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Mil veces me ha pasado, el tiempo se me escapa de las manos como si en medio de una playa me pusiera a jugar con arena. La sensación esa de nadar, allá donde no se da pie y sumergirse a tocar el fondo para sacar a la superficie un poco de arena mojada -la prueba tangible de que se llegó al final- y que solo se vean en la luz par de granos mojados… esa es la sensación que tengo cuando no me alcanza el tiempo.   

Es frustrante.

Por mucho que quiero estirar los días, siguen teniendo 24 horas, de las cuales yo duermo (o al menos trato) 8. El trabajo, el bendito trabajo que hago, se lleva otras 8 y, aunque lo que hago me emociona, siento a veces que, o no lo aprovecho lo suficiente, o no me alcanzan las horas para hacer lo que quiero. Una cosa complicada esta de trabajar detrás de la computadora. La programación usualmente se ama o se detesta, no obstante, en algunas ocasiones, los sentimientos se mezclan.

Después de leer lo escrito anteriormente me acabo de dar cuenta de que me pasé un párrafo hablando de una cosa que a casi nadie le importa, así que perdón.

Lo que en realidad quería decir, por lo que empecé a escribir este texto, es que, a pesar del tiempo que no te doy, en esos minutos extras que deja el transporte, la familia, el sueño y el trabajo, te extraño. Y cuando escribo te, me refiero a tantas personas que pido disculpas de antemano.
A mi hermana postiza, que aunque no lee este blog, tiene un riñón extra si le hace falta. A mi papá y mi hermano, que más que dos, son uno. A los que se fueron. A los que se van. A los que volvieron. A los que no volverán. Y a ti, que sabes que esto es contigo aunque no te mencione.

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Mona, perdón, Mónica, es mi socia. No de las de siempre, porque a ella la conocí hace algunos meses, pero socia al fin y al cabo, que compartir cervezas e historia es lo más cercano a crear lazos en estos tiempos.
El texto a continuación es de ella. No obstante, más que suyo, es nuestro… de nosotras.

