You are currently browsing the tag archive for the ‘canciones’ tag.

mujer y nubes

Ann -la rubia, la buena- anda paseando por las nubes. María viene a contármelo ensimismada y, casi sin creérselo todavía, me describe una complicada historia. Ella sabe (la pelirroja) que desde arriba tiene una orden de alejamiento y, medio molesta/medio animada, escrutiña el cielo en busca de alguna pista.

Subió anoche de repente, la delata la espía. No necesitó escaleras. Una canción bastó para llevarla arriba.

Anuncios

grafiti principito

A veces no hacen falta las palabras. Quizás, como canta Fito: ♫ Todo lo que diga está de más, las luces siempre encienden en el alma…♪

Aceptarme, así, toda yo. Aceptarme. Y saber que me equivoco pero también me levanto, y no me importa en la caída destrozarme las rodillas.

Yo soy -y me doy- justamente como ves; sin trampas en las esquinas o escondidas mañas de manipulación. No te engaño cuando me confieso. A veces exagero, es cierto, pero nunca me arrepiento de mis palabras. Y si soy como soy (un poco atolondrada), es porque el tiempo ha construido mis caderas a prueba de balas ¿qué digo mis caderas?, mi corazón. A él solo han llegado pocos disparos.
No, no soy mala -al menos no como todos creen- y muchas veces, incluso, suelo ser ingenua. Tampoco es mentira que en ocasiones me finjo idiota.

Tengo huesos delgados, siempre estoy llena de esguinces y me gustan los deportes. Soy leal, entendiéndose por lealtad la fidelidad a mis principios. Y cuando quiero, quiero. Sin tapujos ni escrupulosas manías. Me gustan la música, los chocolates y los libros. Me pierdo en una buena conversación y cada año sufro la ausencia de mis amigos; todo el que suelo querer se va (es casi una ley)… y yo no me adapto todavía.

No soy, ni seré nunca “la mujer de alguien”, seré la compañera. Tampoco me volveré ordenada de la noche a la mañana. Pero preguntaré, eso sí, si no alcanza la alegría. Y si un día los besos se me acaban, regalaré poemas.

En el fondo, o quizás no tan en el fondo, soy una idealista. Y aunque me ponga la máscara de mujer adulta y responsable, me duelen las traiciones como a cualquier niña… pero que tire la primera piedra el que esté libre de pecado.

Como canta Rubén Blades en su magnífica canción Para’o:

Hay quien ve la luz al final de su túnel / y construye un nuevo túnel, pa´ no ver,
y se queda entre lo oscuro, y se consume, / lamentando lo que nunca llegó a ser.
Yo no fui el mejor ejemplo y te lo admito, / fácil es juzgar la noche al otro día;
pero fui sincero y eso sí lo grito: / ¡que yo nunca he hipotecado al alma mía!

ninnamala

Un vecino del ingenio
dice que Dorita es mala,
para probarlo me cuenta
que es arisca y malcriada
y que cien veces al día
todo el batey la regaña.

Que a la hija de un colono,
le dio ayer una pedrada,
y que la del mayoral
le puso roja la cara,
quién sabe con qué razones
por nosotros ignoradas.

Que si la visten de limpio
al poco rato su bata
está rota o está sucia,
que anda siempre despeinada,
que no estudia la lección
y nunca sabe la tabla,
que el sábado y el domingo
se pierde en la guardarraya
persiguiendo tomeguines
y recogiendo guayabas.

Y yo pregunto: “Vecino,
vecino de mala entraña,
¿quién puede decir que sea
por eso mi niña mala?.
Si hubieras visto lo íntimo
de su vida y de su alma
como lo ha visto el maestro
¡Qué diferente pensara…!

Verdad que siempre está ausente,
pero si viene no falta,
entre sus manitas breves
un ramo de rosas blancas
para poner al Martí
que tengo a mitad del aula.
Con quien no tenga merienda
parte a gusto su naranja;
si cantamos al salir
se oye su voz la más alta,
su voz que es limpia y alegre
como arpegio de guitarra.

Y cuando explico aritmética
le resulta tan abstracta
que de flores y banderas
me llena toda la página.
Y prefiere en los recreos,
cuando juegan a las casas,
jugar con Luisa: la única
niña negra de mi aula.
A veces le llama Luisa,
a veces le dice: ¡Hermana!.

Y cuentan los que la vieron
que en aquella tarde amarga
en que no vino el maestro
era la que más lloraba.

Cuando se premie el cariño
y lo rebelde del alma,
cuando se entienda la risa
y se le cante a la gracia,
cuando la justicia rompa
entre mi pueblo su marcha
y el tierno botón de un niño
sea una flor en la esperanza,
habrá que poner al pecho
de mi niña una medalla,
aunque el batey malicioso
me le dé tan mala fama,
y tú -mi pobre vecino-
no entiendas una palabra.

