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Se nos murió Galeano. Se nos acabó el cuentacuentos simpático que veía lucecitas desde el cielo. Acaparó una nube (como otros tantos ángeles) y ahora nos mira sonriendo. A mí se me murió el abuelo que nunca conocí.

Ayer, cuando me dieron la noticia, se me partió el alma a pedacitos. Y lloré, lloré como lo haría una niña de 5 años, con las lágrimas bañando el rostro y la voz entrecortada de quien ha perdido las palabras.
Hace unos años atrás, sus letras fueron el pañuelo la noche de otra muerte.

Y ahora… ¿qué hago con la suya? ¿A quién leo para salvarme?

A veces, cuando leo, me apropio de las palabras de otros.
Las hago mías.
Así poseo (en secreto) miles de historias viejas que transformo y convierto en recuerdos.
Este cuento de Galeano no es la excepción. Era suyo hasta que, leyéndolo, lo hice mío. Su abuela ya no es su abuela… ahora es mi ángel.

Otro músculo secreto

En los últimos años, la Abuela se llevaba muy mal con su cuerpo. Su cuerpo, cuerpo de arañita cansada, se negaba a seguirla.

Menos mal que la mente viaja sin boleto – decía.

Yo estaba lejos, en el exilio. En Montevideo, la Abuela sintió que
había llegado la hora de morir. Antes de morir, quiso visitar mi casa.
Con cuerpo y todo.
Llegó en avión, acompañada por mi tía Emma. Viajó entre nubes,
entre olas, convencida de que iba en barco; y cuando el avión
atravesó una tormenta, creyó que andaba en carruaje, a los tumbos,
sobre el empedrado.
Estuvo un mes en casa. Comía papillas de bebé y robaba caramelos.
En plena noche se despertaba y quería jugar al ajedrez o se peleaba con mi abuelo muerto hacía cuarenta años. A veces intentaba alguna fuga hacia la playa, pero se le enredaban las piernas antes de llegar a la escalera.
Al final, dijo:

Ahora, ya me puedo morir.

Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme los líos
burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien
sabía que yo odiaba los trámites.
Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa,
pariente por pariente, para que todos vieran que había regresado de
lo más bien y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió.
Los hijos echaron sus cenizas bajo el árbol que ella había elegido.
A veces, la Abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río y ella es un pez que me acompaña deslizándose, suave, suave, por las aguas.

libro nubes

Para enfrentar tormentas me lo regalaron… llegó en medio de un naufragio y decidió hacerle compañía a cierta isla perdida que se ha anclado en mis recuerdos.

Mi abuela decía que los espejos son caminos secretos que llevan alma; y por eso uno no debe mirarse demasiado en ellos, porque puede perderse. ¿Quién sabe? Quizás sean sólo palabras de alguien que temía encontrarle el alma al tiempo.

Sólo sé que aquellos que Galeano convirtió en libro son, parafraseando alguna dedicatoria, un intento de alivio para las noches tristes.

El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola: -Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso: -Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor malvón: –Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una botellita cerrada:
-No la abras, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.

Galeano siempre deja en sus historias un pedazo de alma, un trozo de fe, un trozo de esperanza. Por eso, cuando leí este cuento, solo recordé a aquella niña de ojos oscuros que siendo pequeña sostuve en mis brazos. Esta historia es para mi prima, para mi hermana de sueños castaños, lo único que lamento es no habérsela regalado antes.

Los naufragios

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Los navegantes…

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