***

Una definición muy personal de violencia de género: ver a una persona corriendo hacia a ti en la noche, no saber si es hombre o mujer -porque no ves bien de lejos, menos de noche-, pensar que puede ser hombre, asustarte, paralizarte, empezar a pensar en qué dirección huir, cómo defenderte, todo eso en un instante, y ya cuando está a dos metros, darte cuenta de que es una mujer, mirarse, reírse, porque sin decir nada ambas entienden lo que pasó, ella entiende tu miedo y no se ofende, ella sigue corriendo, tú te sientes segura de nuevo, y te quedas pensando cuándo sentiste por primera vez miedo a los hombres, cuándo aprendiste a asociar caminar sola en la noche y encontrarse a un hombre o grupo de hombres con peligro o amenaza, no saber cuál es la respuesta, creer que ese miedo existe desde que tienes conciencia de que eres una mujer, cuando escuchabas de niña que las niñas se sientan con las piernas cerradas y se ponen shorts debajo de las sayas, que las hembras no juegan con los varones, que las niñas son flores, que los niños no deben pegar a las niñas -no que no deben pegar a nadie sino, sobre todo, que no deben pegar a las niñas-, creer que descubriste que eras una mujer el día en que empezaste a entender que tenías que protegerte de los hombres y, por tanto, tenerles miedo, descubrir, en la medida en que te conviertes en una mujer adulta, que las mujeres que intentaban enseñarte a protegerte, a prepararte para el peligro, desde que eras una niña, tenían razón, ahí molestarte contigo, con ellas, indignarte, aprender a quedarte callada y mirar al suelo y apurar el paso cuando un grupo de hombres empieza a “piropearte”, o cuando te pasa uno por al lado y de pronto se acerca a tu oído y te dice una atrocidad, que si otro hombre extraño se la dijera a él al oído en la calle le partiría la cara a trompones, tener que cambiar tu ruta porque de pronto te encuentras un hombre haciéndose una paja, lo mismo en un banco de Quinta Avenida, que en un banco de la Avenida de los Presidentes, que acostado en el césped como si estuviera en la playa, aprender también a rebelarte, a confrontar a los hombres que se hacen pajas en los espacios públicos por los que pasas, que se la sacan cuando tú pasas, porque tienes que defender que las calles también son tuyas, reclamarles, exigirles que se la guarden, que se vayan a otro sitio, que vas a llamar a la policía, salir corriendo cuando te amenazan con caerte atrás, no olvidar nunca que los hombres son físicamente más fuertes y que los policías nunca están cerca de calles oscuras donde hay hombres que se hacen pajas, ni siquiera si esa calle es una de las principales avenidas de la ciudad, sobreponerte a tu miedo cuando te levantan el vestido en medio de la calle de día y te tocan las nalgas, como si tu cuerpo no mereciera respeto solo por ser el cuerpo de una mujer, caerle atrás al cobarde durante una cuadra y gritarle como una loca eso, cobarde, y que él nació de una mujer, que las mujeres se respetan, quedar ronca de tanto gritar lo mismo, llorar de impotencia por haber tenido que contener las ganas de abofetearle, porque el cobarde no debía tener más de doce años y tú piensas que a pesar de todo es apenas un niño y no puedes atacarle, seguir tu camino a poner flores a tus muertos al cementerio como si nada hubiera pasado, porque eso es lo normal, que los hombres te agredan una y otra vez es lo normal, que no importa si estás triste, si vas a una fiesta o a un velorio o al cementerio, lo que tú sientas no importa porque eres mujer, y ser mujer significa que los hombres pueden hacer de ti lo que quieran, en el momento que quieran, que no eres dueña de tu cuerpo, ni de tu vida, ni de tu suerte, ni de tu ánimo, vivir defendiendo tu derecho a ser tratada con respeto por los hombres que te conocen y los que no te conocen, sin importar cómo luzcas, cómo te vistas, cómo camines, cómo hables, cómo comas, cómo bailes, cómo mires, cómo ames, saber lo que es sentir miedo solo por ser mujer, pero no dejar que ese miedo tan funcional a la violencia te impida ser genuinamente libre. Feliz 2019 a todas mis amigas mujeres, espero que cada vez nos sintamos más acompañadas entre nosotras.

Carilda Oliver

Carilda Oliver Labra (1922–2018)

Y pasa que entro a Facebook y siento que se me abre el piso. Carilda: la puta, la poeta, la rubia, la mujer, la que me sacó y secó las lágrimas durante estos casi 30 años, la que me estremeció el cuerpo con los versos a la madre, la que me hizo un ovillo con los poemas al padre, murió hoy por la madrugada. Se consumió el erotismo de la que tenía ojos verdes. A la hembra que se desordenaba con las lanzas de los Quijotes, se le apagó la luz en una sofocante madrugada de agosto.

Y yo, que siento su muerte como si se me hubiera muerto una hermana, la lloro mientras pienso en los libros que me llenan el cuarto con su poesía. No hay Error de Magia que salve este momento. Una mujer escribe, o intenta escribir estas líneas Con Tinta de Ayer y al apretar con las manos las diminutas teclas de la computadora, un frío la recorre Al Sur de la Garganta. Y es que, cómo escribir sobre la muerte de quien puso los versos en estos ojos. Cómo homenajear a quien vivió su vida hecha poema. Esta es una Noche para dejarla en testamento, El cielo indefeso tiene La luna en el suelo mientras Cien sonetos ensayan un Discurso de Eva que unas manos blancas, sin hijos y con gatos, dibujaron una mujer Prometida al fuego.

