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A veces una se levanta con el llanto atorado en la garganta. Y no importan los abrazos o la luz que se cuela por la ventana, de cualquier manera las lágrimas se desbordan.

A veces, simplemente, no se sabe por qué se llora y, como si de una jugarreta cruel se tratara, comienzan a llegar a la cabeza esas imágenes de tiempos pasados en los que tu padre te abrazaba y tu abuela te contaba un cuento. Por supuesto, con cada imagen que llega se va destruyendo el dique que evita los sollozos y a medida que el carrusel avanza se van haciendo más fuertes. Pocos segundos después arremeten los temblores y, con ellos, la súplica muda a la almohada, el violento interrogatorrio al techo.

Llorar, sin saber por qué se llora, deja el cuerpo lánguido, casi sin vida.

Después una se entera de que se murió una amiga y todo cobra sentido.

Se nos murió Galeano. Se nos acabó el cuentacuentos simpático que veía lucecitas desde el cielo. Acaparó una nube (como otros tantos ángeles) y ahora nos mira sonriendo. A mí se me murió el abuelo que nunca conocí.

Ayer, cuando me dieron la noticia, se me partió el alma a pedacitos. Y lloré, lloré como lo haría una niña de 5 años, con las lágrimas bañando el rostro y la voz entrecortada de quien ha perdido las palabras.
Hace unos años atrás, sus letras fueron el pañuelo la noche de otra muerte.

Y ahora… ¿qué hago con la suya? ¿A quién leo para salvarme?

Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.
La inmensa luna diamante era la mejor fortuna
que acompañó al emigrante de aquella España lorquiana y dura.

Cantaba con ese acento que tanto lo distinguía,
risueño me revelaba la copla que así decía:
“Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.

No sé si he podido ser lo que él soñó que yo fuera,
lo cierto es que, mire usted, mi abuelo fue mi primera escuela,
puso raíz en el puerto y estrenó bajo una ceiba
las alas del papalote que me llevaban hasta su tierra.

Mi abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna,
abuelo pintó mi infancia con un verdor aceituna.
Se puede viajar el mundo en los ojos de un abuelo
que nos regala la luna dibujada en un pañuelo.

Un día llegué a su tierra y allí me estaba esperando
la luna de aquel dibujo que desde el cielo iba pregonando:
“Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.

Trajo la gaita asturiana y el pasodoble elegante
pero se quedó conmigo entonando “De dónde son los cantantes…”

Abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna,
artesano de mis alas, carrusel para la altura.

Su sonrisa desafiaba el trueno y el aguacero.
Cuánta ternura cabía bajo las alas de su sombrero.

Mi abuela besó a mi abuelo en luna cuarto menguante;
mi abuela bebió el misterio bendito del asturiano emigrante.

Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.

Ya lo acepté, me es físicamente imposible dejar de pensar en ella con esta canción. Oly se cuela con Liuba como si Asturias viniera toda en un mismo barco. Y es que ella también me llenó la infancia de verde. Cantaba, a diferencia del abuelo Hevia, aquellos boleros tristes de los 60, y movía sus diminutos pies al ritmo del danzón y el cha cha chá (la únicas melodías que se atrevía a bailar).

Sus historias, le revelo a mis amigos, tenían la dulzura perenne de quien se sabe buena. Y lo era. A veces hasta demasiado. Los castigos pasaban por sus manos simplemente para retirarlos. Mi madre se volvía loca. La estás malcriando– decía- la mimas demasiado. Es increíble cuánta razón tenía.

Yo, por supuesto, era feliz. Mi infancia estuvo llena de besos, de cuentos antes de dormir, de batidos helados a la espera de un receso, de recetas de cocina… de amor.

Para mí, Oly era el mundo. Fue amiga, hermana, madre, maestra e incluso a veces, confesora. Yo la adoraba. Todavía hoy, cuando hablo de ella, me despunta en el rostro una sonrisa. Y es que no hay otra manera de recordarla, toda ella era felicidad.

Diciembre me la vuelve a traer en fechas de cumpleaños… estos serían sus 104. Liuba, con los hilos de la luna, me la acerca un poco.

Éramos tan pocos aquella noche que a la vez creábamos un ejército.
Éramos voces que contaban memorias y memorias que contaban historias.
Éramos la sonrisa ausente de nuestros padres, el beso cansado de nuestros abuelos, la caricia dulce de nuestras madres… el abrazo forzado de nuestros muertos.
Éramos los amigos que no se fueron.
Éramos llanto.
Éramos risa.

