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Imagen: Igor Morski

Imagen: Igor Morski

Cuando una mujer mira a un hombre (o a otra mujer) y le dice que lo/la perdona, que todo está olvidado, miente.
Las mujeres no olvidan, archivan.

Foto: Luca Rossato

Foto: Luca Rossato

Una va por la calle pensando en lo mismo de siempre, el café, los mandados, el revolcón pospuesto de por la mañana -que venía posponiéndose desde la noche anterior porque al otro día había que levantarse temprano- cuando de repente, como salido del aire, un golpe le cruza la cara a una mujer. Y duele. Aunque no sea tu cara, sientes la mano marcándote el rostro.

Un hombre el culpable. ¿Un hombre? Un ejemplar con cromosomas XY.

Después de la impresión inicial, en la que todo sonido se diluye y solo flashazos de imágenes desfilan por tus pupilas, una comienza a reconocer los sonidos. Luego las voces.
La de ella es apenas un susurro, sus palabras solo atinan a suplicar.  En cambio él, embutido en esa superioridad ancestral que tiene por nombre machismo, grita.

Recuerdo que par de lágrimas me asomaron a los ojos cuando, a pesar de los gritos, la pobre mujer procuró mil veces disculparse.

Un hombre que estaba cerca de mí, trató de acercarse a ayudar. La realidad me sacudió el alma como un terremoto cuando, al grito de “¡Con mi marido me entiendo yo!” un par de tacones volaron cerca del rostro del defensor. Casi al mismo tiempo, el  dichoso marido le propinaba otro gaznatón. “Por meterte en mis problemas”, le escuché decir mientras levantaba el brazo, “y por puta mala”.

Después del sobresalto, el improvisado Quijote volvió sobre sus pasos rumiando imprecaciones y, no sin cierta razón, reiteró la frase cliché de que cada quien tiene lo que se merece.

Desde la esquina, contemplando el escenario, un carrusel de imágenes me pasó por la cabeza. Y lloré. Lloré por las mujeres lapidadas que se atrevieron a levantar los ojos y mirar a un hombre de frente. Lloré por esas otras que, en flagrante mutilación, les sometieron sus partes íntimas a la ablación. Lloré por las que son vendidas como esclavas, tanto sexuales como domésticas –no hay excusa posible para la esclavitud. Y por las que sus familias entregaron a un matrimonio sin amor.

Ser mujer no siempre es fácil, en muchas partes del mundo son objetos decorativos o recipientes que cargan material genético. Los perros valen más que ellas. Son más caros.

La que se arrastra al borde de la calle suplicando perdón no es una excepción. ¿Quién puede adivinar lo que le fue enseñado en su casa? ¿Quién sabe si su padre era un borracho que le pegaba a la madre? ¿O si la madre tenía 6 hijos y dependía solo del padre? Lo único real en toda esta historia, lo que se puede acuñar si es preciso, es que esa mujer es una víctima de su entorno y ese hombre un cobarde de la peor calaña.

Levantarle la mano a una mujer no hace que crezca el bulto de la entrepierna, limpiar un piso no hace que se vuelva más chiquito. La violencia, incluso entre iguales, es un acto primitivo. Con alguien que no puede defenderse, más que un abuso, es algo digno de animales.  Y que me disculpen los últimos por el insulto.

(Publicado originalmente en El Toque)

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Estar soltera y sin hijos rayando los 30 es, en algunos círculos sociales, un estigma. Y lo sé porque desgraciadamente (o afortunadamente) entro en ese grupo. Para muchas madres y/o mujeres de cierta edad -me refiero expresamente a la generación antecedente a la mía- yo soy lo que se dice “un bicho raro”, sobre todo cuando les anuncio sin tapujos que no, no me interesan los niños todavía y estar soltera es simplemente una decisión.

Y es que, en realidad, estar soltera no implica necesariamente estar sola. Tengo un trabajo que me hace feliz y mis amigos llenan esa parte social que todos necesitamos. Incluso afirmo, aunque vuelva a caer en el cliché, que a veces es mejor estar sola que mal acompañada.

¿Que no tengo pareja por el momento? ¿A quién le importa? A mí precisamente no, a veces es necesario tomarse un tiempo para uno mismo con el fin de saber exactamente qué es lo que se quiere, o adónde se quiere llegar. Una pareja no es algo a tomar a la ligera. Sobre todo en estos tiempos. Una buena amiga, de esas con 30 y sin hijos todavía, ondea como bandera que lo importante en una relación es hacer equipo;  yo la apoyo en un 105%. Ella, por ejemplo, encontró al perfecto compañero. Y es feliz. Yo también lo soy por ella. Sin embargo, aunque sé perfectamente que tener a alguien al lado con quien se pueda contar es una de esas cosas placenteras en la vida, no estoy apurada… lo que tenga que venir, vendrá. Y si no viene, pues no pasa nada, mi felicidad no depende de otros, yo soy una naranja completa.