Vivió su vida entre hombres y palabras sueltas. Abogada de la suerte, por título y vocación, defendió las causas en las que creyó siempre. Jamás le importó que la llamaran puta. Ella era más que eso. El erotismo hecho mujer, eso era Carilda. Con sus Poemas para no envejecer desafió a la muerte. De alguna manera, ella no ha muerto. Sus Huesos alumbrados permanecerán inmunes, eternos… como un Temblor bajo la piedra. Y un día cualquiera, A la una de la tarde, un poema ajado volará de alguna mano para caer en los labios de alguien que besa.

La poeta no ha muerto. Larga vida a sus versos.

carilda

¡¡¡Mierda!!! Llego a Facebook y me entero que se murió la puta. La poeta. La rubia. La mujer. La que me sacó y secó las lágrimas durante estos casi 30 años. La que me estremeció el cuerpo con los versos a la madre, la que me hizo un ovillo con los poemas al padre. Se consumió el erotismo de la que tenía ojos claros. Se me esfumó el sueño de una sonrisa que siempre soñé. No más ilusión de conocer a la diva que le esribió a Hugo Ania Mercer. A la hembra que se desordenaba con un las lanzas de los Quijotes.

¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Mierda!!!

Foto: Claudia Aguilera

Foto: Claudia Aguilera

Tener un novio extranjero, en Cuba, es vivir en medio de una hipocresía mediática. Por una parte, no hay ninguna diferencia en que una pareja provenga de Estados Unidos, Argentina o Canadá, pero por la otra, está el tono en que la gente que te conoce pregunta con morbosidad: ¿y entonces qué, te quedas o te vas? Como si tener un novio extranjero fuera el equivalente a una visa de esas que dan en las embajadas.

Hace poco, conversando con unos colegas, alguien me preguntó por mi estado civil. Soltera legalmente -contesté de inmediato- pero tengo novio…  por si era eso lo que querías saber.

Y sí, lo era. Aquí a casi nadie le importa un comino si hay boda por medio o no, la gente solo pregunta si hay un nombre de por medio. Luego, por supuesto, vienen las otras interrogantes. ¿Cómo se conocieron, tienes fotos, a qué se dedica? Casi siempre dejan para el final la peor ¿y dónde vive? -o en su versión más moderna- ¿y de dónde es?

Hoy en día, vivir en Playa o el Vedado se considera una especie de bonus extra en lo que a material de pareja se corresponde. Al parecer la zona es un valor agregado. No obstante, si la respuesta traspasa los límites señalados que corresponden a la isla, te miran con cara de suspicacia mientras exclaman a media voz: ¡Ahh!

Todavía hoy me cuesta trabajo asimilar los “Ahh”. Tanto los he escuchado que casi podría clasificarlos. Está el que te suelta la vecina más chismosa del barrio y este, dependiendo de la ideología política de la susodicha, equivale a decir “esta juventud está perdida, como se traicionan los ideales” o “mira lo que tiene que hacer la juventud para salir adelante”. Ambos casos, por supuesto, vienen acompañados por una mirada de arriba a abajo que sería el reemplazo perfecto de los escáneres de los aeropuertos.

Están también los “Ahh” familiares que, afortunadamente, vienen con pregunta extra.
¿Qué edad tiene? es la primera oración que sale de los labios de una madre al enterarse que “su retoño” anda con personas extrañas. Entonces, dependiendo del tipo de relación que haya en el núcleo familiar, las expresiones exclamativas también siguen un patrón. Pueden llegar a ser del tipo “Ay, mijita, ahora la gente va a pensar que tú andas en malos pasos” o “entonces aprovecha bien, que eso no se da todos los días”.

Casi todo el mundo tiene una opinión acerca del tema. Están los amigos de toda la vida que ni se inmutan y los que te dan su número de zapato “en caso de un posible viajecito”. También  están, por supuesto, otros que ponen cara seria y repiten como papagayos: ¿Y el  futuro qué? Como si uno lo tuviera todo pensado.

Tener un novio extranjero no hace ninguna diferencia. Seamos realistas, hay relaciones de interés tanto en el ámbito nacional como internacional. Y hay extranjeros con dinero como mismo también hay otros que no tienen un kilo.

