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Lo mejor de todo es que la noticia llegó justo hoy, cuando mi Oly cumpliría 106 años, a modo de regalo de cumpleaños. No puedo ser más feliz.

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Dejar ir es en la práctica más que dos palabras. Dejar ir es abrir los brazos y cerrar los ojos.

No importa cuán feliz se haya sido en la vida, en algún momento todos hemos tenido que ignorar esa sensación egoísta que nos entra con los sentimientos y aprender –casi siempre por las malas- que hay cosas que es mejor soltar.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió canta Sabina en mi reproductor y, mientras su voz ronca pone en canciones las palabras que no nos atrevemos a decir, mi tía Karelia llora.

Su fiesta de cumpleaños no terminó muy bien que digamos. Ella celebraba sus 70 sin saber que del otro lado del teléfono le esperaba una voz llorosa. El cáncer se había llevado a un familiar y, para colmo, había agravado la vejez de una tía.

Yo me enteré la última, como casi con todo en mi familia. Tarareando en casa las canciones de Joaquinito no llegan las malas nuevas. Las malas noticias son las que irrumpen en el portal a las nueve y media de la mañana. O después de las diez de la noche, cuando las porta un teléfono. Por eso, asegura mi madre, siempre es de mal gusto llamar a las casas después de la novela.

La cosa es que, para variar, me tocó el último abrazo triste, el último cuento, los últimos detalles. Después de mí toda la familia estaría enterada y nadie –al menos nadie de los de dentro- soltaría una pregunta “impropia” en algún encuentro casual.

Las preguntas, según mi propia experiencia, son el mayor obstáculo para desprender un recuerdo. Pareciera que con ellas un hilo mágico cosiera la memoria a la cabeza y cada respuesta afianzara el duelo con goma de pegar. Por eso no pregunto por nadie específico cuando saludo a alguien, me basta con un: ¿y la familia, cómo está? Las interrogantes impersonales suelen, por lo general, causar menos dolor y siempre garantizan una respuesta cortés del interpelado, incluso cuando por desmemoriados olvidamos el nombre de quien nos estrecha la mano.

Mi abuelita, por ejemplo, hubiera sabido qué palabras usar. Ella siempre sabía qué decir en el momento preciso, como si con los años viniera la legitimación del buen hablar. Desgraciadamente, el arte de la conversación y la amabilidad no es un don que se le otorgue a todo el mundo y yo jamás sé qué decir en un momento como ese. Tampoco soporto a la gente que pregunta a diestra y siniestra ¿cómo está? o ¿cómo se siente? Sólo quien no ha perdido a nadie se atreve a hacer semejantes cuestionamientos. No es mi caso, desafortunadamente.

La muerte de un ser querido es, de alguna manera, el certificado de defunción de una parte propia y sin embargo, con cada grano de tierra que cae encima del ataúd se van desenterrando recuerdos. Un poco jodido eso de que la memoria se avive con estos acontecimientos, pero ¿alguien ha dicho que la vida sea justa?

Aprender a dejar ir el cuerpo, creo leí en algún libro una vez, es el ejercicio apropiarse de los sentimientos. Al fin y al cabo, los que no deben morirse nunca son los recuerdos.

(Publicado originalmente en El Toque)

No puedo evitarlo, cada 23 de diciembre busco insistente un clavel blanco en todas las florerías (casi nunca aparece) y termino en aquella ciudad gris, negra y blanca regalando los pétalos mientras le cuento una historia.

Hoy serían 105, hace 5 que no está y me niego a soplar las velas por miedo a que no se me cumpla el deseo. Ayer mi madre me dijo -siempre con la palabra justa-  que en realidad ella no se ha ido porque yo jamás la he dejado de contar. Tuve que admitirlo y, mientras lo pensaba, un pequeñito bombillo se me encendió: ¿“Las crónicas de Oli” sería un buen nombre para un libro de cuentos?

Podría comenzar, por ejemplo, escribiendo la historia de la funda de almohada. Yo con 5 años tratando de encontrarla mientras ella, con esa originalidad que siempre la caracterizaba, escondía la almohada blanca de aquella cama imperial y se metía dentro de la funda como si de un saco de papas se tratara. Jamás la encontré. Luego, cuando me tiré en la cama cansada de buscarla y par de brazos me envolvieron en un abrazo, descubrí que se puede llorar de alegría.

O tal vez, quizás, pueda hablar de mis fútiles intentos de parecerme a ella mientras que, armada con toda la paciencia que cabe en un cuerpo de 126 centímetros, la cómplice de sueños me iba alcanzando uno a uno sus vestidos.

Me hizo dulces, me enseñó a cocinar y me inculcó el amor por ese brebaje mágico que es el café (a la mierda el chocolate) mientras visitaba cada tarde a sus amigas. Con ella aprendí a ser incondicional.

Hoy, 23 de diciembre, me duele no poder presentársela a ese grupo de amig@s que han devenido herman@s. No cargará a mi hij@ cuando l@ tenga, no comerá conmigo mi próximo cake de cumpleaños. Sin embargo… siempre estará aquí en mi blog, e incluso cuando yo me haya ido, las arañitas de Google indexarán su nombre.