Respecto a los hijos, bueno, ese tema es aún más delicado. Todo aquel  que ya tiene uno (la mayoría por estas edades) siempre hace la misma pregunta: “¿Y tú para cuándo te embullas?” Como si tener un niño fuera tan fácil como mandarlo a buscar con la cigüeña.

Hay personas que nacieron para ser padres, hay otras que no. Tener hijos no es lo único que se puede hacer en la vida. Yo, particularmente, quisiera uno, tal vez dos, pero no tengo prisa. Todavía no me derrito cuando veo un bebé por la calle. Todavía lo primero que me viene a la mente cuando me hablan de niños es la cantidad de pañales que hay que comprar. Además… primero tendría que encontrar un padre, ¿no?

Quizás, como me recuerda mi familia -a diario- me he vuelto un poco cínica y/o exigente con los años. Quizás no. A lo mejor solo es una de esas etapas existenciales por la que pasan las mujeres “raras” como yo. Porque si de algo estoy segura es de que no estoy sola. Las que rondamos los treinta solteras y sin hijos somos un grupo de “fenómenos” que pisan las calles de Cuba, cada vez más fuerte, cada vez más seguras.

Eso de la pareja perfecta es una fantasía de Hollywood para que sigamos enganchados a sus películas. En la vida real, para conocer al príncipe, primero hay que besar muchos sapos.

(Publicado originalmente en El Toque)

mujeres

Foto: Ángel Vázquez

Dice mi abuelo que hay dos tipos de hombres: Los que dicen que se masturban y los mentirosos. Con las mujeres –y estoy revelando secretos- no pasa igual.

A las mujeres se nos enseña desde que aprendemos a hablar, que los hombres –sólo los hombres- tienen “necesidades básicas” que satisfacen mediante actos prohibidos a las señoritas.

Y es que sí, nosotras las mujeres hemos defendido a capa y espada el derecho a la igualdad, sobre todo en las áreas laborales y domésticas… pero, siempre hay un pero en estos casos, ¿quién ha luchado por la igualdad en el sexo? ¿Por qué un acto tan natural como la masturbación, en el cual el comienza a despertar el instinto sexual del individuo, es un tema tabú al sexo femenino?

Un hombre que admite que se masturba no causa ruido en el sistema.

Si una mujer reconoce públicamente que “se toca”… se armó la hecatombe, el apocalipsis llegó adelantado.

La situación, lamentablemente, no cae en sectores poblacionales, es algo que va más allá, como una especie de Ley Mordaza. Incluso en mi grupo de amigas hay quien jamás se ha acariciado.

Hay una frase muy gastada que usan todas las redes sociales (perdónenme el cliché, pero le viene como anillo al dedo al tema): Para amar a alguien tienes primero que amarte a ti mismo.

Una frase tan simple no tiene manera de ser malinterpretada: para querer a otros, quiérete a ti. Conoce tu cuerpo. Descubre tus cosquillas. Aprende a vivir con cada imperfección y acéptate tal y como eres. No dejes que nadie te imponga reglas preestablecidas. Lo que te gusta debes saberlo, lo que no, aprende a decirlo. Tu cuerpo, tus reglas.

No hay nada más exquisito que poder decirle a tu pareja lo que quieres que te haga, no hay necesidad de esperar tres semanas para llegar un orgasmo. Si lo hace bien, felicidades, si no… pues terminas tú, que para eso eres un ser independiente.

Y ojo, que también hay suplementos… existen los vibradores, los anillos, las bolas mágicas (no me pregunten por el nombre, investiguen). Miles de artefactos y juguetes fueron creados por personas más listas que nosotros con el fin de un disfrute sano. Porque sí, no es ninguna “tentación maligna” probar. Mayor incluso puede venir el placer si entre dos (o 3 o 4, ya eso es decisión propia) descubren sensaciones juntos.

La masturbación no tiene por qué ser un acto solitario ni exclusivamente ligado a la adolescencia, puede convertirse en juego.

Lo importante es no tener miedo, librarse del qué dirán. Total, dentro de las cuatro paredes que conforman una casa, o un dormitorio, o un baño, quien opina lo que está bien o está mal es uno mismo.

