You are currently browsing the tag archive for the ‘insomnio’ tag.

9f4042257053d0bbe2a9a7c471c9ee4e
Últimamente, de noche, me visita un escritor… o más bien un juglar de historias, que sólo escribe cuentos para enamorar muchachas. Le robó el trineo de estrellas al Principito y suele tocar a mi puerta cuando la Cenicienta se va a dormir. No soporta que lo espíen ni la Luna ni las nereidas, por eso se llena el cuerpo de algas para despistar sirenas. A cambio de besos transcribe secretos. Su precio- cual mercenario- depende de la relevancia.

La “mujer mariposa” se trató del último, me salió bien caro.
Según su relato, estos seres mágicos tienen los orgasmos con el corazón. Y los temblores del mismo son los que le vuelan el alma.

Luego de pagar cien besos me acosté a dormir. Al amanecer soñé que me nacían alas.

8614755593_9c53308c59_z

Dejar ir es en la práctica más que dos palabras. Dejar ir es abrir los brazos y cerrar los ojos.

No importa cuán feliz se haya sido en la vida, en algún momento todos hemos tenido que ignorar esa sensación egoísta que nos entra con los sentimientos y aprender –casi siempre por las malas- que hay cosas que es mejor soltar.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió canta Sabina en mi reproductor y, mientras su voz ronca pone en canciones las palabras que no nos atrevemos a decir, mi tía Karelia llora.

Su fiesta de cumpleaños no terminó muy bien que digamos. Ella celebraba sus 70 sin saber que del otro lado del teléfono le esperaba una voz llorosa. El cáncer se había llevado a un familiar y, para colmo, había agravado la vejez de una tía.

Yo me enteré la última, como casi con todo en mi familia. Tarareando en casa las canciones de Joaquinito no llegan las malas nuevas. Las malas noticias son las que irrumpen en el portal a las nueve y media de la mañana. O después de las diez de la noche, cuando las porta un teléfono. Por eso, asegura mi madre, siempre es de mal gusto llamar a las casas después de la novela.

La cosa es que, para variar, me tocó el último abrazo triste, el último cuento, los últimos detalles. Después de mí toda la familia estaría enterada y nadie –al menos nadie de los de dentro- soltaría una pregunta “impropia” en algún encuentro casual.

Las preguntas, según mi propia experiencia, son el mayor obstáculo para desprender un recuerdo. Pareciera que con ellas un hilo mágico cosiera la memoria a la cabeza y cada respuesta afianzara el duelo con goma de pegar. Por eso no pregunto por nadie específico cuando saludo a alguien, me basta con un: ¿y la familia, cómo está? Las interrogantes impersonales suelen, por lo general, causar menos dolor y siempre garantizan una respuesta cortés del interpelado, incluso cuando por desmemoriados olvidamos el nombre de quien nos estrecha la mano.

Mi abuelita, por ejemplo, hubiera sabido qué palabras usar. Ella siempre sabía qué decir en el momento preciso, como si con los años viniera la legitimación del buen hablar. Desgraciadamente, el arte de la conversación y la amabilidad no es un don que se le otorgue a todo el mundo y yo jamás sé qué decir en un momento como ese. Tampoco soporto a la gente que pregunta a diestra y siniestra ¿cómo está? o ¿cómo se siente? Sólo quien no ha perdido a nadie se atreve a hacer semejantes cuestionamientos. No es mi caso, desafortunadamente.

La muerte de un ser querido es, de alguna manera, el certificado de defunción de una parte propia y sin embargo, con cada grano de tierra que cae encima del ataúd se van desenterrando recuerdos. Un poco jodido eso de que la memoria se avive con estos acontecimientos, pero ¿alguien ha dicho que la vida sea justa?

Aprender a dejar ir el cuerpo, creo leí en algún libro una vez, es el ejercicio apropiarse de los sentimientos. Al fin y al cabo, los que no deben morirse nunca son los recuerdos.