***

“Romance de la niña mala”
(Pedro Luis Ferrer-Raúl Ferrer. Mariposa. 1977)


Dorita, así me llamaba él. Decía que yo era la versión rubia de aquella niña maldita y buena.

Releer el poema (como es de suponer) hace que me conquisten los recuerdos y, aunque él no lo sepa, imagino que esta es su manera de sacarme una sonrisa.

Justo por estos días, cuando más lo necesito, aparece en un libro viejo. Y me llama traviesa y me convierte en niña. Entre sus brazos vuelvo a ser la chiquilla irreverente que corretea libre por las calles y me vuelvo a ver con las rodillas arañadas y las batas sucias. Por supuesto, aquí también está mi madre, como siempre intentando aplacar el “desgreñe” mientras yo, renuente a peinarme, me contorsiono entre sus brazos. Del mismo modo está Oly. Aunque eso ya es redundancia: Oly siempre.

La realidad es que, mientras duran los versos, papá se aparece en cada línea de este poema.
Por eso lo vuelvo público, para jamás olvidarlo.

Hay canciones armas -me confiesa María. Hay canciones balas.
El otro día, por ejemplo, me dispararon una ráfaga. Uno de los proyectiles me voló la boca, me mató las palabras. Por una vez en mi vida no supe qué decir, mejor dicho, no fui capaz de decir.

El autor del crimen, uno que yo consideraba víctima, me atrapó en medio de un concierto y me amordazó con la mirada. Pablo cantaba y yo sólo tenía oídos para aquellos ojos negros que querían taladrarme el alma. Me inmovilizó la melodía y aquel sentimiento extraño de sentirme la única persona en el teatro a quien iba dedicado aquel tema.

Por un instante… un breve instante, me sentí morir.

El breve espacio en que no estás

Todavía quedan restos de humedad,
sus olores llenan ya mi soledad,
en la cama su silueta se dibuja cual promesa
de llenar el breve espacio en que no está.

Todavía yo no sé si volverá,
nadie sabe al día siguiente lo que hará.
Rompe todos mis esquemas,
no confiesa ni una pena,
no me pide nada a cambio de lo que dá.

Suele ser violenta y tierna,
no habla de uniones eternas,
mas se entrega cual si hubiera
sólo un día para amar.

No comparte una reunión,
mas le gusta la canción que comprometa su pensar.
Todavía no pregunté “¿te quedarás?”.
Temo mucho a la respuesta de un “jamás”.
La prefiero compartida antes que vaciar mi vida,
no es perfecta mas se acerca a lo que yo
simplemente soñé…

Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.
La inmensa luna diamante era la mejor fortuna
que acompañó al emigrante de aquella España lorquiana y dura.

Cantaba con ese acento que tanto lo distinguía,
risueño me revelaba la copla que así decía:
“Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.

No sé si he podido ser lo que él soñó que yo fuera,
lo cierto es que, mire usted, mi abuelo fue mi primera escuela,
puso raíz en el puerto y estrenó bajo una ceiba
las alas del papalote que me llevaban hasta su tierra.

Mi abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna,
abuelo pintó mi infancia con un verdor aceituna.
Se puede viajar el mundo en los ojos de un abuelo
que nos regala la luna dibujada en un pañuelo.

Un día llegué a su tierra y allí me estaba esperando
la luna de aquel dibujo que desde el cielo iba pregonando:
“Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.

Trajo la gaita asturiana y el pasodoble elegante
pero se quedó conmigo entonando “De dónde son los cantantes…”

Abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna,
artesano de mis alas, carrusel para la altura.

Su sonrisa desafiaba el trueno y el aguacero.
Cuánta ternura cabía bajo las alas de su sombrero.

Mi abuela besó a mi abuelo en luna cuarto menguante;
mi abuela bebió el misterio bendito del asturiano emigrante.

Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.

Ya lo acepté, me es físicamente imposible dejar de pensar en ella con esta canción. Oly se cuela con Liuba como si Asturias viniera toda en un mismo barco. Y es que ella también me llenó la infancia de verde. Cantaba, a diferencia del abuelo Hevia, aquellos boleros tristes de los 60, y movía sus diminutos pies al ritmo del danzón y el cha cha chá (la únicas melodías que se atrevía a bailar).

Sus historias, le revelo a mis amigos, tenían la dulzura perenne de quien se sabe buena. Y lo era. A veces hasta demasiado. Los castigos pasaban por sus manos simplemente para retirarlos. Mi madre se volvía loca. La estás malcriando– decía- la mimas demasiado. Es increíble cuánta razón tenía.

