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Hoy 3 amigas me han llamado a notificarme eventos, 3 personas que quiero, de esas con las que se puede contar siempre, han decidido hacerme partícipe de sus vidas.

Una, de esas amigas menores que uno adopta hermana, me ofreció la alegría de una fiesta: –Vámonos a bailar -me gritó por teléfono. –Vámonos a amanecer en el malecón. Así de simple, sin excusas ni pretextos.

Otra, quizás menos volátil, me susurró en un suspiro la buena nueva. Voy a ser tía, y seré una de esas tías/amigas que le cuentan a los sobrinos las historias escabrosas de los padres (sin que estos se den cuenta, por supuesto). Voy a tener en mis brazos otr@ niñ@ pequeñ@ a quien abrazar.

La tercera, para sorprenderme, se apareció de repente. De la nada surgieron sus brazos largos y su sonrisa triste. –Me voy – explotó de repente- me quedan 2 semanas en Cuba. Yo me quedé como en las películas silentes. No dije ni una palabra. La apreté, como si no quisiera dejarla ir nunca y me tragué todas las preguntas junto con las lágrimas.

Vámonos al mar– atiné a decirle. –Vámonos a celebrar que estamos vivas.

Acto seguido realicé 2 llamadas.

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme sola. Plantaré un árbol en medio de la calle, y crecerá ante el asombro de los paseantes: criaré pájaros que nunca volarán a otros árboles, y se quedarán a cantar ahí en medio del ruido y la indiferencia. Crecerá un océano en la ventana. Pero esta vez no me aburriré de sus mares, y las gaviotas volverán a volar en círculos sobre mi cabeza. Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles para que descanse la lumbre de sus olas.

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme sola. Así podré ver el cielo y la gente que pasa sin hablarme, y aquellos buitres de la muerte que vuelan sin poder sacarme el corazón. Esta ventana alumbrará mi soledad. Podría inclusive abrir otra en medio del mar, y solo vería el horizonte como una luciérnaga con sus alas de cristal. El mundo quedaría lejos al otro lado de la arena, allá donde vive la soledad y la memoria. De cualquier manera es inevitable que construya una ventana, y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo a caminar como antes bajo los pinos del desierto, aun cuando este día parece propicio para descubrir los terrenos insondables.

Voy a construir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo, me dirán, una ventana para que la gente pase y te mire como si fueras una demente que quiere ver el cielo y una vela encendida detrás de la cortina. Baudelaire tenía razón: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana cerrada. Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la calle corriendo para no verme alumbrada por la sombra.

Él me contaba que allá, a lo lejos, veía el cielo menos azul, que el mar era gris y sin olas y que en las noches se preguntaba si sus estrellas serían las mismas que me dormían.

La primera que aparece –me escribía en sus cartas- tiene tu nombre.

Y yo… que en cada respuesta se me iba un pedazo del alma, le mandaba mil besos con tinta azul (para que colorees tu cielo -le decía), las olas del malecón que rompen al pie del muro y el brillo de las estrellas que me alumbraban (por estos días –le señalaba a veces- anda la Osa Mayor aprovechando la ausencia de Orión, así que busca la sartén de estrellas).

En una semana de risas nos inventamos la manera de ahuyentar la tristeza: nos construimos una autopista a la luna. Allí nos encontramos cada mañana para darnos el beso de los buenos días. Es la mejor manera de despertarse de un sueño.

carta

Yo quiero una carta, una carta de verdad. Una de esas que reparte el correo con tu nombre y que desliza, como en las películas viejas, por la rendija de la puerta o la ventana que siempre está abierta. Nunca he recibido oficialmente una, no tengo recuerdos de sobres con matasellos. Sin embargo, confieso que me he imaginado más de una vez la entrega:

Yo, de pie ante la puerta, acabada de llegar del trabajo, dejo caer todos los bultos en el butacón beige de la sala mientras con premura me quito los zapatos que me han torturado todo el día. Entonces, ya descalza, con la certeza de quien se sabe en casa, una voz excitada (a mi madre siempre le han gustado las sorpresas) me anuncia triunfante:
-Has recibido una carta.
Y yo, que nunca he sido buena reaccionando, que la emoción tiende a paralizarme el cuerpo, no atino a decir ni una palabra. Le arranco de sus manos mi pequeño tesoro y corro. Corro como si de la carrera dependiese mi vida.
Me encierro en mi cuarto y despacito, emulando la parsimonia de los budistas, voy despegando con un alfiler la goma que detiene mis latidos.
Al final, viene un poema, unos versos trazados con tinta azul. La letra, desordenada, es casi un charquito de palabras… yo me pierdo en ellas.

Cuando amanece, por mis pupilas, en vez de letras, surcan estrellas.

Para ti y para nadie más se ha inventado el mar. Las olas se hicieron para absorberte las lágrimas y la espuma para lavarte los cabellos. Por eso tus ojos son del color de las algas y tu boca asemeja corales de fuego.

Para ti y nadie más se abrieron las entrañas de la tierra y surgieron las montañas.  Por eso tus brazos imitan las cumbres borrascosas del Anapurna y tus manos tienen las intrincadas líneas que entrelazan al Amazonas.

Al menos en este mundo en el que tu cuerpo se convirtió en mi tierra… tu felicidad es el Sol, las nubes y las estrellas.

“Una palabra no dice nada y al mismo tiempo lo esconde todo…”
Varela

Ann me cuenta que con sólo 5 letras a ella le regalaron un amanecer.
Vamos fue la palabra que utilizaron.

Los naufragios

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Y ya son...

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