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Carilda Oliver

Carilda Oliver Labra (1922–2018)

Y pasa que entro a Facebook y siento que se me abre el piso. Carilda: la puta, la poeta, la rubia, la mujer, la que me sacó y secó las lágrimas durante estos casi 30 años, la que me estremeció el cuerpo con los versos a la madre, la que me hizo un ovillo con los poemas al padre, murió hoy por la madrugada. Se consumió el erotismo de la que tenía ojos verdes. A la hembra que se desordenaba con las lanzas de los Quijotes, se le apagó la luz en una sofocante madrugada de agosto.

Y yo, que siento su muerte como si se me hubiera muerto una hermana, la lloro mientras pienso en los libros que me llenan el cuarto con su poesía. No hay Error de Magia que salve este momento. Una mujer escribe, o intenta escribir estas líneas Con Tinta de Ayer y al apretar con las manos las diminutas teclas de la computadora, un frío la recorre Al Sur de la Garganta. Y es que, cómo escribir sobre la muerte de quien puso los versos en estos ojos. Cómo homenajear a quien vivió su vida hecha poema. Esta es una Noche para dejarla en testamento, El cielo indefeso tiene La luna en el suelo mientras Cien sonetos ensayan un Discurso de Eva que unas manos blancas, sin hijos y con gatos, dibujaron una mujer Prometida al fuego.

Vivió su vida entre hombres y palabras sueltas. Abogada de la suerte, por título y vocación, defendió las causas en las que creyó siempre. Jamás le importó que la llamaran puta. Ella era más que eso. El erotismo hecho mujer, eso era Carilda. Con sus Poemas para no envejecer desafió a la muerte. De alguna manera, ella no ha muerto. Sus Huesos alumbrados permanecerán inmunes, eternos… como un Temblor bajo la piedra. Y un día cualquiera, A la una de la tarde, un poema ajado volará de alguna mano para caer en los labios de alguien que besa.

La poeta no ha muerto. Larga vida a sus versos.

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carilda

¡¡¡Mierda!!! Llego a Facebook y me entero que se murió la puta. La poeta. La rubia. La mujer. La que me sacó y secó las lágrimas durante estos casi 30 años. La que me estremeció el cuerpo con los versos a la madre, la que me hizo un ovillo con los poemas al padre. Se consumió el erotismo de la que tenía ojos claros. Se me esfumó el sueño de una sonrisa que siempre soñé. No más ilusión de conocer a la diva que le esribió a Hugo Ania Mercer. A la hembra que se desordenaba con un las lanzas de los Quijotes.

¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Mierda!!!

mujer-de-espaldas

Y pasa que a veces, como al azar, aparecen unos versos en libros de nadie. Y una los recoge, los limpia de polvos y se los prueba. Algunas veces son muy grandes, otras pequeños… las palabras no se ajustan al cuerpo como las telas de spandex.

Sin embargo, hay días en que ya con verlos una sabe que son de su talla. Estos parecieran hechos a mano.

 Qué dicen

Dicen que a las brujas
nos afecta la noche
dicen que a las putas
nos afecta el silencio
dicen que a las madres
nos afecta la ausencia
que a las amantes
nos afecta el olvido

Y que a las hembras
nos afecta la luna

Dicen que a las mujeres
nos evade la lógica
transcurrimos dicen
empapando pañuelos

Dicen que estas lágrimas
son un aguacero
se precipitan
nublan lo cercano
velan lo lejano

Dicen más
dicen que esas nuestras lágrimas
son de cocodrila

las enjuga el viento
las lava el olvido

Suelen decirlo otros
Dicen tantas cosas

Qué es lo que decimos
aún me lo pregunto

vive un nuevo siglo

Y no lo escucho claro.

Arabella Salaverry
(Managua, Nicaragua, 1946)  Reside en Costa Rica
de Chicas malas, Uruk Editores, San José, 2009

Hoy tuve miedo. Me mordió la garganta en el mismo momento en que dijeron: accidente.  