En Cuba, donde hay una xenofobia inversa -aquí los turistas casi siempre tienen prioridad- andar de la mano con alguien que hable con un acento “raro” no debería incomodar a nadie. Una mujer y un hombre (en cualquiera de sus variantes) hayan nacido en China, Rusia, Brasil o Costa Rica, se enamoran como idiotas en cualquier parte.

Lo que yo le veo triste a toda esta historia, es la distancia.

(Publicado originalmente en El Toque)

Lo mejor de todo es que la noticia llegó justo hoy, cuando mi Oly cumpliría 106 años, a modo de regalo de cumpleaños. No puedo ser más feliz.

yo-no-soy-de-las-que-cree-en-la-navidad

festival_cine

La Habana, cuando anda por los cines el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, se convierte en una ciudad diferente. Ya no es gris (incluso si llega el frío) y las calles, antes desiertas, se transforman en una especie de hormiguero de personas corriendo de un lado a otro.

Los cines, tan acostumbrados a la inercia de los peatones, se alzan altaneros ante la masiva audiencia que se les mete por cualquier hendija si por la calle corre que la película es buena. Hay quien reserva pasajes para la fiesta del cine, quien saca a la calle sus mejores trapos e incluso quien estrena bufandas en cuanto asoma la nariz un vientecito de invierno.

Cuba, que en realidad solo conoce un eterno verano, se vuelve una especie de bohemia friolenta cuando el festival se acerca. Y a la calle salen verdaderos conocedores del séptimo arte. Se habla de fotografía y guiones como antes se discutiera de fútbol o de pelota, y uno empieza a identificar en las salas de estreno, a las tradicionales tribus urbanas que se dignan a aparecer solo en tiempos de festival.

Dentro de ellas se encuentra el “Intelectual de cartelera” que, más que ir a los cines a disfrutar las películas, se convierte en la Wikipedia andante de todo lo referido al festival. Sabe el nombre del cine y la hora exacta en la que pasan esa película que quieres ver, pero no encuentras en el sitio web del evento, y puede recitar del pi al pa la sinopsis de todas las óperas primas que van a exhibirse.

Una versión menos complicada es el “Regionalista cinéfilo”, que compra uno o más “pasaportes” con el fin de asistir a todas las presentaciones que ofrece un país específico y un subgénero del mismo es el “Director-Fan”. Ambos son reconocidos inmediatamente al observarse el ardor y/o entusiasmo con que defienden los temas de su interés.

Está también, por supuesto, quien en todo el año no pisa una sala de cine y en esta etapa corre de una proyección a otra alabando las cintas como si de su familia se tratara (“Festival-Fan”). El reverso de la moneda es ese personaje que siempre vemos en los estrenos y al llegar el festival no se le ve en público. Su justificación puede variar de “Me gusta el cine en silencio” hasta “jamás me ha gustado hacer colas” –ambas válidas. A este compañero jamás se le debe etiquetar, él es un valiente.

Lo más común, sin embargo, es encontrarse a quien invita a un amigo desprevenido con el objetivo de descubrir un filme. Ninguno de los dos sabe si está bueno o malo, ni qué actor o director lo interpreta, pero se animan a entrar al tumulto. Yo los llamo “Los conquistadores”. Gracias a ellos, los que pertenecemos a la tribu de los “Intermitentes” (tiene que ver con la frecuencia de visitas a las pantallas) comparamos las notas extraídas por varias fuentes y nos animamos a verificarlas. Una medalla se merecen los primeros. Una venganza pública nos merecemos los segundos.

Seas del grupo que seas, La Habana, mientras recibe entre sus murallas la fiesta internacional del cine, tiene un espacio reservado para ti. Entre las tantas películas que se proyectan, queda la opción de camuflarse como un personaje más.

