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Tú juegas a engañarme, yo juego a que te creas que te creo
Luz Casal

De espaldas, sin la camisa, parece un modelo de esos que habitan las pasarelas. Pero está en mi cuarto y no lleva ropa. Un tatuaje esconde su brazo derecho y cuando gira, en el pecho, en el lado contrario del corazón, me sonríe una anciana. Él sale a defenderse cambiándole el sexo, lo llama cacique. Me saco una risa del bolsillo mientras palmeo su espalda y finjo que le creo. Un cacique travesti, pienso cuando lo beso… y se me pierden los labios arrancándole los lunares.

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No hay mayor venganza que unos tacones sin sonido. Escaparse a media noche de una cama ajena, de un hechizo roto, de un abrazo a medias para vengar una ausencia, sólo tiene mérito cuando se hace en silencio. El vacío de una casa puede tornarse ensordecedor a veces.

Cuando se pone el sol cerca del mar y las nubes se vuelven algodones de azúcar, de vez en cuando (énfasis en de vez en cuando) me da por pensar en ti. Entonces recuerdo tu rostro -nunca el color del cabello- y aquella camisa blanca  que cierta noche le dio por saltar un botón…

Ya lo dijo la Vilariño:

No te amaba
no te amo
bien sé que no
que no
que es la hora
es la luz
la tarde de verano.
Lo sé
pero te amo
ahora te amo
hoy
esta tarde te amo
como te amé otras tardes
desesperadamente
con ciego amor
con ira
con tristísima ciencia
más allá de deseos
o ilusiones
o esperas
y esperando no obstante
esperándote
viendo
que venías
por fin
que llegabas
de paso.

Anti-Navidad

A ver, cómo lo explico sin que me tilden de Grinch: ¡No me gusta la Navidad!

No insistan más; eso de las lucecitas por todas partes lejos de parecerme lindo me parece un derroche de electricidad, luego se quejan cuando a mediados de año se les va la luz y tienen que dormir en la azotea. No… y otra cosa: el dichoso puerquito. No les parece crueldad animal (e incluso porquicidio) que al llegar a estas fechas nos pongamos a matar a cuanto bicho haga oink oink? ¿Todo el año comiendo pollo para venir al final (¡y por casi una semana!) a atragantarse con el fucking cerdito? Hasta el pobre Piglet tiene que decirle a Winnie que lo esconda.

Ah, pero no hablemos del arbolito… eso de talar un pino para alumbrar una esquina durante 20 días se le tuvo que ocurrir a algún amante de la desertificación y la sequía. ¡Que no quedan casi árboles en el planeta! ¡Coño!

La Navidad no es natural. Quién me va a hacer tragar el cuento ese de que en fin de año todo el mundo está feliz y hay que perdonar al prójimo. ¡Noooooooooooooooo! ¿Si fuiste un hijodeputa todo el año, tú crees que ahora, cuando vienen los últimos días, se me va a olvidar todo lo que me hiciste? Pues no. Eso no sería un milagro navideño, sería amnesia.

Nada, que este año ando en cruzada contra el gordo pedófilo y zoofílico que se cuela por las chimeneas (miren qué ejemplo le está enseñando a los niños). Si lo veo, prometo, como los 3 cerditos, poner una olla de agua caliente en los bajos para que se escalde el culo.

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Tienes que saberlo: tengo en la boca un arma, siempre cargada. Y mi lengua -granada rosa- a veces explota sin detonarla.

No me extorsiones las palabras. No me sacudas las encías… Mis dientes/balas no dejan marcas, mis blancos dientes muerden la vida.

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Caminábamos tomados de la mano cuando me le acerqué al oído y le susurré que no llevaba absolutamente nada bajo el vestido. Él me miró, como si me estuviera advirtiendo por primera vez y abrió la boca… No dijo ni una palabra.

Recorrimos en silencio los metros que nos faltaban para llegar al teatro y, justo en la puerta, antes de pagar la entrada, me dio la mayor nalgada que me habían sonado nunca. Por puta, masculló entre dientes, por puta. Nunca me había sentido tan deseada.

La obra –la bendita obra- duró 1 hora y 45 minutos. Luego nos fuimos. Cuando me quitó el vestido, una mano roja se me dibujó en la nalga.

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Mientras me retorcía en el suelo –relata María- un leve calor comenzaba a manarme de la entrepierna. Esa manera tan suya de observar mis movimientos me incitaba a restregarme los amarres sobre la piel desnuda. Su fútil idea de “secuestro” me asemejaba entonces hasta divertida.

En esos instantes (lo confieso) anhelaba la continuación del acto y, como el personaje requería, emitía los gemidos clásicos de quién se siente rehén. La boca semiabierta en “O”, los cabellos dispersos en el suelo, la piel de gallina a causa del frío y las piernas encogidas hasta la cintura, eran el perfecto aderezo a la estampa de cautiva que simulaba la escena.

Todo hasta que comenzó a explicarse.

Ella, que me sabe enferma (sabiendo además yo que no me soporta), me pregunta con voz de niña que vende galletas: Ay, Mariancilla -nótese el diminutivo despectivo- ¿cómo te sientes?

Afortunadamente, y por ello le doy las gracias al cielo y a todos los santos habidos y por haber, acudí a los restos de paciencia que me quedaban y solo respondí: mejor de lo que desearían unas y peor que lo que desearía yo.

Deberían sentirse orgullos@s de mi autocontrol.

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Él, que me sabe caníbal… y que a veces me presiente Maga, pretende leerme (aplicando las reglas de la expresión oral) un capítulo de ese libro/morbo que escribió Cortázar. Yo, anticipándome a los acontecimientos, corro a buscar una cama ancha. Quizás, si la lectura avanza, podamos los dos destender las sábanas.

Hoy volví a leerlo… hacía tanto tiempo que no me encontraba con sus letras, que me sorprendieron aquellos papeles amarillentos. Con cuidado, como si se tratase de un pequeño tesoro, fui sacándolos de uno en uno de aquel libro viejo.

Me sonrojaron sus palabras. Aquellas historias mínimas, cargadas de la elocuente ternura de siempre, me devolvieron a los cafés matutinos de antaño.

Y es que, si lo confieso, él nunca perdió la capacidad de estremecerme. Cada línea de sus poemas me dejaba marcas en la piel y me sacudían sus párrafos como si de violentos empujes se trataran. He de admitirlo, me masturbé con sus quimeras, me abrieron las piernas sus fantasías y par de narraciones cortas entraron en mí como epopeyas.

Terminé desmadejada, débil por dentro… con sus metáforas escalándome la espalda. Todavía me resuenan en el pubis sus palabras.

Los naufragios

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Y ya son...

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