You are currently browsing the tag archive for the ‘abuelita’ tag.

Lo mejor de todo es que la noticia llegó justo hoy, cuando mi Oly cumpliría 106 años, a modo de regalo de cumpleaños. No puedo ser más feliz.

yo-no-soy-de-las-que-cree-en-la-navidad

ciryl_rolando_dibujos_inspirados_en_hayao_miyazaki_tim_burton_12

Todo el mundo habla acerca de cuán importante es no perder el tiempo. En la escuela, en la casa, en el trabajo. Los amigos, la familia, los vecinos. Cada quien tiene su opinión respecto a las maneras de gastar esos preciados minutos que van conformando la vida. Unos -los amantes del trabajo- sugieren que se empleen en cursos y formaciones académicas. Otros van más allá (o más acá) y disfrutan sus horarios libres comprándole flores al amor, o lo que es lo mismo, enamorándose de cuanto ser viviente se les cruce en el camino.

Los Unos, por supuesto, son fervientes detractores de los Otros, y viceversa.

Según Plutarco (46-120)“Pitágoras, cuando era preguntado sobre que era el tiempo, respondía que era el alma de este mundo.” Mi abuelita hablaba del mismo con menos poesía: “El tío Tiempohabrá, se murió de viejo y no hizo ná.”

Yo, para bien o para mal, soy más de compartir la creencia de Steve Jobs.

“Tu tiempo es limitado, así que no lo malgastes viviendo la vida de otro… Vive tu propia vida. Todo lo demás es secundario.”

8614755593_9c53308c59_z

Dejar ir es en la práctica más que dos palabras. Dejar ir es abrir los brazos y cerrar los ojos.

No importa cuán feliz se haya sido en la vida, en algún momento todos hemos tenido que ignorar esa sensación egoísta que nos entra con los sentimientos y aprender –casi siempre por las malas- que hay cosas que es mejor soltar.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió canta Sabina en mi reproductor y, mientras su voz ronca pone en canciones las palabras que no nos atrevemos a decir, mi tía Karelia llora.

Su fiesta de cumpleaños no terminó muy bien que digamos. Ella celebraba sus 70 sin saber que del otro lado del teléfono le esperaba una voz llorosa. El cáncer se había llevado a un familiar y, para colmo, había agravado la vejez de una tía.

Yo me enteré la última, como casi con todo en mi familia. Tarareando en casa las canciones de Joaquinito no llegan las malas nuevas. Las malas noticias son las que irrumpen en el portal a las nueve y media de la mañana. O después de las diez de la noche, cuando las porta un teléfono. Por eso, asegura mi madre, siempre es de mal gusto llamar a las casas después de la novela.

La cosa es que, para variar, me tocó el último abrazo triste, el último cuento, los últimos detalles. Después de mí toda la familia estaría enterada y nadie –al menos nadie de los de dentro- soltaría una pregunta “impropia” en algún encuentro casual.

Las preguntas, según mi propia experiencia, son el mayor obstáculo para desprender un recuerdo. Pareciera que con ellas un hilo mágico cosiera la memoria a la cabeza y cada respuesta afianzara el duelo con goma de pegar. Por eso no pregunto por nadie específico cuando saludo a alguien, me basta con un: ¿y la familia, cómo está? Las interrogantes impersonales suelen, por lo general, causar menos dolor y siempre garantizan una respuesta cortés del interpelado, incluso cuando por desmemoriados olvidamos el nombre de quien nos estrecha la mano.

Mi abuelita, por ejemplo, hubiera sabido qué palabras usar. Ella siempre sabía qué decir en el momento preciso, como si con los años viniera la legitimación del buen hablar. Desgraciadamente, el arte de la conversación y la amabilidad no es un don que se le otorgue a todo el mundo y yo jamás sé qué decir en un momento como ese. Tampoco soporto a la gente que pregunta a diestra y siniestra ¿cómo está? o ¿cómo se siente? Sólo quien no ha perdido a nadie se atreve a hacer semejantes cuestionamientos. No es mi caso, desafortunadamente.

