme pared está muy cerca del agua, pero muy lejos del mar. El Malecón contiene al mar, pero aprisiona a la ciudad y a su gente. Por eso en las noches, sube la marea de ambos lados y los dos eternos separados, el mar y los habaneros, van a encontrarse tristemente, como si por encima del cemento hubiera una ventana al pasado.

El resultado ha sido una ciudad que no avanza, porque una urbe insular como esta no sabe crecer hacia atrás y no puede crecer hacia adelante.

Por eso las calles, los árboles, las casas, los autos, las putas y los perros de La Habana son los mismos. Por eso olvidarte en La Habana es tan difícil, algo que ya de por sí es un empeño bastante poco realista.

Porque nadie va a tomar ese espacio de risco ruinoso en el que primero vimos el atardecer y luego contamos estrellas para construir un club de yates. Porque nadie demolerá ese espacio subutilizado por un parque infantil en el corazón del Vedado para poner un brillante centro comercial.

Porque nunca se parará un tipo con uniforme en esa escalera que hoy lleva a un restaurante decadente (y que probablemente lo fue desde su primer arroz frito) para decirnos amablemente que no podemos sentarnos ahí, que eso es ahora una respetable sucursal bancaria. Porque nadie va a quitar la estatua de Víctor Hugo para poner un McDonald’s.

Porque nunca habrá un metro que pase tan rápido como para que no piense quince veces que voy a regresar a tu casa, o que estoy en la esquina de tu trabajo, o que me impida decirte “la guagua se demora, quédate conmigo hoy”.

Eso, La Habana y su Malecón hacen casi imposible olvidarte. Porque en esa avenida estará la misma puta bellísima a la que escuché decir su desorbitante precio mientras pensaba que tú, que eres mil veces más hermosa me dejas, gratuitamente, la cama llena de rizos tuyos y porque cuando mi casa sea vieja, tus cabellos seguirán apareciendo entre las páginas de mis libros porque ninguno de ellos se traspapelará en una mudanza porque en una ciudad que no crece la gente no se muda.

Porque yo seguiré sentándome en el Malecón, cerca del agua, pero lejos del mar, aunque sé que los albañiles de 1901 fallaron y tengo el consuelo de que las olas siguen inundando La Habana de vez en cuando por capricho, por aburrimiento, por juego, por advertencia o porque, sencillamente, extrañan la ciudad y no creen en muros.

Foto de Carlos Ernesto Escalona

Echarse al mar en un barco pequeño y ver cómo se va alejando la tierra (esa franja verde-amarilla que te contiene) es, quizás, una de esas experiencias contradictorias que zarandean el alma. Ahora, mientras me alejo, lloro. Y es un llanto sin lágrimas, uno de esos sollozos tristes que se ahogan en el pecho y no llegan a los ojos.

La inmensidad del mar me sobrecoge.

Tengo miedo -me confieso a mí misma. Miedo. Y unas inconsolables ganas de llorar.

Él me contaba que allá, a lo lejos, veía el cielo menos azul, que el mar era gris y sin olas y que en las noches se preguntaba si sus estrellas serían las mismas que me dormían.

La primera que aparece –me escribía en sus cartas- tiene tu nombre.

Y yo… que en cada respuesta se me iba un pedazo del alma, le mandaba mil besos con tinta azul (para que colorees tu cielo -le decía), las olas del malecón que rompen al pie del muro y el brillo de las estrellas que me alumbraban (por estos días –le señalaba a veces- anda la Osa Mayor aprovechando la ausencia de Orión, así que busca la sartén de estrellas).

En una semana de risas nos inventamos la manera de ahuyentar la tristeza: nos construimos una autopista a la luna. Allí nos encontramos cada mañana para darnos el beso de los buenos días. Es la mejor manera de despertarse de un sueño.

Cuando me escribió diciéndome que revisara el gmail se me hizo un nudo en la garganta… sus correos siempre despiertan emociones. Esta vez, para no romper con la tradición, sus letras me dejaron los ojos llenos de esa sustancia milagrosa que se llama alma… o lágrimas. Todo depende de quien las invoque.

Un cuento fue su regalo. Sus Armas, las que carga su apellido, son estas.

Drume negrita

(por Jorge de Armas)

Hablar de quedarse, es hablar de irse.

Y de pronto te ves, lejos, sin nadie, afuera llueve y hace frío, y te das cuenta que no hay a quién llamar, y que tus costumbres ya no te definen. Desacostumbrarte, he ahí, quizás, lo más duro de no estar.

Me gusta decir que no me fui, o que no me quedé, me enamoro a mi mismo con la idea de que no estoy. De esa manera nunca le cerré la puerta al regreso. Donde estoy, estoy de pasada.

El denominador común de la nostalgia te ataca en las primeras semanas lejos de casa. Aparece alguien, un cualquiera, que te dice “tienes que conocer a Fulano, es cubano, como tú”

Y simplemente por eso, porque es cubano, como tú, vas y lo conoces, y ese cubano, intenta por todos lo medios justificar en ti sus propias decisiones, te cuenta la vida y milagros de la supervivencia, su antes y después, su verdad y su mentira, sin comprender que tú no estás en la capacidad de entender nada, todo obedece a sus decisiones, no a las tuyas.

