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-Ya a los niños -comentaba mi vecina ayer- no hay quien les lea antes de dormir. El otro día, por ejemplo, Sofía me preguntó que por qué Blanca Nieves le hacía todo a los 7 enanos, que si ella no había oído hablar del feminismo. Me quedé fría. No, y a Juanito no hay quien le lleve la contraria en que el flautista de Hamelin era babalawo. Ya no sé que hacer con ellos… tú no tendrás por ahí uno de esos libritos “raros” que siempre lees?

Juro que al principio eso de libritos “raros” me pareció un poco falta de respeto… pero bueno, hay que comprender a una madre estresada. La maternidad aun está subvalorada.

Quizás por eso (llevando a cabo la buena acción del día) hoy le toqué a la puerta con una edición novísima de los cuentos de Javier Quiroga G. Aquí les dejo uno… quizás este le parezca un poco más real a los niños modernos.

 

Había una vez

Un apuesto joven llama a la puerta de Cenicienta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que ésta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:

—Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

Foto: Claudia Aguilera

Foto: Claudia Aguilera

Tener un novio extranjero, en Cuba, es vivir en medio de una hipocresía mediática. Por una parte, no hay ninguna diferencia en que una pareja provenga de Estados Unidos, Argentina o Canadá, pero por la otra, está el tono en que la gente que te conoce pregunta con morbosidad: ¿y entonces qué, te quedas o te vas? Como si tener un novio extranjero fuera el equivalente a una visa de esas que dan en las embajadas.

Hace poco, conversando con unos colegas, alguien me preguntó por mi estado civil. Soltera legalmente -contesté de inmediato- pero tengo novio…  por si era eso lo que querías saber.

Y sí, lo era. Aquí a casi nadie le importa un comino si hay boda por medio o no, la gente solo pregunta si hay un nombre de por medio. Luego, por supuesto, vienen las otras interrogantes. ¿Cómo se conocieron, tienes fotos, a qué se dedica? Casi siempre dejan para el final la peor ¿y dónde vive? -o en su versión más moderna- ¿y de dónde es?

Hoy en día, vivir en Playa o el Vedado se considera una especie de bonus extra en lo que a material de pareja se corresponde. Al parecer la zona es un valor agregado. No obstante, si la respuesta traspasa los límites señalados que corresponden a la isla, te miran con cara de suspicacia mientras exclaman a media voz: ¡Ahh!

Todavía hoy me cuesta trabajo asimilar los “Ahh”. Tanto los he escuchado que casi podría clasificarlos. Está el que te suelta la vecina más chismosa del barrio y este, dependiendo de la ideología política de la susodicha, equivale a decir “esta juventud está perdida, como se traicionan los ideales” o “mira lo que tiene que hacer la juventud para salir adelante”. Ambos casos, por supuesto, vienen acompañados por una mirada de arriba a abajo que sería el reemplazo perfecto de los escáneres de los aeropuertos.

Están también los “Ahh” familiares que, afortunadamente, vienen con pregunta extra.
¿Qué edad tiene? es la primera oración que sale de los labios de una madre al enterarse que “su retoño” anda con personas extrañas. Entonces, dependiendo del tipo de relación que haya en el núcleo familiar, las expresiones exclamativas también siguen un patrón. Pueden llegar a ser del tipo “Ay, mijita, ahora la gente va a pensar que tú andas en malos pasos” o “entonces aprovecha bien, que eso no se da todos los días”.

Casi todo el mundo tiene una opinión acerca del tema. Están los amigos de toda la vida que ni se inmutan y los que te dan su número de zapato “en caso de un posible viajecito”. También  están, por supuesto, otros que ponen cara seria y repiten como papagayos: ¿Y el  futuro qué? Como si uno lo tuviera todo pensado.

Tener un novio extranjero no hace ninguna diferencia. Seamos realistas, hay relaciones de interés tanto en el ámbito nacional como internacional. Y hay extranjeros con dinero como mismo también hay otros que no tienen un kilo.

En Cuba, donde hay una xenofobia inversa -aquí los turistas casi siempre tienen prioridad- andar de la mano con alguien que hable con un acento “raro” no debería incomodar a nadie. Una mujer y un hombre (en cualquiera de sus variantes) hayan nacido en China, Rusia, Brasil o Costa Rica, se enamoran como idiotas en cualquier parte.

Lo que yo le veo triste a toda esta historia, es la distancia.