(Publicado originalmente en El Toque)

Debo advertirles que este es el primer texto que escribo con tanto diálogo, es uno de los 3 cuentos que entregué ayer en la Convocatoria del Taller Literario del  Centro Onelio Cardoso, así que perdónenme por todas las posibles/probables faltas que pueda tener.  Se los dejo con la nota al margen de que cualquier sugerencia y/u opinión será más que bienvenida 🙂

Mala suerte

-Ya no estoy para perder el tiempole comenta Teresa a Marina esperando la guagua. Me cansa que se repita la historia. Un mes les doy para ver si me convencen pero nada, desaparecen en la primera semana. Ya no hay hombres interesantes en La Habana.

-Sí los hay, Tere, lo que pasa es que si gastas tu tiempo en buscarlos, no te van a aparecer jamás. A ver, ¿qué fue de la vida de ese doctor buenísimo que te rondaba?

-Nada mija, ya tú lo dijiste, médico, no tenía un kilo donde caerse muerto, y yo tengo 2 niñas que alimentar. Solo de amor no vive el hombre.

-Pero mamita, contigo no hay quien pueda. ¡Si me dijiste el otro día que te encantaba!

-Sí, pero eso fue antes de conocer a Fernando.

-¿Y quién es el Fernando ese?

-Un taxista, hace ruta de La Habana a Guanabacoa. Gana una pila. Lo conocí un día que me monté en su carro. Si te cuento lo que me pasó ese día… ¡Qué pe-na! se me había quedado el monedero en la casa y no tenía un kilo para pa´ pagar el taxi. Menos mal que me dijo que si yo quería me cobraba el pasaje con una salida. Tú me conoces, a caballo regala’o… Le di mi teléfono y me llamó esa misma noche para ir a comer al otro día. Me llevó a La Guarida. Mima, si tú llegas a ver ese restaurante te mueres. Nooo, y no te hablo de los precios de los platos, con lo que se gastó Fernando me compro la comida de 2 meses. ¡Alabao!

-Pero Tere, ¿tú no me estabas diciendo hace 5 minutos que no hay tipos interesantes en La Habana? ¿Te peinas o te haces papelillos?

-No Marina, no, si Fernandito era de lo más “interesante”. Lo que yo no sabía es que también era casado. ¡Yo lo que tengo es un chino atrás! No me encuentro con uno que sirva. Primero Manolo, ¿te acuerdas de Manolo? Bueno, pues ese Manolo me rompió la boca un día porque le dije que no quería cocinar. ¿Mentira dices? No mima no, verdad verdadísima. ¡Si hasta me partió un diente! Eso que te dije del pelotazo en la cara de los chiquillos de enfrente fue pa’ que no te preocuparas. Manolo era un animal. Rafa, el que vino atrás, a ese tú no lo conociste, era todo lo contrario. Cariñoso a morirse. Imagínate tú, era artista. O como él decía: un espíritu libre. Tan espíritu libre era que se metió a maricón. No confíes nunca en los artistas Marina, te lo digo de corazón. Ni en los militares, esos son los peores. Mira a Josefa, casada con un teniente hace 5 años. ¿Y el marido? siempre perdido. Que si una reunión, que si un despliegue… muela, muela bizca. Ese seguro tiene otra mujer regá por ahí. O sino dímelo a mí, que una vez cogí a Yoslandry en lo mismo. Qué rato más malo ese día, Marina. Qué manera de llorar. Y como él hablaba de las mujeres… decía que yo era un sol porque jamás le pedía nada y nunca se me había ocurrido salir sin él. A las otras, a las mujeres de sus amigos, las llamaba “caras” y “nocturnas”… descara’o. Al final terminó con la pelandruja esa que, me lo dijeron de buena tinta, le pega mil tarros. Me alegro. Por chanchullero. Si cuando yo te lo digo… mala suerte es poco. Voy a tener que ir al babalawo de la esquina a ver si me hace una limpieza.