En un frío y húmedo invierno en Santiago de Compostela, conocí yo a Charly, mi cubano. Y Charly, nada más que un cubano regular, se inventó que hablaba cinco idiomas, sin posibilidad alguna de permiso de trabajo se embarcó en una huelga de hambre en la Plaza de Rosalía de Castro, y consiguió un trabajo en el restaurante “O Sixto” limpiando pescado, luego fue pandero, vendedor de calcomanías, y por ahí le perdí la pista.

Pero Charly me presentó a Ernesto, un gallego venezolano medio poeta, medio bohemio, que me abrió las puertas del Santiago cultural, de trovadores y poetas, de cuenta cuentos y nocturnos. Su novia, Paloma, además de trabajar en un bar, cantaba como una meiga, y tenía el hablar gallego suave, casi como recitando cada vez que conversaba.

Con ellos conocí la música gallega, tradicional y moderna, la fusión, el respeto a la tradición, el respeto a la Patria. Con ellos empecé a entender porque yo mismo pensaba diferente, ellos me trajeron de vuelta a Severino, mi abuelo, por el cual llevo, con mucho orgullo, un segundo nombre. Ellos hicieron que amara a Galicia, y además, me devolvieron, de la manera más hermosa, un viernes de primavera, mi cubanía.

Por eso de que los hombres son absurdos por definición, la Xunta decidió que los bares y garitos de Santiago cerrarán el viernes a las tres de la mañana. Paloma, en el bar que trabajaba y cantaba, se rodeaba de otros cantores y poetas, y siempre, aún cerrado el bar, descargábamos hasta que la mañana nos sorprendía sin sueño.

Ese viernes, quizás por la nostalgia, quizás por la “descostumbre”, con una Estrella Galicia en mano, y alguna pena contenida, triste, escuchando sin hablar, dejaba que pasara la noche.

Me presentan a Manolo, un gallego dulce y perspicaz que acaba de regresar de Cuba, con la misma típica introducción: “este es Manolo, acaba de regresar de Cuba, de dónde eres tú”

Manolo regresaba de aprender algo de música cubana, de mezclarse en cuanto bailable encontró, en cuanto concierto arrimó, en cuanto ruido con ritmo escuchó. Nos reímos un poco, y todo quedó ahí.

Empezó la descarga, Manolo agarró la guitarra y deslizo en acordes con dejo bossa nova, la más impactante versión de Drume Negrita que jamás escuché, así, sin anunciarla, cantó y por la necesidad del mí mismo que me faltaba, conteniendo el alma en lágrimas, me pudo la emoción.

Y Manolo, quien con el tiempo se hizo amigo de mil vidas, terminó su nana milagrosa y dijo “porque hay un cubano entre nosotros y no tenemos nada más que darle que un pedacito de su música”

Ya de antes mi abuela, que cantaba hasta para respirar, la cantaba; y después fue Celia Cruz, en una versión que te sacude y te despierta; y hace poco Pancho Céspedes en una que estremece: la Negrita de la nana más cubana, me acompaña y me devuelve, a mis costumbres, a lo que soy.

Quizás por eso, siempre duermo en cubano.

caminante

Él camina triste, melancólico… arrastrando sus sueños sobre la arena.
Con su equipaje al hombro, lleno de antiguas dudas, viaja. Lentamente camina…
Las olas, a su paso, eliminan sus tristezas.

El salvavidas lo agarró justo a tiempo, un minuto más tarde y el naúfrago hubiese sido presa de la tormenta. Las personas acumuladas en la orilla aplaudieron con fuerzas, se había llevado a cabo el rescate.

Yo nunca les comenté de la carta de despedida que leí anclada en la proa de su bote.
Sólo sé que, después del rescate…aún con las ropas empapadas de sal, con el murmullo de las olas en su cabeza, olvidóse del humo y partió… iba de nuevo a encontrarse con la mar.

Aquel barco de papel naufragaba en la distancia mientras las olas lo iban engullendo despacio. Primero fue una pequeña la que le lamió la proa y luego otra, un poco más grande, lo inclinó hacia babor. Sólo las velas se distinguían entre la espuma que salpicaba a los marineros hasta que, lentamente, estas también desaparecieron.

Ann y María presenciaron el suceso desde la orilla y, mientras la última intentaba recoger los restos del hundimiento, Ann le acariciaba la cabeza a la pequeña capitana que hacía solo unos minutos había echado su barco a la mar.

Yo la conocía, era una muchacha tímida con unos hermosos ojos verdes que soñaba con cuentos de hadas y creía en los ángeles. Yo la conocía…
Ann era el tipo de persona que no llega a la vida sin tener un sueño… uno de esos que quieren cambiar al mundo. Y Ann siempre soñaba.

Un día me sorprendió la certeza de su ausencia, simplemente desapareció. Sus huellas se diluían entre las olas del mar que ella siempre visitaba mientras que otras más espumosas comenzaban a aparecer… Una mujer pelirroja se bañaba desnuda cada anochecer.

Así fue que conocí a María, envuelta vestida de ondina, con la cabellera de fuego a merced del viento: fue un primer encuentro alucinante.

Los naufragios

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Y ya son...

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