(Publicado originalmente en El Toque)

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Todo el mundo habla acerca de cuán importante es no perder el tiempo. En la escuela, en la casa, en el trabajo. Los amigos, la familia, los vecinos. Cada quien tiene su opinión respecto a las maneras de gastar esos preciados minutos que van conformando la vida. Unos -los amantes del trabajo- sugieren que se empleen en cursos y formaciones académicas. Otros van más allá (o más acá) y disfrutan sus horarios libres comprándole flores al amor, o lo que es lo mismo, enamorándose de cuanto ser viviente se les cruce en el camino.

Los Unos, por supuesto, son fervientes detractores de los Otros, y viceversa.

Según Plutarco (46-120)“Pitágoras, cuando era preguntado sobre que era el tiempo, respondía que era el alma de este mundo.” Mi abuelita hablaba del mismo con menos poesía: “El tío Tiempohabrá, se murió de viejo y no hizo ná.”

Yo, para bien o para mal, soy más de compartir la creencia de Steve Jobs.

“Tu tiempo es limitado, así que no lo malgastes viviendo la vida de otro… Vive tu propia vida. Todo lo demás es secundario.”

Foto: Luca Rossato

Foto: Luca Rossato

Una va por la calle pensando en lo mismo de siempre, el café, los mandados, el revolcón pospuesto de por la mañana -que venía posponiéndose desde la noche anterior porque al otro día había que levantarse temprano- cuando de repente, como salido del aire, un golpe le cruza la cara a una mujer. Y duele. Aunque no sea tu cara, sientes la mano marcándote el rostro.

Un hombre el culpable. ¿Un hombre? Un ejemplar con cromosomas XY.

Después de la impresión inicial, en la que todo sonido se diluye y solo flashazos de imágenes desfilan por tus pupilas, una comienza a reconocer los sonidos. Luego las voces.
La de ella es apenas un susurro, sus palabras solo atinan a suplicar.  En cambio él, embutido en esa superioridad ancestral que tiene por nombre machismo, grita.

Recuerdo que par de lágrimas me asomaron a los ojos cuando, a pesar de los gritos, la pobre mujer procuró mil veces disculparse.

Un hombre que estaba cerca de mí, trató de acercarse a ayudar. La realidad me sacudió el alma como un terremoto cuando, al grito de “¡Con mi marido me entiendo yo!” un par de tacones volaron cerca del rostro del defensor. Casi al mismo tiempo, el  dichoso marido le propinaba otro gaznatón. “Por meterte en mis problemas”, le escuché decir mientras levantaba el brazo, “y por puta mala”.

Después del sobresalto, el improvisado Quijote volvió sobre sus pasos rumiando imprecaciones y, no sin cierta razón, reiteró la frase cliché de que cada quien tiene lo que se merece.

Desde la esquina, contemplando el escenario, un carrusel de imágenes me pasó por la cabeza. Y lloré. Lloré por las mujeres lapidadas que se atrevieron a levantar los ojos y mirar a un hombre de frente. Lloré por esas otras que, en flagrante mutilación, les sometieron sus partes íntimas a la ablación. Lloré por las que son vendidas como esclavas, tanto sexuales como domésticas –no hay excusa posible para la esclavitud. Y por las que sus familias entregaron a un matrimonio sin amor.

Ser mujer no siempre es fácil, en muchas partes del mundo son objetos decorativos o recipientes que cargan material genético. Los perros valen más que ellas. Son más caros.

La que se arrastra al borde de la calle suplicando perdón no es una excepción. ¿Quién puede adivinar lo que le fue enseñado en su casa? ¿Quién sabe si su padre era un borracho que le pegaba a la madre? ¿O si la madre tenía 6 hijos y dependía solo del padre? Lo único real en toda esta historia, lo que se puede acuñar si es preciso, es que esa mujer es una víctima de su entorno y ese hombre un cobarde de la peor calaña.

Levantarle la mano a una mujer no hace que crezca el bulto de la entrepierna, limpiar un piso no hace que se vuelva más chiquito. La violencia, incluso entre iguales, es un acto primitivo. Con alguien que no puede defenderse, más que un abuso, es algo digno de animales.  Y que me disculpen los últimos por el insulto.

(Publicado originalmente en El Toque)

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Hace poco, en uno de esos conciertos a los que uno va por casualidad, porque un amigo te llama a última hora para avisarte que no tiene con quien ir, tuve una epifanía: Más que melodía, la música es a la memoria como una máquina del tiempo a la vida.