La muerte de un ser querido es, de alguna manera, el certificado de defunción de una parte propia y sin embargo, con cada grano de tierra que cae encima del ataúd se van desenterrando recuerdos. Un poco jodido eso de que la memoria se avive con estos acontecimientos, pero ¿alguien ha dicho que la vida sea justa?

Aprender a dejar ir el cuerpo, creo leí en algún libro una vez, es el ejercicio apropiarse de los sentimientos. Al fin y al cabo, los que no deben morirse nunca son los recuerdos.

(Publicado originalmente en El Toque)

musica_fondo3

Hace poco, en uno de esos conciertos a los que uno va por casualidad, porque un amigo te llama a última hora para avisarte que no tiene con quien ir, tuve una epifanía: Más que melodía, la música es a la memoria como una máquina del tiempo a la vida.

Y es que a veces un fragmento de canción te devuelve sensaciones que considerabas perdidas, pedazos de memorias olvidadas, el sabor de un dulce específico que tu abuela cocinaba cuando eras niño, el olor de esa persona por la que morías… una etapa de la vida en la que, simplemente, eras más feliz.

Aquella tarde, en el dichoso concierto, esos recuerdos los trajo de vuelta Buena Fe. Y aunque en honor a la verdad deba admitir que en la actualidad no los atiendo mucho, durante esas benditas dos horas volví a tener 15 años. Me vi recorriendo los pasillos de esa magnífica escuela que me dio tantos buenos momentos mientras cantaba a grito pelado las mismas canciones que me enamoraron una década atrás. Me senté en los escalones del trampolín y sentí en la piel (puedo jurarlo) el frío de una madrugada de 10 grados. También lo vi a él. Volvimos, durante media hora, a repetir discusiones de viejos tiempos. Y, para no variar el siempre, el final de la pelea se convirtió en un beso.

La noche anterior había tocado Silvio Rodríguez, también estuve. La compañía, inmejorable… pero faltó gente. No estuvieron en el concierto dos de los imprescindibles.

Afortunadamente, hay canciones que al cerrar los ojos se convierten en personas. Con Silvio es inevitable. Apenas comienza a rasgar su veteranísima guitarra comienzan a aparecer fantasmas. A uno en especial le debo una parte de mi banda sonora. Fue él quien, a base de repetición, logró reconciliarme con el trovador (sí, hubo un tiempo en que no lo toleraba) y esa noche, como desquitándose de mi anterior olvido, su voz paseó las canciones regalo de toda una época. Más que lágrimas mis ojos soltaron océanos.

Por supuesto, hay otras melodías que invariablemente me dibujan una sonrisa en el rostro. Casi todas las de Teresita Fernández, por ejemplo. Cuando ponen “Vinagrito” por la radio puedo, literalmente, saborear la vainilla de los batidos-merienda que preparaba mi bisabuela para mi llegada de la escuela. Teresita me devuelve el abrazo de mi ángel de la guarda. Escuchar sus canciones es conseguir un pasaje de ida a los 8 años, cuando todavía no sabía si ser actriz o maestra.

Con Liuba María, en cambio, tengo un problema. Cada vez que pasan “Con los hilos de la Luna” rompo a llorar. Da igual cuántas veces la haya escuchado. Da igual el lugar donde la haya escuchado. En sus conciertos, cuando la toca, tengo que levantarme de la butaca. Entonces me apropio de esa letra hermosa y la hago mía. Y soy  yo quien la canta, y cambio abuelo por abuela y le pregunto mil veces si  soy al menos una parte de lo que ella soñó que yo fuera.

Mi vida, toda ella, está llena música. Y así como la mía, la de mi madre, la de mi padre, la de mis abuelos. Cada uno, sin embargo, atesora una banda sonora diferente. Música de fondo, podríamos llamarle… sería interesante lograr darle play aleatoriamente.

