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Wise men say
Only fools rush in
But I can’t help falling in love with you
Shall I stay?
Would it be a sin
If I can’t help falling in love with you?

Ann es de esas mujeres que no sabes aún si llamarlas niñas. Se pierde en las canciones como si su cuerpo se volviese melodía. Ayer me la encontré en un acorde de Elvis Presley… aparecía y desaparecía en los estribillos…

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musica_fondo3

Hace poco, en uno de esos conciertos a los que uno va por casualidad, porque un amigo te llama a última hora para avisarte que no tiene con quien ir, tuve una epifanía: Más que melodía, la música es a la memoria como una máquina del tiempo a la vida.

Y es que a veces un fragmento de canción te devuelve sensaciones que considerabas perdidas, pedazos de memorias olvidadas, el sabor de un dulce específico que tu abuela cocinaba cuando eras niño, el olor de esa persona por la que morías… una etapa de la vida en la que, simplemente, eras más feliz.

Aquella tarde, en el dichoso concierto, esos recuerdos los trajo de vuelta Buena Fe. Y aunque en honor a la verdad deba admitir que en la actualidad no los atiendo mucho, durante esas benditas dos horas volví a tener 15 años. Me vi recorriendo los pasillos de esa magnífica escuela que me dio tantos buenos momentos mientras cantaba a grito pelado las mismas canciones que me enamoraron una década atrás. Me senté en los escalones del trampolín y sentí en la piel (puedo jurarlo) el frío de una madrugada de 10 grados. También lo vi a él. Volvimos, durante media hora, a repetir discusiones de viejos tiempos. Y, para no variar el siempre, el final de la pelea se convirtió en un beso.

La noche anterior había tocado Silvio Rodríguez, también estuve. La compañía, inmejorable… pero faltó gente. No estuvieron en el concierto dos de los imprescindibles.

Afortunadamente, hay canciones que al cerrar los ojos se convierten en personas. Con Silvio es inevitable. Apenas comienza a rasgar su veteranísima guitarra comienzan a aparecer fantasmas. A uno en especial le debo una parte de mi banda sonora. Fue él quien, a base de repetición, logró reconciliarme con el trovador (sí, hubo un tiempo en que no lo toleraba) y esa noche, como desquitándose de mi anterior olvido, su voz paseó las canciones regalo de toda una época. Más que lágrimas mis ojos soltaron océanos.

Por supuesto, hay otras melodías que invariablemente me dibujan una sonrisa en el rostro. Casi todas las de Teresita Fernández, por ejemplo. Cuando ponen “Vinagrito” por la radio puedo, literalmente, saborear la vainilla de los batidos-merienda que preparaba mi bisabuela para mi llegada de la escuela. Teresita me devuelve el abrazo de mi ángel de la guarda. Escuchar sus canciones es conseguir un pasaje de ida a los 8 años, cuando todavía no sabía si ser actriz o maestra.

Con Liuba María, en cambio, tengo un problema. Cada vez que pasan “Con los hilos de la Luna” rompo a llorar. Da igual cuántas veces la haya escuchado. Da igual el lugar donde la haya escuchado. En sus conciertos, cuando la toca, tengo que levantarme de la butaca. Entonces me apropio de esa letra hermosa y la hago mía. Y soy  yo quien la canta, y cambio abuelo por abuela y le pregunto mil veces si  soy al menos una parte de lo que ella soñó que yo fuera.

Mi vida, toda ella, está llena música. Y así como la mía, la de mi madre, la de mi padre, la de mis abuelos. Cada uno, sin embargo, atesora una banda sonora diferente. Música de fondo, podríamos llamarle… sería interesante lograr darle play aleatoriamente.

(Publicado originalmente en El Toque)

A veces las máquinas se sublevan… y en venganza por nuestros maltratos les da por confabularse contra sus dueños. Mi reproductor, por ejemplo, le preguntó a mi agenda electrónica (casi pude seguir el rastro digital) acerca de aquello que me dolía. Y esperó, como quien espera un regalo, a que el teléfono le notificara un mensaje  para soltarme a bocajarro una ráfaga de canciones dardos.

El termómetro, agente fiel de contraespionaje, hizo su tarea al esperar, a destiempo, una lluvia fría que empañó los cristales mientras confundía la webcam mis lágrimas con la lluvia.

Intento de asesinato, con premeditación y alevosía.

La sentencia ha sido desconectarlas.

serenata

…Pero parece que el corazón
Se me quedó un poco abierto
Y al gusto de un beso nació un sentimiento
Que ya conocía y daba por muerto…

No fue en un balcón de esos que dicta la costumbre. Tampoco estuvo la banda de mariachis con sus inmensos sombreros redondos. No hubo un cantante lírico que estirara los versos y él no se atrevió siquiera a participar en el coro. Su serenata vino envuelta en papel de regalo.

El cantante era un bolerista de los años 70 que endulzaba las frases con una voz melodiosa y él, aprendiz de músico, acompañaba con los tambores (bongoes ¿bongós?) la escena. A 1464634.64 metros de mi casa se encuentra la suya. Un mar de distancia nos separa. Sin embargo, por unos minutos, mientras las cuerdas de la guitarra mantenían los acordes, lo sentí tan cerca que podría jurar le agradecí con un beso.