No es un sueño, estoy despierta. Las marcas de la mano abierta lo señalan. A lo lejos frena un almendrón. Cierro los ojos. El cerebro descubre a la ambulancia. El sonido… el puto sonido lo difumina todo.  La bicicleta blanca aparece y desaparece como el conejo de Alicia. Ya no es blanca… no está completa. La campana suena mientras el timón, como brazo fracturado, es recogido de la acera.
A él no lo veo. En el piso, gotas de sangre van a esconderse detrás de un parabrisas viejo, roto, astillado.

Una mujer me mira fijo desde un espejo. Me reconozco. Por la barbilla una gota roja alcanza la camiseta.

-Ya a los niños -comentaba mi vecina ayer- no hay quien les lea antes de dormir. El otro día, por ejemplo, Sofía me preguntó que por qué Blanca Nieves le hacía todo a los 7 enanos, que si ella no había oído hablar del feminismo. Me quedé fría. No, y a Juanito no hay quien le lleve la contraria en que el flautista de Hamelin era babalawo. Ya no sé que hacer con ellos… tú no tendrás por ahí uno de esos libritos “raros” que siempre lees?

Juro que al principio eso de libritos “raros” me pareció un poco falta de respeto… pero bueno, hay que comprender a una madre estresada. La maternidad aun está subvalorada.

Quizás por eso (llevando a cabo la buena acción del día) hoy le toqué a la puerta con una edición novísima de los cuentos de Javier Quiroga G. Aquí les dejo uno… quizás este le parezca un poco más real a los niños modernos.

 

Había una vez

Un apuesto joven llama a la puerta de Cenicienta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que ésta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:

—Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

¿Quién sabe qué ha pasado con los libros? Antes uno salía a la calle y al menos en las paradas o en las colas (las interminables colas cubanas) se encontraba con un ejemplar siendo leído. La excusa perfecta para conversar, decía mi padre, y yo salía con uno de ellos en la mochila “por si acaso”…

L, una de esas personas que siempre están buscando los nombres de las tendencias en Internet, se encontró hace tiempo con una palabrita rara: “sapiosexual”, término de moda para describir algo que ha existido siempre: la atracción erótica por la inteligencia del otro.

Aunque esté subvalorado, el cerebro es uno de los atributos que más cautiva a la hora de buscar pareja. Y es sexy ver a alguien que lo use bien.

En plan confesionario, admito que a veces la frase “calladito te ves más bonito” se me ha deslizado en más de una ocasión. También ha saltado. Aunque es cierto que para una primera impresión no hay segunda oportunidad, para una primera decepción tampoco. Ojo, la situación es aplicable a todos los sexos.

Ir a una casa por primera vez y encontrarla desprovista de libros me baja la libido. ¡Por no mencionar el tema de la ortografía! Tan fácil que se pudieran resolver esos problemas con algunas lecturas…

El cuerpo envejece como la leche; se va cortando. Sin embargo, el cerebro cuando se cultiva, se añeja como un buen vino.

Leer es una medicina contra el aburrimiento. El que lee, además, nunca está solo. Un libro -un buen libro- es un regalo que se atesora. “Provoca la fantasía” , dijo un poeta alguna vez. Y yo coincido totalmente con esa afirmación.

Recientemente vi en redes sociales una imagen que promovía la lectura: Si vas a tener sexo con alguien y no tiene libros, no te lo folles. Mi versión, no tan radical, es un poco más ligerita: Si no tiene libros, léele un capítulo de esa novela que te gusta… sin ropa. Quizás empiece a interesarse un poquito.

La lectura no tiene que ser un castigo, ni siquiera considerarse aburrida. Hay para escoger. De hecho, la mayoría de las grandes películas se basan en ella. ¿Por qué no enterarse de primera mano de la historia? El primer Padrino surgió de la cabeza de Mario Puzzo. El Hobbit nació de la imaginación de Tolkien. Incluso Lolita vio la luz en páginas mecanografiadas.