Y es que a veces un fragmento de canción te devuelve sensaciones que considerabas perdidas, pedazos de memorias olvidadas, el sabor de un dulce específico que tu abuela cocinaba cuando eras niño, el olor de esa persona por la que morías… una etapa de la vida en la que, simplemente, eras más feliz.

Aquella tarde, en el dichoso concierto, esos recuerdos los trajo de vuelta Buena Fe. Y aunque en honor a la verdad deba admitir que en la actualidad no los atiendo mucho, durante esas benditas dos horas volví a tener 15 años. Me vi recorriendo los pasillos de esa magnífica escuela que me dio tantos buenos momentos mientras cantaba a grito pelado las mismas canciones que me enamoraron una década atrás. Me senté en los escalones del trampolín y sentí en la piel (puedo jurarlo) el frío de una madrugada de 10 grados. También lo vi a él. Volvimos, durante media hora, a repetir discusiones de viejos tiempos. Y, para no variar el siempre, el final de la pelea se convirtió en un beso.

La noche anterior había tocado Silvio Rodríguez, también estuve. La compañía, inmejorable… pero faltó gente. No estuvieron en el concierto dos de los imprescindibles.

Afortunadamente, hay canciones que al cerrar los ojos se convierten en personas. Con Silvio es inevitable. Apenas comienza a rasgar su veteranísima guitarra comienzan a aparecer fantasmas. A uno en especial le debo una parte de mi banda sonora. Fue él quien, a base de repetición, logró reconciliarme con el trovador (sí, hubo un tiempo en que no lo toleraba) y esa noche, como desquitándose de mi anterior olvido, su voz paseó las canciones regalo de toda una época. Más que lágrimas mis ojos soltaron océanos.

Por supuesto, hay otras melodías que invariablemente me dibujan una sonrisa en el rostro. Casi todas las de Teresita Fernández, por ejemplo. Cuando ponen “Vinagrito” por la radio puedo, literalmente, saborear la vainilla de los batidos-merienda que preparaba mi bisabuela para mi llegada de la escuela. Teresita me devuelve el abrazo de mi ángel de la guarda. Escuchar sus canciones es conseguir un pasaje de ida a los 8 años, cuando todavía no sabía si ser actriz o maestra.

Con Liuba María, en cambio, tengo un problema. Cada vez que pasan “Con los hilos de la Luna” rompo a llorar. Da igual cuántas veces la haya escuchado. Da igual el lugar donde la haya escuchado. En sus conciertos, cuando la toca, tengo que levantarme de la butaca. Entonces me apropio de esa letra hermosa y la hago mía. Y soy  yo quien la canta, y cambio abuelo por abuela y le pregunto mil veces si  soy al menos una parte de lo que ella soñó que yo fuera.

Mi vida, toda ella, está llena música. Y así como la mía, la de mi madre, la de mi padre, la de mis abuelos. Cada uno, sin embargo, atesora una banda sonora diferente. Música de fondo, podríamos llamarle… sería interesante lograr darle play aleatoriamente.

(Publicado originalmente en El Toque)

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Estar soltera y sin hijos rayando los 30 es, en algunos círculos sociales, un estigma. Y lo sé porque desgraciadamente (o afortunadamente) entro en ese grupo. Para muchas madres y/o mujeres de cierta edad -me refiero expresamente a la generación antecedente a la mía- yo soy lo que se dice “un bicho raro”, sobre todo cuando les anuncio sin tapujos que no, no me interesan los niños todavía y estar soltera es simplemente una decisión.

Y es que, en realidad, estar soltera no implica necesariamente estar sola. Tengo un trabajo que me hace feliz y mis amigos llenan esa parte social que todos necesitamos. Incluso afirmo, aunque vuelva a caer en el cliché, que a veces es mejor estar sola que mal acompañada.

¿Que no tengo pareja por el momento? ¿A quién le importa? A mí precisamente no, a veces es necesario tomarse un tiempo para uno mismo con el fin de saber exactamente qué es lo que se quiere, o adónde se quiere llegar. Una pareja no es algo a tomar a la ligera. Sobre todo en estos tiempos. Una buena amiga, de esas con 30 y sin hijos todavía, ondea como bandera que lo importante en una relación es hacer equipo;  yo la apoyo en un 105%. Ella, por ejemplo, encontró al perfecto compañero. Y es feliz. Yo también lo soy por ella. Sin embargo, aunque sé perfectamente que tener a alguien al lado con quien se pueda contar es una de esas cosas placenteras en la vida, no estoy apurada… lo que tenga que venir, vendrá. Y si no viene, pues no pasa nada, mi felicidad no depende de otros, yo soy una naranja completa.

