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trisquel

Él tenía tatuado justo encima del corazón, el símbolo celta que representa el principio y el fin.  Es un trisquel, repetía orgulloso, un amuleto contra ladrones y brujas.

Ella, en cambio, usaba una escoba como medio de transporte. La oscuridad la asustaba y sólo salía de noche cuando la luna era llena.

Coincidían (cosa rara) cerca del mar para ver los crepúsculos. Ella nada sabía de sus runas, él no sospechaba de sus conjuros. Fantasearon, como es debido, con futuros encuentros espumosos… Y hablaron de arenas blancas y caracolas multicolores.

Siempre, cuando se escondía el Sol, ella se marchaba.

Aquella tarde, sin embargo, algo se olía diferente. A causa de la Luna las olas bailaban y una espuma prístina bañaba las orillas. La de la escoba llegó con un brillo raro en las pupilas. El del trisquel con un dibujo atravesándole las costillas.

Borrada la runa comenzó el embrujo.

Se les ha visto a ambos en una Nimbus.

caja fuerte

Hace unas noches, registrando el escaparate antiguo que está empotrado en mi cuarto, en busca de un dibujo que no apareció jamás, reencontré mi caja fuerte. Hacía tantos años que no la veía que ya ni me acordaba que existía. Fue una verdadera sorpresa. Ella, mirándome desde su pequeñez, me desafiaba a abrirla, a desenterrar viejos secretos; y yo, como una colegiala, saltaba emocionada con mi descubrimiento.

-¿Qué habría guardado allí todos estos años? ¿Cuáles serían mis tesoros? ¿Habría dinero? ¿Algún bicho muerto? ¿Papeles incriminatorios?

La verdad es que no tenía la menor idea. En mi cabeza sólo vagaba… prendida con un alfiler a la memoria, la contraseña.

Luego de un largo tira y afloja con los números el cerrojo hizo clic y, como si de la caja de Pandora se tratara, uno a uno empezaron a escaparse los recuerdos.

Guardados bajo llave estaban aquella bola blanca de la infancia que tantos triunfos recogió en la calle (un prístino amuleto de la suerte) y también el recuerdo dulce de mi primer clavel. Había, además, una postal y una carta. Tiernas ambas, legado de la primera vez que me enamoré.

La caja fuerte (afortunadamente) clarificó prioridades… al fin y al cabo, los mejores tesoros siempre han sido los recuerdos.

Éramos tan pocos aquella noche que a la vez creábamos un ejército.
Éramos voces que contaban memorias y memorias que contaban historias.
Éramos la sonrisa ausente de nuestros padres, el beso cansado de nuestros abuelos, la caricia dulce de nuestras madres… el abrazo forzado de nuestros muertos.
Éramos los amigos que no se fueron.
Éramos llanto.
Éramos risa.

Hoy, afortunadamente, dejamos el éramos. Ahora somos.

respuestas

A Alexandro Jodorowsky le robé la idea, y esta trata, ni más ni menos, de volverse original. Hoy, para variar, vamos a crear “anuncios” -de esos que (en otros países) se escriben en los periódicos.

Jodorowsky apuntaría, por ejemplo, los que aquí me digno a adjuntar:

“Por capricho vendo todo”
“Cambio una cosa por otra”
“Por causa de viaje vendo maleta”
“Sastre siniestro compra telarañas”
“Huevo inmenso solicita propagandistas”
“Cambio colas de piano por patas de palo”… etc, etc, etc.

Yo, para agregar:

“Ofrezco besos por sueños”
“Cambio versos por sonrisas”

Ahora dime… ¿Tú que escribirías?

El dominó es un juego de mesa en el que se emplean unas fichas rectangulares divididas en dos cuadrados. En cada una se representa un par de valores posibles y el juego completo de fichas de dominó consta de 55 fichas.

Wikipedia lo detalla técnicamente casi a la perfección. Sin embargo… yo puedo asegurar que por juegos como este se divorcian parejas.