(Publicado originalmente en El Toque)

Decía Martin Lutero:

El pensamiento está libre de impuestos.

Y yo que -en ocasiones-  puedo volverme una cínica de los cojones (perdónenme la españolada) a veces creo que sería mejor que no lo estuviese… total… hay tanta gente que no piensa y no paga nada!

A veces me entran unas ganas inmensas de llamarte y preguntarte si aún me quieres, si no estás con alguien… Siempre las reprimo. Me viene a la cabeza aquel abrazo triste con que nos despedimos y me da miedo -un miedo terrible- el pensar en tu respuesta.

B7RLXDtIUAInjmc (1)

Yo, que soy de las primeras a la que le sube el azúcar al ver esas parejas cursis que andan por la calle, ayer me encontré deseando un abrazo ñoño. Y es que, aunque la mayor parte del tiempo sea Katrina (referencia obvia a los Cachorros de la Perrera), de vez en cuando se me esconde la vieja y raspa la superficie la niña dulce de las películas americanas. Las cuales son mi punto débil, debo añadir.

La culpable de este post, por ejemplo, fue una de esas que pasan por la TV a la hora en la que todos duermen. “Magic in the Moonlight” se llamaba y, (esto me salva un poco) afortunadamente fue escrita y dirigida por Woody Allen. Según la reseña de Wikipedia (perdónenme los culturosos), cuenta la historia de un hombre nihilista, cínico y racional (Colin Firth) que, aunque se dedica a la magia, se dedica a desenmascarar a quienes se hacen pasar por médiums; pretende demostrar que no hay nada de mágico en ello, que no existen Dios ni el más allá, que todo es racional… y, sin embargo, sucumbe frente al pensamiento mágico al conocer a una médium (Emma Stone) que le demuestra que hay algo más en el mundo que ni la ciencia ni él pueden entender: el amor.

O sea, todo un clásico de la comedia romántica. Ustedes imagínense la escena: yo, en el sofá de la sala, sola, con la ventana abierta y las luces apagadas, viendo el final…
¡Mierda! ¡Qué necesidad de un abrazo! ¡Qué ganas de un hombre con chocolates!

No es justo, con lo difícil que había sido alcanzar la reputación de mujer fuerte para que viniera una peliculita fresita y la destrozara. Shame… big shame on me.

ipad_walls_0034_lissyelle_22

Dormir sola. Arrinconarse en una esquina de la cama y atrapar entre las piernas la almohada amorfa que está a punto de desintegrarse. Soñar. Cambiar de posición 80 veces porque el brazo se duerme, porque la sábana se pega al cuerpo, porque hay más calor del necesario, porque volvió el frío. Despertar. Cansada, ojerosa, despeinada. Con la cama destendida a medias (aún no sé cómo destruyo la parte en la que no duermo). Despertar… sola.

Dormir -después de un largo período de insomnio- reposando la cabeza en otro brazo.

Despertar -después de un largo período de sueño- reposando la cabeza en el mismo brazo.

vela

Ayer se cumplieron exactamente 5 años desde que se fue. Y yo, que usualmente necesito un abrazo por esas fechas, esta vez preferí el silencio. Al acostarme, pensando que sólo yo la había recordado, me sorprendió su mensaje…
Hay quien, afortunadamente, no necesita notificaciones.

balcón

Por sacarme una sonrisa te quedaste sin cordones. Hiciste con tus zapatos una cuerda y te lanzaste en caída libre por la ventana. ¿O fue al revés? Ya no me acuerdo.

La luna menguaba para esconderte y en la penumbra tu voz brillaba. –Abre el balcón -me despertó una piedra- traigo Nutella de contrabando.

Tengo un beso atorado en la garganta… el maldito se me esconde entre los dientes.
Ni mordiéndome la lengua se me muere, ni gritándole tu nombre se me cansa.

Los naufragios

marzo 2017
L M X J V S D
« Feb    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  

Los navegantes…

Y ya son...

  • 137,774 visitas

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.754 seguidores