Respecto a los hijos, bueno, ese tema es aún más delicado. Todo aquel  que ya tiene uno (la mayoría por estas edades) siempre hace la misma pregunta: “¿Y tú para cuándo te embullas?” Como si tener un niño fuera tan fácil como mandarlo a buscar con la cigüeña.

Hay personas que nacieron para ser padres, hay otras que no. Tener hijos no es lo único que se puede hacer en la vida. Yo, particularmente, quisiera uno, tal vez dos, pero no tengo prisa. Todavía no me derrito cuando veo un bebé por la calle. Todavía lo primero que me viene a la mente cuando me hablan de niños es la cantidad de pañales que hay que comprar. Además… primero tendría que encontrar un padre, ¿no?

Quizás, como me recuerda mi familia -a diario- me he vuelto un poco cínica y/o exigente con los años. Quizás no. A lo mejor solo es una de esas etapas existenciales por la que pasan las mujeres “raras” como yo. Porque si de algo estoy segura es de que no estoy sola. Las que rondamos los treinta solteras y sin hijos somos un grupo de “fenómenos” que pisan las calles de Cuba, cada vez más fuerte, cada vez más seguras.

Eso de la pareja perfecta es una fantasía de Hollywood para que sigamos enganchados a sus películas. En la vida real, para conocer al príncipe, primero hay que besar muchos sapos.

(Publicado originalmente en El Toque)

Foto: Ángel Vázquez

Foto: Ángel Vázquez

Según la Real Academia de La Lengua Española, el suicidio es la acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza. Para mí, quedarse mirando al mar, es una especie de harakiri emocional.

Esa franja azul que nos rodea tiene la capacidad inalienable de apretujarme el alma. Y van y vienen las lágrimas con la marea. Cada ola que baña el malecón me recuerda que mi mejor amigo, quien coincidentemente es mi padre, está lejos de mi abrazo porque media entre nosotros ese mar maldito.

Entonces, al mirarlo, insulto mil veces su letanía y ofrezco mi alma a los 4 vientos a cambio de un Moisés que separe sus aguas. Poco me importaría parecerme a Fausto, cambiaría con placer mi alma por un camino entre las dos orillas.

Desgraciadamente, a veces creo que soy la reencarnación de Alfonsina, aunque un día me mate, no puedo vivir sin él. Quizás tiene algo de razón aquel escrito que proponía la tesis de la nostalgia y el mar y nosotros, los que nacimos en islas, somos más propensos a la melancolía cuando se trata de la emigración. Debe ser cierto.

El vacío que me deja la ausencia de los que parten, se va marcando más hondo a medida que pasan los años. Y me siento sola. Y de las memorias que debieron estar llenas, fueron desapareciendo personas.

Mi padre no logró estar el día que me gradué de Ingeniera. No pudo estar, siquiera, el día que entré a la universidad. Tampoco alcancé a recibir su abrazo el día que murió mi abuela (y bien que lo necesité). La distancia, el dinero, la política… el mar, se lo prohibieron. Tuve que conformarme 5 años con una voz que me besaba por teléfono.

Mi hermano, el segundo hombre de mi vida (lo siento chicos, papá tiene el 1er lugar), también abordó un avión hace dos eneros. Y de un día para otro me quedé sin cómplice. Me arrancaron, de un tirón, al amigo hermoso del que solía presumir y al cuentacuentos. Me cambiaron de país la risa.

Casi al mismo tiempo, como aplicando el refrán gastado de que quien da primero da dos veces, mi medio hermana ficticia, esa que me robaba la comida (¿o era al revés?) en la escuela, me anunció su viaje. Recuerdo que en aquel momento le escribí a una persona que quiero mucho “todo el que yo quiero se me va” y pensé seriamente en dejar de tener amigos.

La emigración, asunto polémico, siempre genera comentarios, que si buena, que si mala, que si regular al tiempo. Yo, sinceramente, no me opongo – respeto el derecho a emigrar de cada ser humano. No obstante, el tema tiene, además de político y económico, un lado humano. Y ese es el que a mí me duele. Porque da igual Cuba, Angola o los Estados Unidos: la nostalgia, ese bichito que a veces te carcome el alma, no se mide en millas, se transforma en tiempo.

(Publicado originalmente en El Toque)

A Disamis, por su pesadilla.

Hace poco pasaron por la televisión una película (creo que alemana) la cual comenzaba con la siguiente línea:

Los niños son una pesadilla. Lo sé. Yo solía ser una.