-Pero de qué hablas, mujer, ¡si tú eres católica! Como se entere el padre Juan te descomulga. Eso no lo digas ni en juego. Vas a ir tú a esos brujeros a qué, ¿a que te tumben el dinero? Solavaya. Tú lo que tienes que es ir este domingo a la iglesia y pedirle a Diosito que te consiga un marido. Ya de paso lo pides con casa, que no es fácil empatarse con alguien y que al cabo del tiempo te quiera tumbar la tuya. Mira a mi vecina, la está pasando negra con el delincuente ese de su marido. Y yo se lo advertí, se lo dije siempre: Catalina, ese hombre no es trigo limpio, mira como tiene a su mamá en un asilo. Pero no me hizo caso, y cómo está ahora, volviéndose loca en los tribunales. Así que ojo… si vas a pedir, pide bien. Mira, ahí viene la guagua, apúrate que se te va.

Luego de unos minutos, los tacones de Teresa se arrastran por una calle sucia de la Habana Vieja. Mientras habla ensimismada con el de arriba pidiéndole señales, Fernando, su ex-taxista, la choca contra el parabrisas. En el hospital solo distingue batas blancas. Un médico con cara de pobre diablo le sostiene la mano. Con la ternura en los ojos, la conecta a duras penas a la máquina de oxígeno que le quita a otro paciente. El médico es Carlos, el mismo hombre al que rechazó hace un mes.

Pasado un cuarto de hora, una explosión de luz ilumina el hospital. En el cuarto de Teresa, la máquina hace bip.

Ya en el velorio, Marina reparte sus condolencias. El médico, única conquista que se atrevió a asistir a la funeraria, se le acerca con los ojos llorosos. Aparte de la bata blanca, viste el luto obligatorio. Marina lo mira con la compasión dibujada en los ojos.

-Mala suerte, decía ella que tenía. Jamás le creí. Pero vaya… un rayo seco a las 4 de la tarde hace dudar a cualquiera.

-Pues sí señora, y yo que ese día pensaba llamarla para invitarla a salir, cuando la vi me pegué tremendo susto. Imagínese usted, la semana pasada se murió un tío abuelo que tenía en España y me dejó en herencia todo lo que tenía. Una lástima lo de Teresa… tanto que me había hablado del restaurante ese al que van los artistas. ¿La Carina? ¿La Guarrina? Ni me acuerdo… era uno ahí que le gustaba. ¡Qué mala suerte!

Siempre he sido de las que piensa que en las librerías viejas -esos nidos de libros que se encuentran en un callejón perdido a las 3 de la tarde-  se encuentran tesoros y uno debe, por moralidad, hacerles una visita al menos una vez al año. Gracias a ello he descubierto, casi enterrados, alguno que otro libro de Herminio Almendros,  selecciones buenísimas de poetas latinoamericanos e incluso alcancé a rescatar del comején una edición casi moderna de Las honradas y Las impuras.

Ocurre que cuando me interesa un texto, lo abro al azar para sorprenderme. Casi siempre la casualidad me ayuda y termino complacida arrancando el libro del vendedor. Este domingo, perdida en una callejuela de La Habana Vieja, me encontré a Carilda en una de esas estanterías viejas. Error de Magia se llamaba el libro. Me demoró una lágrima pagar los poemas.

Se me ha perdido un hombre

Se me ha perdido un hombre.

Y lo busco por cifras y guitarras,
por hierbas y entrepisos,
en el cielo,
en la tierra,
dentro de mí.

Se me ha perdido un hombre.

Y me quedo temblando
como quien no come sino polvo,
como quien ya extravió la sombra.

Pero no,
que no,
que no me ayudan a buscarlo.
,¿A quién le importa si su mirada ha derrotado el
tiempo?
¡A quién le importa aquella piel
con ganas
de la luz?
¿A quién le importan unos labios transparentes
que no tuvieron hambre,
unas piernas que sólo corrían al amor?

Se me ha perdido un hombre.