Necesitamos más lectores –diría Matojo. Y yo pondría un ejército de modelos a regalar libros. La imaginación no tiene que estar reñida con la realidad. Como con los caramelos… la envoltura atrapa en un primer momento, pero son los sabores de dentro los que nos hacen suspirar por ellos.

(Publicado originalmente en El Toque)

Lo mejor de todo es que la noticia llegó justo hoy, cuando mi Oly cumpliría 106 años, a modo de regalo de cumpleaños. No puedo ser más feliz.

yo-no-soy-de-las-que-cree-en-la-navidad

Como lo prometido es deuda, les dejo hoy el segundo cuento que mandé al Onelio, otra vez, lamentablemente para ustedes, les suplico las necesarias observaciones.

La hierba seca no huele a alcohol

A dos cuadras de mi casa se encuentra el único hospital psiquiátrico de la ciudad. No es un hospital grande y, como todo psiquiátrico que se respete, tiene sus muros pintados con un tono de verde que recuerda la hierba seca que se comen las vacas. Mi tía, que es enfermera, trabaja dentro. Cada domingo, en el turno de la tarde, paso a llevarle la comida horrorosa que le prepara mi mamá y ella, con actitud de mártir, se traga bien despacio.

Hace ya un mes, en una de esas visitas obligatorias a las que me manda mi madre, conocí a Karla. Mi tía dice siempre que es una mujer preciosa, pero a mi más bien se me parece a uno de esos gatos callejeros que pasean por las calles en busca de una mano que los acaricie. Tiene sus mismos ojos verdes. Si soy sincero tengo que confesar que al principio me asustaba un poco que me mirara tan fijo con esos ojazos pero, según mi tía, “es una loca pacífica”.

El primer día que la vi, andaba como una zombi recogiendo las hojas secas del patio. Yo todavía tenía el pozuelo de la comida en las manos pero me llamó la atención aquella muchacha desgreñada que se agachaba cada cinco minutos a recoger algo de la tierra. Me le quedé mirando como un tonto hasta que tía me pegó un grito y me llamó dentro.

Cuando salí, ella me estaba esperando con el montoncito en un cartucho. Tienes un color bonito, me dijo a modo de saludo. Y yo pensé que se refería al color que había cogido esa semana en la playa. Pero no, justo después me explicó que no todos los niños que pasaban por el hospital tenían mi tono de azul de mar y ahí sí me quedé frío. Me miré las manos enseguida y casi aliviado le dije que no, que mi piel no era azul, solo estaba medio roja por el sol de la playa. Ella me escuchaba explicarle con la misma sonrisa del gato de Alicia y entonces, mientras le insistía, comprendí.

Justo unos segundos después sonó la campana que llamaba al almuerzo y Karla me dejó plantado mientras echaba a correr al comedor. Yo, con cara de idiota, me volví a mirar las manos.

El domingo siguiente recorrí casi todo el hospital esperando encontrármela nuevamente, no apareció. Pensé incluso preguntarle a tía si la había visto pero luego me la imaginé haciéndome las preguntas que le hacen todos los adultos a los niños y desistí de la idea. No estaba dispuesto a admitir frente a nadie que me gustaba ser llamado azul. Capaz que me internaran por eso, o peor, que se lo dijeran a mi madre y jamás me dejara salir de nuevo.

Esa semana me duró un milenio. Estuve esperando el domingo como si fuera mi cumpleaños y, cuando al fin llegó, casi me olvido el dichoso pozuelo de la comida. Tanto apuro tenía por llegar que, al doblar la esquina, me tropecé con una piedra por andar corriendo. Al llegar al hospital, con el pantalón roto y los zapatos sucios, Karla, que estaba sentada en el portal leyendo un libro, me regaló una sonrisa que me quitó el dolor.

Esa tarde pasó volando. Mientras Karla me contaba, o mejor dicho, me describía su universo de colores, yo iba atesorando cada palabra que salía de su boca. Según ella, cada persona tenía un color específico y, aunque en un principio yo creí que se refería a un olor característico, ella me sacó de mi error asegurándome que los colores y los olores no se parecen en nada. Me puso como ejemplo el olor del hospital y el verde de su pintura; yo tuve que aceptar que no tenían nada que ver. La hierba seca no huele a alcohol.