La naturaleza tiende a ser sabia. Y quizás pensando en nosotras (al fin y al cabo ella también es “la”) nos dotó con un órgano exclusivamente vinculado al placer. ¿Por qué no utilizarlo? Al fin y al cabo, es una mentira grande esa de que la curiosidad mató al gato.

(publicado originalmente en El Toque)

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Peinarse está sobrevalorado. Y no lo digo sólo yo, que no me peino, sino un montón de mujeres que han optado por un look más natural y/o rebelde (o sea, otras que no se peinan).
Ahora con todo el bum de la queratina casi no se ven en la calle pelos crespos. Y es más extraño aún encontrarse con quien no quiera domeñarlos.

La verdad: yo solía ser una de esas mujeres ansiosas por el pelo liso hasta que, gracias a par de ex, descubrí que los rizos pueden ser sexys. El look “al descuido” es quien nos dice que hay otras cosas más primordiales de las que preocuparse. El pelo debe verse bien, pero no debe ser la prioridad (a no ser que seas peluquera).

Afortunadamente, en el mundo está creciendo la tendencia del “peinado del despeinado”. Y el pelo rizo -obviously- es el mejor para eso del despeine. Tiene vida propia -dice mi mamá cuando salgo a la calle. Y entonces ella, que lo tiene lacio y no entiende, me saca un cepillo a modo de amenaza. Yo corro. Porque eso sí, los rizos no se peinan con cepillo, de lo contrario se corre el riesgo de parecer una casa de campaña andante. Créanme, lo digo desde la experiencia, nada peor que cepillar una cabeza rebelde.

Mis rizos son la excusa perfecta para ahorrar tiempo. Y cuando alguien se atreve a mencionarme uno de esos instrumentos de tortura que utilizan las peluqueras, vuelvo la cabeza toda orgullosa y le suelto que no es que esté despeinada, es que mis pelos tienen libertad de expresión.

La jaula

Fotografía: Leila Amat

¡Qué niña más bonita! Eres una princesa. Dale un beso a la amiga de mamá, me da igual que no quieras. No te preocupes si los niños te tiran al suelo, es que les gustas. ¡Qué graciosos los niños, levantándoles las faldas! Son cosas de niños. No seas tan bruta jugando, pareces un niño. Las niñas mayores no lloran. Tienes que ser buena. Las señoritas no gritan. Calla. Mira qué guapa, con tu pelito arreglado. Si te ven jugar con los chicos te llamarán marimacho. Qué bonita eres. Las niñas son muy complejas. No te preocupes si te tratan mal, es que te tienen envidia. Las niñas sois más listas, ellos siempre juegan, mientras que vosotras estudiáis. Deja de quejarte. Los videojuegos son de chicos. Los coches son de chicos. Las cocinitas son de niñas. Judo no, mejor gimnasia rítmica. Las niñas siempre son más educadas, tan calladitas. ¿Informática? ¿No prefieres bailar? ¡Con lo guapa que estás con falda! No te vayas con nadie que no seamos nosotros. Ten cuidado. No cojas nada de nadie. Hay hombres muy malos. ¿Tienes novio? ¿Ya? ¿No tienes novio todavía? Estás siempre rodeada de chicos, calientapollas. Me he enterado de que se la chupas a tu novio, puta. Llama para que te recoja. Pide a tus amigos que te acompañen. Ten cuidado. No vuelvas sola. Así vestida pareces una mojigata. Así vestida pareces una puta. Si no querías que te mirase, ¿para qué llevas escote? Si no querías que te tocase, no haberme calentado. ¿Qué pasa, tienes la regla? Bailas así para ponerme, andas así para ponerme, me miras así para ponerme. ¿Vomitas para adelgazar? Qué superficial, la belleza está en el interior. Eh, tío, ve a por la amiga gorda, son más fáciles porque están desesperadas. Te los follas a todos, zorra. ¿Aún virgen, frígida? Estás buenísima. No te toco ni de coña. ¿Ser madre? ¿No eres demasiado joven? ¿No eres demasiado vieja? ¿Es que no tienes ambición? ¿No quieres ser madre? Eres demasiado joven para saberlo. Vas a perderte lo más importante en la vida de una mujer. Te maquillas demasiado para venir a clase. ¡Ay, si te arreglaras un poco! Vosotras lo tenéis más fácil, con enseñar teta está todo hecho. ¿Qué hay para cenar? ¿Qué hay para comer? ¿Dónde están las toallas? ¿Me has planchado la camisa? ¡No queda nada en la nevera! Ahora no puedo hablar, tengo cosas que hacer. Deberías agradecer que te mirasen. Lo que daría cualquier hombre por tener ese poder. Si te mira otra vez le doy. ¿Después de tanto tiempo, me dices que no quieres nada conmigo? Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos, ellos siempre piensan en lo mismo. Ese tío te trata bien, ¿qué más quieres? Eres tan borde porque te falta un buen polvo. No te pongas histérica, era una broma. Qué rápido te ofendes, no aguantas un chiste. Deja de llorar ya, coño, que eres mayorcita. No me digas eso delante de mis amigos. No te pongas esa falda si no estoy yo, joder. No salgas hasta tan tarde. No discutas conmigo en público. ¿Te violó? ¿Y tú qué le dijiste? ¿Qué llevabas puesto? Algo harías. Joder, no te puedo decir nada. Calla, estoy hablando con mis amigos. ¿Otra vez no quieres sexo? Si no fuera por mí, tú no tendrías nada. Si no fuera por mí, tú no serías nada. Te quiero, nena, por eso te protejo. Te quiero nena, no me dejes. Eres una mala madre. Eres una mala esposa. Eres una mala amiga. Que no me dejes, o hago una locura. Estoy harto de tus movidas. Deja de ponerte histérica. Me tratas tan mal que me pongo nervioso. Que no me dejes, joder, o te mato.