Recuerdo que andaba como con 3 amigas y a las 3 las miré y detrás de la sonrisa les dije: lo ven, lo ponen hasta en las películas.
Y es que, aunque la humanidad (entiéndase mamá y familia) se empeñe en recordarme cada domingo que después de los 25 ya uno está apto para “soñar”, yo sigo justificándome con eso de que mi reloj tiene atrasada la alarma. Que no se preocupen… que funciona, lo que pasa es que yo tengo un diferente huso horario.

Por ahora, afortunadamente, tengo la opción de practicar y cuando me llegue el turno voy a tener más experiencia que la madre de unos trillizos. Al fin y al cabo, soy y seré la tía chévere de unos cuantos sobrinos.

El próximo (o la próxima), será el de la D. Y esa sí que va a disfrutar de su “pesadilla”. Lo que no quiero es que lo amenace después cuando se porte mal, diciéndole que se lo va a entregar a su tía Marian… eso ya lo hace la G. Lo que implica que soy una especie de mujer del saco o Bogeygirl y me siento orgullosa de ello.

Ya era hora, le digo a mi mamá cuando le anuncio la buena nueva. Ya era hora.

No puedo evitarlo, cada 23 de diciembre busco insistente un clavel blanco en todas las florerías (casi nunca aparece) y termino en aquella ciudad gris, negra y blanca regalando los pétalos mientras le cuento una historia.

Hoy serían 105, hace 5 que no está y me niego a soplar las velas por miedo a que no se me cumpla el deseo. Ayer mi madre me dijo -siempre con la palabra justa-  que en realidad ella no se ha ido porque yo jamás la he dejado de contar. Tuve que admitirlo y, mientras lo pensaba, un pequeñito bombillo se me encendió: ¿“Las crónicas de Oli” sería un buen nombre para un libro de cuentos?

Podría comenzar, por ejemplo, escribiendo la historia de la funda de almohada. Yo con 5 años tratando de encontrarla mientras ella, con esa originalidad que siempre la caracterizaba, escondía la almohada blanca de aquella cama imperial y se metía dentro de la funda como si de un saco de papas se tratara. Jamás la encontré. Luego, cuando me tiré en la cama cansada de buscarla y par de brazos me envolvieron en un abrazo, descubrí que se puede llorar de alegría.

O tal vez, quizás, pueda hablar de mis fútiles intentos de parecerme a ella mientras que, armada con toda la paciencia que cabe en un cuerpo de 126 centímetros, la cómplice de sueños me iba alcanzando uno a uno sus vestidos.

Me hizo dulces, me enseñó a cocinar y me inculcó el amor por ese brebaje mágico que es el café (a la mierda el chocolate) mientras visitaba cada tarde a sus amigas. Con ella aprendí a ser incondicional.

Hoy, 23 de diciembre, me duele no poder presentársela a ese grupo de amig@s que han devenido herman@s. No cargará a mi hij@ cuando l@ tenga, no comerá conmigo mi próximo cake de cumpleaños. Sin embargo… siempre estará aquí en mi blog, e incluso cuando yo me haya ido, las arañitas de Google indexarán su nombre.

consejo

No sé cómo lo hacen, pero cuando te escuchan decir esas palabras -aunque uno las susurre al viento con voz apenas audible- ellas se encargan de rebatir la afirmación. ¿Que no hay nada que hacer? ¡Ja!

Y de repente, como si de un acto de magia se tratara, aparece de la nada un montón de ropa sucia -que yo juraría había lavado el día anterior. Si no es ropa, no hay que desesperar, algún piso se encuentra sucio o algunos platos del desayuno/almuerzo/cena están sin lavar. Siempre… pero SIEMPRE hay algo que hacer y el tiempo no está para perderlo en muñequitos raros (entiéndase animes) con voz de pito. Porque eso sí, mi madre (fíjense que no generalizo) encuentra rarísimo que yo, “a mi edad”, pueda seguir mirando esos “dibujitos chinos”. Vaya, que si se encuentra con Miyazaki lo manda a fusilar. Estoy -pobre de mí- al esconderlos en una carpeta XXX, no vaya a ser que, según sus estándares, eso sea más normal para una “mujer” de 27 años. Ah, y hago énfasis en mujer porque para lo que le conviene a ella sigo siendo su “niñita del alma”.

Nada, que a las madres no hay quien las entienda. Menos mal que para quererlas no es necesario.

Los naufragios

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Y ya son...

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