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Oli siempre me dijo que le gustaban porque, además de ser hermosos, no tenían espinas. 
“No te hacen sangrar, mi niña… las cosas bellas que no hacen daño son muy escasas”.

Yo, por si acaso, llevo uno sobre la espalda.

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Decir BASTA, así, con mayúsculas y en negrita. Ponerle stop a la autocompasión y dejar de echarse la culpa. No lo enseñan en la escuela, pero es lo primero que hay que aprender cuando una historia se acaba.

Ilustración: J. Félix Castro

Marta, mi vecina, es una de las que no acaba de enterarse. Es el tipo de persona con el clásico complejo de mártir que hace que se deprima cuando una relación llega a su fin. Termina con sus parejas casi mojando el piso
— juro que esa mujer suelta más agua por los ojos que una presa rota. Y para colmo, convencidísima de que no va a volver a ser feliz en la vida.

Claro, parte de esa idea que le ronda la cabeza la sembró ahí el hijo de (no, su madre no tiene la culpa) del ex. Ojo, Marta es mi vecina/amiga y yo tomo partido en estos casos.

El muy ¨ingenuo¨, asumiendo o esperando un cambio, la llevó hasta las pastillas; recetadas por un médico, pero pastillas de todas formas. Depresión clásica, fue el dictamen. Era su culpa — la de Marta- — , que se hubiera alejado de sus amigas. ¿Noche de chicas? ¡No, qué va! Ese es un invento europeo para el cual los latinos no estamos preparados. Mujer mía no sale a la calle sin mí.

Vaya, todo un clásico.

Desgraciadamente, Marta, acostumbrada/adaptada e incluso dedicada a un patriarcado familiar, siempre vio esos ¨detalles¨ como pequeñas manchas de sol y, quizás harta de nuestras intervenciones, nos fue haciendo a un lado como quien comienza a dejar la ropa sucia en el sillón del cuarto. Uno sabe que está ahí, pero no se anima a recogerla todos los días.

En fin, incluso después de toda una historia de terror y misterio, todavía hoy persiste en la idea de que todo fue culpa suya. “Pude haberme esforzado más”, repite como mantra, y yo, que tengo la paciencia limitada, volteo los ojos para no pegarle un grito.

Las relaciones, le digo aunando los restos de calma que me quedan, muy pocas veces se acaban por culpa de una persona. Si dos la empiezan, dos la terminan.

A veces es tan simple como querer cosas diferentes en la vida; otras, la diferencia de caracteres hace que sea imposible la convivencia… en las más, se rompe la historia porque se acaba el amor. Casi siempre esto le sucede a uno de los dos, pero también es sabido que en estos casos hay que hacer como con la ruleta rusa: o todo o nada.

Lo más terrible es seguir con alguien “porque no quiero que sufra”, esa es una idea de piedad enfermiza. Estás haciéndole perder tiempo a todo el mundo. Cada persona merece ser el héroe en la historia de alguien, no solo el premio de consolación. No te conformes. Ni dejes que se conformen contigo. Aunque parezca cursi y trillado (cosa que no deja de ser cierta), estar enamorado de alguien y sentir que te corresponde de la misma manera es una de las mejores cosas del mundo.

No dejes que te lo cuenten, pero tampoco te tragues los finales felices de Hollywood. Las relaciones de pareja no son perfectas, pero para lo que NO fueron hechas es para hacerte sufrir.

Aquellas manos largas le recorrieron cada centímetro de su cuerpo; yo lo vi. Su boca desapareció entre sus muslos y con cada beso nieblas oscuras ensombrecieron sus ojos.

Fue como presenciar un asalto. Él, como galera pirata, desembarcó en la orilla y saqueó la villa, dejando apenas el rastro encendido de su presencia. Ella, convertida en espuma, se volcó en cubierta y engulló entre sus olas aquel botín robado al tiempo. Fue una lucha cruenta. Piratas y ondinas se abalanzaban entre si y se arrancaban la piel a tiras. No se dieron tregua.

Al final de la batalla solo quedaron pañuelos mojados y alguna que otra hebra rojiza que, dejada al azar, logró avanzar hasta la orilla.

Los naufragios

abril 2019
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Y ya son...

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