Y todos ríen,
se entretienen,
sudan,
mastican
se desenvainan por las noches;
despreciativos,
inefables,
maromeros,
unánimes,
como si sólo se hubiese caído un alfiler
o la hoja más seca
del árbol del bien y del mal,
como si la muerte no hubiera entrado
a destiempo
en nuestra casa.
Y yo pensando que era demasiado joven,
que reunía láminas y piedras,
pedacitos de mundo,
hierros,
cosas del mar.
Yo pensando en su grandeza
de criatura,
en cómo miraba a Venus al atardecer,
en cómo cayó en la trampa.

Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.

Se me ha perdido un hombre.

¡Ayúdenme a buscarlo!
Pronto…
Siento frío.

Aquí no hay lámparas ni claves,
no tengo redes
ni computadoras.
no tengo flechas ni radares.

¿Dónde estás?
¿Intenta ser mi sombra el desvalido?
¿Se me ha vuelto invisible entre gusanos?

Foto: Luca Rossato

Foto: Luca Rossato

Una va por la calle pensando en lo mismo de siempre, el café, los mandados, el revolcón pospuesto de por la mañana -que venía posponiéndose desde la noche anterior porque al otro día había que levantarse temprano- cuando de repente, como salido del aire, un golpe le cruza la cara a una mujer. Y duele. Aunque no sea tu cara, sientes la mano marcándote el rostro.

Un hombre el culpable. ¿Un hombre? Un ejemplar con cromosomas XY.

Después de la impresión inicial, en la que todo sonido se diluye y solo flashazos de imágenes desfilan por tus pupilas, una comienza a reconocer los sonidos. Luego las voces.
La de ella es apenas un susurro, sus palabras solo atinan a suplicar.  En cambio él, embutido en esa superioridad ancestral que tiene por nombre machismo, grita.

Recuerdo que par de lágrimas me asomaron a los ojos cuando, a pesar de los gritos, la pobre mujer procuró mil veces disculparse.

Un hombre que estaba cerca de mí, trató de acercarse a ayudar. La realidad me sacudió el alma como un terremoto cuando, al grito de “¡Con mi marido me entiendo yo!” un par de tacones volaron cerca del rostro del defensor. Casi al mismo tiempo, el  dichoso marido le propinaba otro gaznatón. “Por meterte en mis problemas”, le escuché decir mientras levantaba el brazo, “y por puta mala”.

Después del sobresalto, el improvisado Quijote volvió sobre sus pasos rumiando imprecaciones y, no sin cierta razón, reiteró la frase cliché de que cada quien tiene lo que se merece.

Desde la esquina, contemplando el escenario, un carrusel de imágenes me pasó por la cabeza. Y lloré. Lloré por las mujeres lapidadas que se atrevieron a levantar los ojos y mirar a un hombre de frente. Lloré por esas otras que, en flagrante mutilación, les sometieron sus partes íntimas a la ablación. Lloré por las que son vendidas como esclavas, tanto sexuales como domésticas –no hay excusa posible para la esclavitud. Y por las que sus familias entregaron a un matrimonio sin amor.

Ser mujer no siempre es fácil, en muchas partes del mundo son objetos decorativos o recipientes que cargan material genético. Los perros valen más que ellas. Son más caros.

La que se arrastra al borde de la calle suplicando perdón no es una excepción. ¿Quién puede adivinar lo que le fue enseñado en su casa? ¿Quién sabe si su padre era un borracho que le pegaba a la madre? ¿O si la madre tenía 6 hijos y dependía solo del padre? Lo único real en toda esta historia, lo que se puede acuñar si es preciso, es que esa mujer es una víctima de su entorno y ese hombre un cobarde de la peor calaña.

Levantarle la mano a una mujer no hace que crezca el bulto de la entrepierna, limpiar un piso no hace que se vuelva más chiquito. La violencia, incluso entre iguales, es un acto primitivo. Con alguien que no puede defenderse, más que un abuso, es algo digno de animales.  Y que me disculpen los últimos por el insulto.

(Publicado originalmente en El Toque)

Los naufragios

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Y ya son...

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