…No pensé enamorarme otra vez
No pensé estar tan loco por ti
Me doy cuenta que empiezo a ceder
Y me asusta saber que camino por donde pasé.

No pensé enamorarme otra vez
Porque cuando lo hice sufrí
Pero es fácil llegarte a querer
Y a pesar de tratar, no consigo dejarte de amar.

Porque cada vez queda menos tiempo para abrazarte…

It Won’t Be Long

(fragmento)

It won’t be long yeh, yeh, yeh
It won’t be long yeh, yeh, yeh
It won’t be long yeh, till I belong to you

Since you left me, I’m so alone
Now you’re coming, you’re coming on home
I’ll be good like I know I should
You’re coming home, you’re coming home…

Vámonos

Que no somos iguales, dice la gente,
que tu vida y mi vida se van a perder,
que yo soy muy canalla y que tú eres decente,
que dos seres distintos no se pueden querer.
Pero ya yo te quise
y no te olvido
y morir en tus brazos, es mi ilusión.
Yo no entiendo esas cosas
de las clases sociales,
solo sé que me quieres
y que te quiero yo.

Y vámonos
donde nadie nos juzgue,
donde nadie nos diga qué hacemos mal…
y vámonos
alejados del mundo
donde no haya justicia, ni leyes, ni nada,
no mas nuestro amor.
Y vámonos
donde nadie nos juzgue
donde nadie nos diga qué hacemos mal
y vámonos
alejados del mundo
donde no haya justicia, ni leyes, ni nada,
no mas nuestro amor
Que no somos iguales, dice la gente…

Los rumores cuentan que, cuando en una entrevista le afirmaron, señora, usted es costarricense, usted nació en Costa Rica, la interpelada respondió: nosotros, los mexicanos, nacemos en dónde se nos de la gana.
Así era Chavela, la dueña de esta canción… Y es que, para mayor regalo, esta mexicana convencida cantó a dúo con Sabina, enamoró mujeres… Y murió (estoy casi segura) con una sonrisa en los labios.

Concha Buika, esa voz mística, nos regaló una versión divina. Aquí les dejo el enlace. Disfruten la magia.

mujer y nubes

Ann -la rubia, la buena- anda paseando por las nubes. María viene a contármelo ensimismada y, casi sin creérselo todavía, me describe una complicada historia. Ella sabe (la pelirroja) que desde arriba tiene una orden de alejamiento y, medio molesta/medio animada, escrutiña el cielo en busca de alguna pista.

Subió anoche de repente, la delata la espía. No necesitó escaleras. Una canción bastó para llevarla arriba.

grafiti principito

A veces no hacen falta las palabras. Quizás, como canta Fito: ♫ Todo lo que diga está de más, las luces siempre encienden en el alma…♪

Hay canciones armas -me confiesa María. Hay canciones balas.
El otro día, por ejemplo, me dispararon una ráfaga. Uno de los proyectiles me voló la boca, me mató las palabras. Por una vez en mi vida no supe qué decir, mejor dicho, no fui capaz de decir.

El autor del crimen, uno que yo consideraba víctima, me atrapó en medio de un concierto y me amordazó con la mirada. Pablo cantaba y yo sólo tenía oídos para aquellos ojos negros que querían taladrarme el alma. Me inmovilizó la melodía y aquel sentimiento extraño de sentirme la única persona en el teatro a quien iba dedicado aquel tema.

Por un instante… un breve instante, me sentí morir.

El breve espacio en que no estás

Todavía quedan restos de humedad,
sus olores llenan ya mi soledad,
en la cama su silueta se dibuja cual promesa
de llenar el breve espacio en que no está.

Todavía yo no sé si volverá,
nadie sabe al día siguiente lo que hará.
Rompe todos mis esquemas,
no confiesa ni una pena,
no me pide nada a cambio de lo que dá.

Suele ser violenta y tierna,
no habla de uniones eternas,
mas se entrega cual si hubiera
sólo un día para amar.

No comparte una reunión,
mas le gusta la canción que comprometa su pensar.
Todavía no pregunté “¿te quedarás?”.
Temo mucho a la respuesta de un “jamás”.
La prefiero compartida antes que vaciar mi vida,
no es perfecta mas se acerca a lo que yo
simplemente soñé…

morgadas_121
…He says, Son can you play me a memory
I’m not really sure how it goes
But it’s sad and it’s sweet and I knew it complete…

La música le brotaba de los dedos como si en vez de clavijas tocase a una mujer. Yo suspiraba. Tenía las manos largas de las que hablan los poetas y entre sus palmas la partitura blanca simulaba apenas un trocito de papel.

En ocasiones, el piano vibraba con tanta fuerza, que las luces del salón comenzaban a parpadear. Era entonces que el pianista, acostumbrándonos a las sorpresas, aquietaba sus embestidas y, con una ternura descomunal, acariciaba la superficie dura del instrumento.

Mil veces en esa noche me descubrí convertida tecla: era yo una de esas piezas pequeñas que festejaban sus dedos y mis gemidos eran los gritos que estremecían las cuerdas.

¡Un concertazo! – me susurró un amigo. Mi subconsciente solo sugería orgasmo.

Los naufragios

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Y ya son...

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