A veces una se levanta con el llanto atorado en la garganta. Y no importan los abrazos o la luz que se cuela por la ventana, de cualquier manera las lágrimas se desbordan.

A veces, simplemente, no se sabe por qué se llora y, como si de una jugarreta cruel se tratara, comienzan a llegar a la cabeza esas imágenes de tiempos pasados en los que tu padre te abrazaba y tu abuela te contaba un cuento. Por supuesto, con cada imagen que llega se va destruyendo el dique que evita los sollozos y a medida que el carrusel avanza se van haciendo más fuertes. Pocos segundos después arremeten los temblores y, con ellos, la súplica muda a la almohada, el violento interrogatorrio al techo.

Llorar, sin saber por qué se llora, deja el cuerpo lánguido, casi sin vida.

Después una se entera de que se murió una amiga y todo cobra sentido.

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Mi futuro esposo (que ya el compromiso es de años viejos), es uno de esos caimanes buenos que, por dejar de ser carnívoro, se ha vuelto vegetariano de besos. Por eso, desde hace unos cuantos años, se limó sus muelas divinas para evitar desangrar a sus víctimas, las cuales -debo añadir- nunca pronunciaron quejas por haber caído en sus fauces. Y es que, cuando un caimán de este tipo abre la boca, el resto del mundo se paraliza.

Tiene, como los grandes reptiles, esa cadencia peligrosa que conmueve e hipnotiza y su tono es tan dulce como los ríos en los que se esconde. Porque eso sí, este caimán es de los tímidos.  Solo sale de su escondrijo a base de promesas de abrazos que luego exige como si mudara la sonrisa inocua por un conjunto de dientes filosos. No hay quien se atreva a estafarle cuando se habla de cariños.

Enrique (que este caimán tiene nombre) es uno de esos espécimes raros que hay que mimar. Porque eso sí, a la gente buena hay que abrazarla todo lo posible y sacarla a la luz.  Y mi caimán es de los mejores.

Si según Martí los niños son los que saben querer, quizás entonces mi Enrique no haya crecido.

Según  Clarín, hoy murió Daniel Rabinovich, uno de los miembros de Les Luthiers. Con 71 años dejó los teatros y subió (o bajó) con aquellos a los que durante tanto tiempo hizo llorar de la risa.
¿Quién sabe? Quizás sea cierto eso de que los buenos (se) van primero.

De lo que sí estoy segura es de que se nos fue un hacedor de alegrías. Se nos esfumó el viejito simpático que nos hacía soltar las carcajadas con los cuentos de su amigo de Mastropiero y aquel que hizo del humor un templo. Porque eso sí… los Les Luthiers son un culto en lo referente a la risa sana.

Una triste noticia la de su partida… hoy, en un mundo que anda lleno de guerras, de políticos corruptos (perdón por la redundancia) y mil miserias más, va a brillar en el planeta una sonrisa menos.

Salir de un libro

No es fácil luego de terminar ese libro que te alargaba las noches, tener que volver a la vida real… causa cierto trauma. Y es que, en aras de la verdad, nunca he sido buena dejando ir, siempre me aferro a la historia. Incluso días después, soy de las que mezcla personajes y compara… Si hubiera sido yo la autora del libro: ¿Se enamoraría la pelirroja? ¿El conejo hubiera llegado a tiempo? ¿Dejaría la zorra que se le domesticara?

Nada, que no tengo remedio, lloro con los libros como si de mi propia vida se tratase y me zambullo en las páginas como si en ese instante lo único real me lo contaran unas letras. ¿Quién sabe? Quizás estoy diseñada para convertirme en personaje, y sólo estoy esperando que alguien me regale un cuento.

Al fin y al cabo: La vida, como decía mi abuelita, es apenas una novela que no se ha escrito.

Se nos murió Galeano. Se nos acabó el cuentacuentos simpático que veía lucecitas desde el cielo. Acaparó una nube (como otros tantos ángeles) y ahora nos mira sonriendo. A mí se me murió el abuelo que nunca conocí.

Ayer, cuando me dieron la noticia, se me partió el alma a pedacitos. Y lloré, lloré como lo haría una niña de 5 años, con las lágrimas bañando el rostro y la voz entrecortada de quien ha perdido las palabras.
Hace unos años atrás, sus letras fueron el pañuelo la noche de otra muerte.

Y ahora… ¿qué hago con la suya? ¿A quién leo para salvarme?

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Ayer se cumplieron exactamente 5 años desde que se fue. Y yo, que usualmente necesito un abrazo por esas fechas, esta vez preferí el silencio. Al acostarme, pensando que sólo yo la había recordado, me sorprendió su mensaje…
Hay quien, afortunadamente, no necesita notificaciones.

Hay dos días al año en los que me embarga una infinita tristeza.

Hoy es uno de ellos.

Los naufragios

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Y ya son...

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