El domingo siguiente, mientras la esperaba en el salón de mi tía, escuché a dos médicos hablando de su evolución. No tiene remedio, le decía uno a otro, los tratamientos con ella no funcionan. A pesar de ser la loca más cuerda que tenemos, en el fondo parece que no quiere curarse.

Creo que al verme interesado pararon de hablar. Se remangaron sus batas blancas y comenzaron a nombrar pastillas que terminaban en pan. Me acuerdo de ello porque me entró tremendo ataque de risa al pensar que el que las nombró debía de ser un loco más. ¿A quién se le ocurre ponerle a las pastillas un nombre terminado en pan?

Afortunadamente, Karla llegó unos minutos después y se me olvidó todo aquel debate cuando nos pusimos comparar (por enésima vez) olores con colores. No me hubiese acordado de aquello si no fuera porque hoy, cuando mi tía destapó su comida, un olor a hierba de parque inundó el comedor mientras una sopa tristísima jugaba a matar cebollinos.

Hoy es uno de esos días, me levanté feliz y me puse de vestido una sonrisa en el cuerpo. Que yo sepa, no ha sucedido nada extraordinario, no me gané la lotería (ni siquiera juego) y no hay un cargamento de Nutella cerca. No obstante, tengo unas ganas impostergables de echarme a reír. Hasta la Vilariño, que siempre me pareció una mujer azul, hoy se me regala luz, quizás todo ocurre entre tus brazos…

Entre tus brazos
entre mis brazos
entre las blandas sábanas
entre la noche
tiernos
solos
feroces
entre la sombra
entre las horas
entre
un antes y un después.

Debo advertirles que este es el primer texto que escribo con tanto diálogo, es uno de los 3 cuentos que entregué ayer en la Convocatoria del Taller Literario del  Centro Onelio Cardoso, así que perdónenme por todas las posibles/probables faltas que pueda tener.  Se los dejo con la nota al margen de que cualquier sugerencia y/u opinión será más que bienvenida 🙂

Mala suerte

-Ya no estoy para perder el tiempole comenta Teresa a Marina esperando la guagua. Me cansa que se repita la historia. Un mes les doy para ver si me convencen pero nada, desaparecen en la primera semana. Ya no hay hombres interesantes en La Habana.

-Sí los hay, Tere, lo que pasa es que si gastas tu tiempo en buscarlos, no te van a aparecer jamás. A ver, ¿qué fue de la vida de ese doctor buenísimo que te rondaba?

-Nada mija, ya tú lo dijiste, médico, no tenía un kilo donde caerse muerto, y yo tengo 2 niñas que alimentar. Solo de amor no vive el hombre.

-Pero mamita, contigo no hay quien pueda. ¡Si me dijiste el otro día que te encantaba!

-Sí, pero eso fue antes de conocer a Fernando.

-¿Y quién es el Fernando ese?

-Un taxista, hace ruta de La Habana a Guanabacoa. Gana una pila. Lo conocí un día que me monté en su carro. Si te cuento lo que me pasó ese día… ¡Qué pe-na! se me había quedado el monedero en la casa y no tenía un kilo para pa´ pagar el taxi. Menos mal que me dijo que si yo quería me cobraba el pasaje con una salida. Tú me conoces, a caballo regala’o… Le di mi teléfono y me llamó esa misma noche para ir a comer al otro día. Me llevó a La Guarida. Mima, si tú llegas a ver ese restaurante te mueres. Nooo, y no te hablo de los precios de los platos, con lo que se gastó Fernando me compro la comida de 2 meses. ¡Alabao!

-Pero Tere, ¿tú no me estabas diciendo hace 5 minutos que no hay tipos interesantes en La Habana? ¿Te peinas o te haces papelillos?