Yo, por supuesto, era feliz. Mi infancia estuvo llena de besos, de cuentos antes de dormir, de batidos helados a la espera de un receso, de recetas de cocina… de amor.

Para mí, Oly era el mundo. Fue amiga, hermana, madre, maestra e incluso a veces, confesora. Yo la adoraba. Todavía hoy, cuando hablo de ella, me despunta en el rostro una sonrisa. Y es que no hay otra manera de recordarla, toda ella era felicidad.

Diciembre me la vuelve a traer en fechas de cumpleaños… estos serían sus 104. Liuba, con los hilos de la luna, me la acerca un poco.

morgadas_121
…He says, Son can you play me a memory
I’m not really sure how it goes
But it’s sad and it’s sweet and I knew it complete…

La música le brotaba de los dedos como si en vez de clavijas tocase a una mujer. Yo suspiraba. Tenía las manos largas de las que hablan los poetas y entre sus palmas la partitura blanca simulaba apenas un trocito de papel.

En ocasiones, el piano vibraba con tanta fuerza, que las luces del salón comenzaban a parpadear. Era entonces que el pianista, acostumbrándonos a las sorpresas, aquietaba sus embestidas y, con una ternura descomunal, acariciaba la superficie dura del instrumento.

Mil veces en esa noche me descubrí convertida tecla: era yo una de esas piezas pequeñas que festejaban sus dedos y mis gemidos eran los gritos que estremecían las cuerdas.

¡Un concertazo! – me susurró un amigo. Mi subconsciente solo sugería orgasmo.

Bailar, como una posesa. Girar en manos anónimas agradeciéndole a la sonrisa de turno que te insinúe los pasos. Bullir. Que el sudor empape el pelo y la nuca mientras se mueven los pies al compás de sus caderas.
Bailar…
Ausentarse del mundo por unas horas.

Los parques son el refugio verde de los enamorados, el pretexto ingenuo de las primeras citas e incluso el final sereno de mil historias. Hay –por supuesto- parques camas, parques encuentros, besos árboles, besos estrellas, bancos rupturas, marcas de arena… en fin, todo un universo de cuentos y leyendas.

El de ellos, aunque no me lo contaron, era un parque canción. Lo sé porque en un descuido comenzaron a tararear y la suya era una melodía de recuerdos. Escondida, con mis gafas voyeuristas, los espiaba y escuchaba cantar… Sus voces me devolvieron esa fe en los paisajes que había perdido antes.

Una canción, un parque… a veces es todo lo que se necesita.

En estos días
todo el viento del mundo sopla en tu dirección.
La Osa Mayor corrige la punta de su cola
y te corona con la estrella que guía la mía. 

Ayer, en una de esas limpiezas generales que siempre hacemos una vez al año, apareció aquel banquito en el que solías encaramarte para llegar al fregadero. Mamá y yo nos quedamos de piedra cuando, escondido debajo de unas cajas, asomó el rostro. Nos miraba desde sus 30 centímetros de altura y parecía gritarnos con cada mota de polvo: ¿se acuerdan de mí? Fue inevitable, las dos nos envolvimos en un abrazo y comenzamos a llenar el piso de lágrimas. Aquel banquito era tan tuyo, tan icónico, que con la mayor ternura del mundo lo colocamos en la escalera como uno de esos altares divinos a los que se le hacen promesas y nos arrodillamos en un escalón a contemplarlo embelesadas. ¡Si nos hubieras visto!… parecíamos unas devotas.

En estos días no sale el sol, sino tu rostro,
y en el silencio sordo del tiempo gritan tus ojos:
Ay! de estos días terribles,
ay! de lo indescriptible.

Lo cierto es que en aquel momento miles de recuerdos nos pasaron por los ojos… y por la risas.

Aquí abajo te extrañamos, ángel mío. Extrañamos tus peleas y aquella palabra famosa que nos lanzabas como dardos cuando alguna de las dos osaba contradecirte. Ordinarias, nos llamabas. Y aquella era la palabra más fuerte que salía de tu boca.

Así te recordamos este domingo, como un pequeño ángel que se subía a un banquito para fregar porque 1.26 metros no alcanzaban para mucho más. Silvio, como siempre, nos regaló el punto final.

En estos días no sale el sol, sino tu rostro,
y en el silencio sordo del tiempo gritan tus ojos:
Ay! de estos días terribles,
ay! del nombre que lleven,
ay! de cuántos se marchen,
ay! de cuántos se queden.

Ay! de todas las cosas
que hinchan este segundo,
ay! de estos días terribles,
asesinos del mundo.

Los naufragios

septiembre 2018
L M X J V S D
« Ago    
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930

Y ya son...

  • 152.774 visitas

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.815 seguidores

Anuncios