Hoy, afortunadamente, dejamos el éramos. Ahora somos.

Sus sonrisas y su historia me hicieron volver a creer en el amor. Aquellas miradas tiernas y dulces convencían, dibujaban corazones en las nubes y trazaban en el cielo las líneas que dejan los hombres enamorados.

No pude menos que rendirme a la evidencia. El verdadero amor sí existe… incluso los de cuentos de hadas. Aquellos ángeles con cabellos de plata me lo demostraron durante tres mañanas.

Ayer fue un día de sorpresas. Grandes, fuertes, inesperadas. Ayer fue un día de teatro.

“La pintura y otros lugares”, una creación colectiva del Espacio Teatral Aldaba, inspirada en la obra plástica de Alain Kleinmann, ha sido la obra más emotiva que he visto en mis apenas 23 años.

Basada en experiencias personales de los actores que son encauzadas a un guión de primera la obra hipnotiza desde el comienzo. Los efectos de luces son impresionantes y desde que se cruza el umbral de la puerta el espectador entra en un mundo mágico. Las escenas fluyen con facilidad y los actores mantienen el enganche en todo momento.

Yo tengo que confesar, sin embargo, que la última escena me deshizo el alma. “Mis muertos” era el nombre, y yo, que aún no me recupero, vi desfilar ante mis ojos a los abuelos que perdieron mis amigos, a mi ángel de la guarda y a la ancianita enferma que mi hermana, entre sus manos de artista, mostraba al público en una foto descascarada. Recordé a Rafa y su abuela de ojos verdes, a Leydi y sus muñecas, a Izma, al Camarero, recordé a Kym y su abuela blanca, a las tres abuelas de Alejo, a Nyliam y su abuela Juana, a la Mariposa que sobrevuela mis textos… recordé aquellas caricias que tanto extrañaba, los dulces almibarados y los cuentos antes de dormir.

No pude evitarlo, en medio de tantos recuerdos, comencé a llorar. Y lloré sin contener las lágrimas, con frío en el pecho, con la certeza de la muerte. Lloré por los ángeles que se han ido, lloré por los que quedan. Lloré porque necesitaba un abrazo… porque necesitaba un beso.

Las luces me descubrieron en la butaca con los ojos rojos.

La edad se ve en el rostro y se lleva en el alma… y hoy descubrí por qué. La clave de la juventud es la capacidad de asombro.

Cuando nacemos y abrimos los ojos por primera vez todo nos parece nuevo, cada segundo que pasa nos maravillamos por algo y la vida nos parece muy simple; sólo hay que alimentarse y dormir.

Sin embargo, mientras crecemos  vamos perdiendo la capacidad de asombro, la vamos dejando en el camino, como si regáramos margaritas con nuestra inocencia. En la adolescencia, por ejemplo, curioseamos los primeros besos, se descubre el sexo y se tienen  aquellas ideas geniales de que en la vida todos vamos a ser millonarios. Cada minuto se arriesga al tiempo buscando nuevas emociones.  Incluso las primeras discusiones y derrotas son nuevas… todo es nuevo. Los ojos de un quinceañero brillan, se le nota la fuerza en las pupilas, las ganas de crecer…la vida.

A medida que pasan los años las cosas ya no son tan nuevas, se dan los mismos besos y se tiene el mismo sexo… aunque cambian los cuerpos.  Los hijos crecen y se asombran por las cosas que ya tú consideras normales. Y el tiempo pasa y cada vez te asustas menos. Y las canas comienzan a salir y los ojos a arrugarse.  Y ya no tienes aquella mirada sincera que tenías cuando los quince. La ingenuidad va desapareciendo y aquel virus de la desconfianza que te empezó a crecer el día que te lastimaron va empañando el iris que destellaba estrellas.

Pero la naturaleza es sabia y, después de los sesenta, cuando vienen los nietos, la desconfianza deja espacio a la aceptación. La vida, aunque ya no te asombre, te parece buena, y te aferras a ella y no quieres dejarla. Las  pupilas destilan complicidad porque sólo tú sabes el trato que llevas con la muerte y juegas a la ruleta apostando tu cordura. Por eso te vuelves sabio, porque cada día te asombras de estar vivo.

Nadie lo sabe aun pero, el elixir de la vida, está en los ojos de los abuelitos.

Los naufragios

agosto 2017
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Y ya son...

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