(Publicado originalmente en El Toque)

No puedo evitarlo, cada 23 de diciembre busco insistente un clavel blanco en todas las florerías (casi nunca aparece) y termino en aquella ciudad gris, negra y blanca regalando los pétalos mientras le cuento una historia.

Hoy serían 105, hace 5 que no está y me niego a soplar las velas por miedo a que no se me cumpla el deseo. Ayer mi madre me dijo -siempre con la palabra justa-  que en realidad ella no se ha ido porque yo jamás la he dejado de contar. Tuve que admitirlo y, mientras lo pensaba, un pequeñito bombillo se me encendió: ¿“Las crónicas de Oli” sería un buen nombre para un libro de cuentos?

Podría comenzar, por ejemplo, escribiendo la historia de la funda de almohada. Yo con 5 años tratando de encontrarla mientras ella, con esa originalidad que siempre la caracterizaba, escondía la almohada blanca de aquella cama imperial y se metía dentro de la funda como si de un saco de papas se tratara. Jamás la encontré. Luego, cuando me tiré en la cama cansada de buscarla y par de brazos me envolvieron en un abrazo, descubrí que se puede llorar de alegría.

O tal vez, quizás, pueda hablar de mis fútiles intentos de parecerme a ella mientras que, armada con toda la paciencia que cabe en un cuerpo de 126 centímetros, la cómplice de sueños me iba alcanzando uno a uno sus vestidos.

Me hizo dulces, me enseñó a cocinar y me inculcó el amor por ese brebaje mágico que es el café (a la mierda el chocolate) mientras visitaba cada tarde a sus amigas. Con ella aprendí a ser incondicional.

Hoy, 23 de diciembre, me duele no poder presentársela a ese grupo de amig@s que han devenido herman@s. No cargará a mi hij@ cuando l@ tenga, no comerá conmigo mi próximo cake de cumpleaños. Sin embargo… siempre estará aquí en mi blog, e incluso cuando yo me haya ido, las arañitas de Google indexarán su nombre.

Salir de un libro

No es fácil luego de terminar ese libro que te alargaba las noches, tener que volver a la vida real… causa cierto trauma. Y es que, en aras de la verdad, nunca he sido buena dejando ir, siempre me aferro a la historia. Incluso días después, soy de las que mezcla personajes y compara… Si hubiera sido yo la autora del libro: ¿Se enamoraría la pelirroja? ¿El conejo hubiera llegado a tiempo? ¿Dejaría la zorra que se le domesticara?

Nada, que no tengo remedio, lloro con los libros como si de mi propia vida se tratase y me zambullo en las páginas como si en ese instante lo único real me lo contaran unas letras. ¿Quién sabe? Quizás estoy diseñada para convertirme en personaje, y sólo estoy esperando que alguien me regale un cuento.

Al fin y al cabo: La vida, como decía mi abuelita, es apenas una novela que no se ha escrito.

Sabines, imagino, amaba a su mujer. O a sus mujeres, si alguna vez se dio el caso. No cualquier musa puede inspirar poemas con tanta fuerza. El mexicano tenía que amar (las).

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.

¡Qué frase! Ser legible es una de las mayores vulnerabilidades de un ser humano. Y él se confiesa, impasible, con una ternura que asusta.

Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mí mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.

Mierda… ¡¡¡mierda, mierda, mierda!!! Leo esos versos y se me pone la piel de gallina. El tipo la quiere, se sincera y además le escribe.