-No Marina, no, si Fernandito era de lo más “interesante”. Lo que yo no sabía es que también era casado. ¡Yo lo que tengo es un chino atrás! No me encuentro con uno que sirva. Primero Manolo, ¿te acuerdas de Manolo? Bueno, pues ese Manolo me rompió la boca un día porque le dije que no quería cocinar. ¿Mentira dices? No mima no, verdad verdadísima. ¡Si hasta me partió un diente! Eso que te dije del pelotazo en la cara de los chiquillos de enfrente fue pa’ que no te preocuparas. Manolo era un animal. Rafa, el que vino atrás, a ese tú no lo conociste, era todo lo contrario. Cariñoso a morirse. Imagínate tú, era artista. O como él decía: un espíritu libre. Tan espíritu libre era que se metió a maricón. No confíes nunca en los artistas Marina, te lo digo de corazón. Ni en los militares, esos son los peores. Mira a Josefa, casada con un teniente hace 5 años. ¿Y el marido? siempre perdido. Que si una reunión, que si un despliegue… muela, muela bizca. Ese seguro tiene otra mujer regá por ahí. O sino dímelo a mí, que una vez cogí a Yoslandry en lo mismo. Qué rato más malo ese día, Marina. Qué manera de llorar. Y como él hablaba de las mujeres… decía que yo era un sol porque jamás le pedía nada y nunca se me había ocurrido salir sin él. A las otras, a las mujeres de sus amigos, las llamaba “caras” y “nocturnas”… descara’o. Al final terminó con la pelandruja esa que, me lo dijeron de buena tinta, le pega mil tarros. Me alegro. Por chanchullero. Si cuando yo te lo digo… mala suerte es poco. Voy a tener que ir al babalawo de la esquina a ver si me hace una limpieza.

-Pero de qué hablas, mujer, ¡si tú eres católica! Como se entere el padre Juan te descomulga. Eso no lo digas ni en juego. Vas a ir tú a esos brujeros a qué, ¿a que te tumben el dinero? Solavaya. Tú lo que tienes que es ir este domingo a la iglesia y pedirle a Diosito que te consiga un marido. Ya de paso lo pides con casa, que no es fácil empatarse con alguien y que al cabo del tiempo te quiera tumbar la tuya. Mira a mi vecina, la está pasando negra con el delincuente ese de su marido. Y yo se lo advertí, se lo dije siempre: Catalina, ese hombre no es trigo limpio, mira como tiene a su mamá en un asilo. Pero no me hizo caso, y cómo está ahora, volviéndose loca en los tribunales. Así que ojo… si vas a pedir, pide bien. Mira, ahí viene la guagua, apúrate que se te va.

Luego de unos minutos, los tacones de Teresa se arrastran por una calle sucia de la Habana Vieja. Mientras habla ensimismada con el de arriba pidiéndole señales, Fernando, su ex-taxista, la choca contra el parabrisas. En el hospital solo distingue batas blancas. Un médico con cara de pobre diablo le sostiene la mano. Con la ternura en los ojos, la conecta a duras penas a la máquina de oxígeno que le quita a otro paciente. El médico es Carlos, el mismo hombre al que rechazó hace un mes.

Pasado un cuarto de hora, una explosión de luz ilumina el hospital. En el cuarto de Teresa, la máquina hace bip.

Ya en el velorio, Marina reparte sus condolencias. El médico, única conquista que se atrevió a asistir a la funeraria, se le acerca con los ojos llorosos. Aparte de la bata blanca, viste el luto obligatorio. Marina lo mira con la compasión dibujada en los ojos.

-Mala suerte, decía ella que tenía. Jamás le creí. Pero vaya… un rayo seco a las 4 de la tarde hace dudar a cualquiera.

-Pues sí señora, y yo que ese día pensaba llamarla para invitarla a salir, cuando la vi me pegué tremendo susto. Imagínese usted, la semana pasada se murió un tío abuelo que tenía en España y me dejó en herencia todo lo que tenía. Una lástima lo de Teresa… tanto que me había hablado del restaurante ese al que van los artistas. ¿La Carina? ¿La Guarrina? Ni me acuerdo… era uno ahí que le gustaba. ¡Qué mala suerte!

Los naufragios

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