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mujer-llorando

Ann tenía tantas ganas de querer, que se vistió de blanco y corrió a la iglesia. Esperaba engancharse con alguno de esos hombres tristes que las mujeres abandonan a punto de dar el sí, pero sólo encontró al cura. No había un abandonado ese día. Nadie ajeno a la alegría.

Desolada, volvió a su suerte arrastrando el vestido. De tanto llanto se inundó el camino.

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

Ann tiene la hermosa manía de coleccionar poemas. A veces, producto de un sueño, se despierta tarareando versos y me pone, como loca, a descubrirle el autor. De vez en cuando le acierto a la primera y ella me mira, sonríe… y me pregunta. Porque eso sí, cada poema que adivino tiene historia y apellidos.

Hoy se levantó con Juarroz. Me hice la desentendida. Tengo miedo a evaporarme si le pronuncio tu nombre.

Él le escribe una carta en la que le cuenta que allá casi es verano. Y le aclara: casi porque sin ti todo es incompleto. También fue casi primavera.

Yo, que tengo la suerte de releer sus palabras, abrazo a la queridísima Ann y me apropio de esas líneas/armas.

Desde hace unos días, cuando despierto y no estás al otro lado, tengo la sensación de haber estado toda la noche soñando con otra. Una mezcla entre la culpabilidad y el vacío se apoderan de mi pecho y me escucho latir tan desafinado, que temo seriamente morir en un acorde. Quien te ha visto bailar, sabe que es posible morir de música.

He estado yendo a los lugares donde ser feliz era sencillo y sin embargo, ni siquiera me he acercado un poco a esa sensación de que el mundo está girando a la misma velocidad a la que yo camino. Supongo que el verdadero secreto de la felicidad, está en no cuestionarla, en no tener la necesidad de hacerse ninguna pregunta, porque es en las respuestas, donde se hallan todas las tristezas.

Mi padre decía:
Cuando creas que tu vida es una mierda, basta con que veas los diez minutos primeros de cualquier telediario y tu infierno te resultará un hotel de cinco estrellas.
Jamás he cuestionado esa teoría, sin embargo, pienso que lo verdaderamente jodido no es el infierno en sí, sino el tamaño de los demonios que lo habitan.
Y tú, todavía aquí en el mío, continúas siendo enorme.

Al terminar la lectura, yo, que no me acostumbro a esas palabras, lloro. Y secretamente, le lanzo una mirada de envidia a la encandilada Ann. Ella salta entre los papeles y se deshace de alegría en cada párrafo (no la cuestiono)… Ah, las cartas. O mejor dicho: Ah, las cartas de amor.

mujer y nubes

Ann -la rubia, la buena- anda paseando por las nubes. María viene a contármelo ensimismada y, casi sin creérselo todavía, me describe una complicada historia. Ella sabe (la pelirroja) que desde arriba tiene una orden de alejamiento y, medio molesta/medio animada, escrutiña el cielo en busca de alguna pista.

Subió anoche de repente, la delata la espía. No necesitó escaleras. Una canción bastó para llevarla arriba.

Ann me cuenta que hace poco uno de sus amigos le regaló una rosa náutica.

Es de papel -me confiesa en susurros- para que pueda almacenarla en libros.  Eso de ir arrancando flores por los jardines me parece cruel… afortunadamente, nunca me ha gustado la idea de deshojar margaritas.

Ahora –me apunta ruborizada- tengo una rosa marinera. Una rosa guía. Y estoy a punto de empezar mi viaje. 

Ann me cuenta que cuando lo nombran sus pupilas brillan; nadie, ni siquiera su sombra, está enterada de su secreto.

Cuando alguien lo menciona -confiesa- atesoro mis opiniones y sonrío… no puedo evitarlo, me gusta pensar en él y sonreír. Es como si yo supiese algo que el resto del mundo no. Es un recuerdo egoísta, lo admito, pero es un recuerdo muy mío…y me hace feliz.

Hay locuras que son poesía,
hay locuras de un raro lugar.
Hay locuras sin nombre,
sin fecha, sin cura,
que no vale la pena curar…

Ella no es de las mujeres que tienen los pies en la tierra: Ann es de las soñadoras. Un soplo de brisa hace volar su imaginación y las luces nocturnas la transportan al Paris de los ’50. Ann es, de alguna manera, un poco loca, pero una loca buena. De esas a las que le gusta regalar sonrisas porque sí, porque no cuestan nada.

Según cuenta María, por las noches, cuando las nubes ya están dormidas, se le aparece un fantasma.

-Él le susurra las buenas noches con luz de luna.

Gustav_Klimt_mujer

Entre María y Ann se coló me coló una duda. Ann (la rubia, la dispuesta) defendía a capa y espada la fidelidad. María, por supuesto, militaba del otro bando. Hoy reproduzco íntegramente las razones de la pelirroja. Quizás otro día les detalle las de Ann.

Soy infiel, irreverentemente infiel, sin complejos ni dudas.
Soy infiel porque disfruto descubrir mis labios en otros labios, porque todas las manos son diferentes, porque el anhelo de lo nuevo, de lo prohibido, siempre es morboso.
Soy infiel porque cuando descubro tu cuerpo en otros cuerpos soy capaz de darme cuenta, en ese justo momento, si te amo o te desprecio. Y en ese instante, en el preciso instante en que no soy tuya, vuelvo a ti.
Soy infiel porque disfruto, enormemente, la cacería.
Soy infiel porque tengo ojos y puedo mirar, porque tengo manos y puedo tocar, pero sobre todo, porque tengo cabeza… y me encanta jugar.

Te valdría bien mantenerte alerta – le aconsejo a un amigo. Los juegos con la ruleta son peligrosos. Si arriesgas todo al azar puedes terminar volándote sesos, incluso cuando la pistola no está cargada.

María ha muerto -me susurra al oído. Esta vez estoy lanzándole los dardos a Ann… y me han dicho que ella es buena… ¿no es así?

Mapa

Lo anuncio públicamente: María ha muerto. Anteayer, mientras un tornado asolaba a Oklahoma, despacio, casi sin hacer ruido, regresó a la mar.

Ann volvió a tener el control del barco que navegaban. Y aunque el timón aún le parece grande (recuerden que la rubia es pequeñita), lo mantiene firme.
Penélope viaja en la cantina enseñándole sus tejidos. –Paciencia, -le dice- paciencia. La isla, aunque lejana, todavía no ha destruido todos sus muelles.

Los naufragios

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Y ya son...

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