Aparece muerta…

Tomado de “Qué niña tan bonita“, de Ro de la Torre.

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A Javier, uno de esos tipos sexys.

Ver a un hombre sin camisa, de frente a un lavadero lleno, es increíblemente sexy. Y sépanlo ustedes, pienso desarrollar toda una teoría en torno a la idea.

La cosa es que, a pesar de todo, seguimos viviendo en una sociedad machista. Incluso aunque es cierto que se ha avanzado muchísimo en la cuestión (al menos en Cuba), todavía quedan vestigios de esa cultura jurásica. Actualmente, encontrarse un hombre que comparta las tareas del hogar va siendo menos difícil, sin embargo… aún aparecen, no tan de vez en cuando, los “machos varones masculinos” que afirman que fregar un plato es “cosa de mujeres”.

Quizás por eso, una de las razones por las que un hombre fregando se ve sexy, es que a una le parece que ellos se sienten cómodos con su hombría, no necesitan patrones absurdos que se las confirmen. Además, eso de ver el agua corriéndole por las manos es increíblemente morboso. Más, cuando le comienza a salpicar los antebrazos.

Un hombre de pie, frente a los platos sucios, te demuestra que estará contigo en las buenas y en las malas (porque afrontémoslo, a casi nadie le gusta fregar). Te confirma que te siente pareja (literalmente) y que entre los dos las cosas van a salir mejor.

Por eso, si conoces a alguno, díselo. De tu parte, de la mía… de la de todas las mujeres. Después de todo, nosotras necesitamos tipos como esos: sexys.

Ando buscando un culpable, un chivo expiatorio al cual cargarle todas las desgracias.
¿No hay pan? Su culpa.
¿Me siento mal? Más culpa.
¿Que atropellaron a un perro? Maldito culpable.

Un cabeza de turco, eso es lo que necesito, un hombre (pues claro que tiene que ser hombre) que me saque del apuro, un hermoso galán (todos los lindos son culpables) al que pueda acusar de infiel y de machista.

Al fin y al cabo… yo nunca me equivoco. La culpa siempre es de otro.

vestido rojo

De vez en cuando -me cuenta María- me entran unas ganas terribles de ponerme el vestido rojo con que lo conocí. Es tan descarado el color que no puedo sino sentirme lista para la acción, me vuelven las ansias de muchachos ingenuos y salgo a la calle en busca de carne fresca… carne que me sacie el hambre de hombres que me ciega.
Las piernas fuertes y las bocas húmedas. La espalda ancha y la cintura estrecha. Mis besos los atraían como la miel a las moscas y, de uno en uno (a veces hasta en dúos) me colmaban los deseos.


Una lástima de extravío
–me susurra al oído- una pérdida terrible.

Él la mira desde su metro y medio de estatura y, a bocajarro, le suelta una de esas preguntas morbo-asquerosas que espantan.

Ella, con el más fino autocontrol que he visto en mi vida, sonríe, se le acerca y en susurros, para que nadie más que él se abochorne, le sisea al oído:
Mírame, ¿te gusta lo que ves?… Ahora mírate a ti.

Los naufragios

mayo 2017
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Y ya son...

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