El fanatismo que genera casi se compara a la satisfacción de zamparse en una noche un pomo de Nutella (casi). Lo jugué una vez 8 horas seguidas (ganando, por supuesto) y me levanté porque casi me botan de la casa. Mi madre está que no soporta ver un tablero. Y no es para menos… la semana pasada en casa se jugó una maratón de dominó. Todos los días se escuchaban los gritos de: mira que eres malo, eso es demasiado, no te agaches más, tú lo que tienes es un taladro… etc, etc, etc. El récord fue de 13 juegos ganados, incluídos 7 pollonas. Pregúntenle a Rafa.

Y es que el dominó es así… genera sentimientos. Espero pronto poder invitarlos a todos a una partidita.

Nosotros éramos una banda de flacos (casi flecos) semi-desnutridos que cubríamos las equinas. La única niña era yo. Aunque, si hablamos en términos adecuados, debería aclarar entonces que la única que tenía “cara de niña” era yo. Si me veías de lejos me confundías. Hace poco un vecino me recordaba lo maldita que podía ser. Yo era de las que saltaba cercas de un metro ochenta y le quitaba las bolas a los vecinos. Nada del otro mundo… chiquilladas.

En el barrio siempre fuimos pocos: estaba Felipito (más conocido como El chino) que acababa de venir de Korea y era uno de los más flacos del piquete; Nilo, que era el rubiecito mimado por la abuela; Joel, el mulatico de la esquina, y yo. Todos éramos unos piojos flacos que disfrutábamos quitarnos los zapatos para poder dar mejor las vueltas de carnero en los jardines.

En esa época destrozamos todo lo que se nos ponía delante. Nilo era especialista en cazar lagartijas, Joel en inyectarles agua con jeringuillas viejas y yo era la “experta” doctora que se encargaba de abrir al pobre animalito, ver lo que tenía adentro, y volverlo a coser como una muñeca de trapo. Felipito era el que, mientras esto sucedía, se ponía a comer mangos. De todos creo que era el tipo más inteligente.

Recuerdo que jugábamos al “comefango” con un tenedor viejo y, en la época de los patines, por poco dejamos a la cuadra sin un personal que rebasara los 60. Le tiramos huevos a las guaguas (en los tiempos que sobraban) y condones con sustancias misteriosas a una vieja odiosa que vivía en la esquina, bailamos trompos que rompían cristales y de algún pelotazo hicimos trizas par de ventanas.

A todos nos llevaron a hacernos pruebas psicométricas alguna que otra vez. A algunos más que otros. Sí… éramos unos locos. Unos loquillos semi-desnutridillos felices.

Su margarita estaba hecha de bolas de billar, por eso, en vez de pétalos blancos, tenía números y colores.
Al caer la noche la Luna lo atrapó torturándola, arrancando poco a poco las tiras negras, las rojas, las amarillas…

El Sol lo despertó en el piso rodeado de pétalos desmembrados. Nunca se supo si logró obtener su respuesta.

Eran un par de obreros sencillos, trabajadores de clase baja, bajísima, casi sótano. Eran dos pares de manos callosas, cortadas, maltratadas por la miseria. No tenían tablero: tenían tablas, no tenían piezas: tenían tornillos, tuercas y algún que otro plumón viejo.

La necesidad crea juegos hermosos.

 

 

Siempre fui una fanática del deporte, desde los 12 años descubrí la emoción de visitar un estadio (especialmente el de mi equipo) y a partir de ese momento cada vez que puedo me escapo para adentrarme entre los miles de industrialistas que portan su camiseta en el Coloso del Cerro. Soy azul, como el mar… y como el equipo insignia de la Capital.

Estas son imágenes de la temporada…

Volé entre las nubes buscándote, imaginando tu silueta en cada rayo de sol que me hería la piel… despedazándome las alas como Ícaro. Bajé al infierno y me quemé en sus llamas, deseando cada segundo que no aparecieras, respirando el azufre que me hacía recordarte. Nadé en las aguas frías del Polo Norte, soñándote en cada témpano, respirándote en la Aurora Boreal, derritiendo el iceberg que volcó al Titanic.

Al final, después de tanta búsqueda, te encontré entre las rosas que amanecían frescas en aquel pedazo de tierra que me regalaste.

 

Los naufragios

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Y ya son...

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