A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

-Ya no hacen poemas como los de antes –murmura mi abuela apoyándose en mi espalda. Para que lo sepas: ¡Ese Jaime Sabines es de mi época!
-No es eso -le respondo en voz baja- los poetas no han muerto, quedan algunos todavía. Lo que pasa es que ya nadie quiere estrellarse.
-¿Estrellarse? -me interroga asombrada.
Estrellarse...  para escribir versos (me tatúo dentro) hay que enamorarse. Y digan la verdad… quién se atreve a amar en estos tiempos.

vela

Ayer se cumplieron exactamente 5 años desde que se fue. Y yo, que usualmente necesito un abrazo por esas fechas, esta vez preferí el silencio. Al acostarme, pensando que sólo yo la había recordado, me sorprendió su mensaje…
Hay quien, afortunadamente, no necesita notificaciones.

ninnamala

Un vecino del ingenio
dice que Dorita es mala,
para probarlo me cuenta
que es arisca y malcriada
y que cien veces al día
todo el batey la regaña.

Que a la hija de un colono,
le dio ayer una pedrada,
y que la del mayoral
le puso roja la cara,
quién sabe con qué razones
por nosotros ignoradas.

Que si la visten de limpio
al poco rato su bata
está rota o está sucia,
que anda siempre despeinada,
que no estudia la lección
y nunca sabe la tabla,
que el sábado y el domingo
se pierde en la guardarraya
persiguiendo tomeguines
y recogiendo guayabas.

Y yo pregunto: “Vecino,
vecino de mala entraña,
¿quién puede decir que sea
por eso mi niña mala?.
Si hubieras visto lo íntimo
de su vida y de su alma
como lo ha visto el maestro
¡Qué diferente pensara…!

Verdad que siempre está ausente,
pero si viene no falta,
entre sus manitas breves
un ramo de rosas blancas
para poner al Martí
que tengo a mitad del aula.
Con quien no tenga merienda
parte a gusto su naranja;
si cantamos al salir
se oye su voz la más alta,
su voz que es limpia y alegre
como arpegio de guitarra.

Y cuando explico aritmética
le resulta tan abstracta
que de flores y banderas
me llena toda la página.
Y prefiere en los recreos,
cuando juegan a las casas,
jugar con Luisa: la única
niña negra de mi aula.
A veces le llama Luisa,
a veces le dice: ¡Hermana!.

Y cuentan los que la vieron
que en aquella tarde amarga
en que no vino el maestro
era la que más lloraba.

Cuando se premie el cariño
y lo rebelde del alma,
cuando se entienda la risa
y se le cante a la gracia,
cuando la justicia rompa
entre mi pueblo su marcha
y el tierno botón de un niño
sea una flor en la esperanza,
habrá que poner al pecho
de mi niña una medalla,
aunque el batey malicioso
me le dé tan mala fama,
y tú -mi pobre vecino-
no entiendas una palabra.

***

“Romance de la niña mala”
(Pedro Luis Ferrer-Raúl Ferrer. Mariposa. 1977)


Dorita, así me llamaba él. Decía que yo era la versión rubia de aquella niña maldita y buena.

Releer el poema (como es de suponer) hace que me conquisten los recuerdos y, aunque él no lo sepa, imagino que esta es su manera de sacarme una sonrisa.

Justo por estos días, cuando más lo necesito, aparece en un libro viejo. Y me llama traviesa y me convierte en niña. Entre sus brazos vuelvo a ser la chiquilla irreverente que corretea libre por las calles y me vuelvo a ver con las rodillas arañadas y las batas sucias. Por supuesto, aquí también está mi madre, como siempre intentando aplacar el “desgreñe” mientras yo, renuente a peinarme, me contorsiono entre sus brazos. Del mismo modo está Oly. Aunque eso ya es redundancia: Oly siempre.

La realidad es que, mientras duran los versos, papá se aparece en cada línea de este poema.
Por eso lo vuelvo público, para jamás olvidarlo.

Hay dos días al año en los que me embarga una infinita tristeza.

Hoy es uno de ellos.

Los naufragios

julio 2017
L M X J V S D
« Abr    
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31  

Y ya son...

  • 141,467 visitas

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.793 seguidores