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-Ya a los niños -comentaba mi vecina ayer- no hay quien les lea antes de dormir. El otro día, por ejemplo, Sofía me preguntó que por qué Blanca Nieves le hacía todo a los 7 enanos, que si ella no había oído hablar del feminismo. Me quedé fría. No, y a Juanito no hay quien le lleve la contraria en que el flautista de Hamelin era babalawo. Ya no sé que hacer con ellos… tú no tendrás por ahí uno de esos libritos “raros” que siempre lees?

Juro que al principio eso de libritos “raros” me pareció un poco falta de respeto… pero bueno, hay que comprender a una madre estresada. La maternidad aun está subvalorada.

Quizás por eso (llevando a cabo la buena acción del día) hoy le toqué a la puerta con una edición novísima de los cuentos de Javier Quiroga G. Aquí les dejo uno… quizás este le parezca un poco más real a los niños modernos.

 

Había una vez

Un apuesto joven llama a la puerta de Cenicienta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que ésta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:

—Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

Íbamos de las manos, agarrados. Como aquellos niños de primaria a los que se les obliga a caminar de a dos. La suya sudaba, con la humedad dulce de quien corre para ver el sol. La mía tembló…

mujer-llorando

Ann tenía tantas ganas de querer, que se vistió de blanco y corrió a la iglesia. Esperaba engancharse con alguno de esos hombres tristes que las mujeres abandonan a punto de dar el sí, pero sólo encontró al cura. No había un abandonado ese día. Nadie ajeno a la alegría.

Desolada, volvió a su suerte arrastrando el vestido. De tanto llanto se inundó el camino.

Como lo prometido es deuda, les dejo hoy el segundo cuento que mandé al Onelio, otra vez, lamentablemente para ustedes, les suplico las necesarias observaciones.

La hierba seca no huele a alcohol

A dos cuadras de mi casa se encuentra el único hospital psiquiátrico de la ciudad. No es un hospital grande y, como todo psiquiátrico que se respete, tiene sus muros pintados con un tono de verde que recuerda la hierba seca que se comen las vacas. Mi tía, que es enfermera, trabaja dentro. Cada domingo, en el turno de la tarde, paso a llevarle la comida horrorosa que le prepara mi mamá y ella, con actitud de mártir, se traga despacio.

Hace ya un mes, en una de esas visitas obligatorias a las que me manda mi madre, conocí a Karla. Mi tía dice siempre que es una mujer preciosa, pero a mi más bien se me parece a uno de esos gatos callejeros que pasean por las calles en busca de una mano que los acaricie. Tiene sus mismos ojos verdes. Si soy sincero tengo que confesar que al principio me asustaba un poco que me mirara tan fijo con esos ojazos pero según mi tía “es una loca pacífica”.

El primer día que la vi, andaba como una zombi recogiendo las hojas secas del patio. Yo todavía tenía el pozuelo de la comida en las manos pero me llamó la atención aquella muchacha desgreñada que se agachaba cada cinco minutos a recoger algo de la tierra. Me le quedé mirando como un tonto hasta que me tía me pegó un grito y me llamó dentro.

Cuando salí, ella me estaba esperando con el montoncito en un cartucho. Tienes un color bonito, me dijo a modo de saludo. Y yo pensé que se refería al color que había cogido esa semana en la playa. Pero no, justo después me explicó que no todos los niños que pasaban por el hospital tenían mi tono de azul de mar y ahí sí me quedé frío. Me miré las manos enseguida y casi aliviado le dije que no, que mi piel no era azul, solo estaba medio roja por el sol de la playa. Ella me escuchaba explicarle con una sonrisa de oreja a oreja y, mientras le insistía, comprendí.

Justo en ese momento sonó la campana que llamaba al almuerzo y Karla me dejó plantado mientras echaba a correr al comedor. Yo, con cara de idiota, me volví a mirar las manos.

El domingo siguiente recorrí casi todo el hospital esperando encontrármela nuevamente, no apareció. Pensé incluso preguntarle a tía si la había visto pero luego me la imaginé haciéndome las preguntas que le hacen todos los adultos a los niños y desistí de la idea. No estaba dispuesto a admitir frente a nadie que me gustaba ser llamado azul. Capaz que me internaran por eso, o peor, que se lo dijeran a mi madre y jamás me dejara salir de nuevo.

Esa semana me duró un milenio. Estuve esperando el domingo como si fuera a venir Papá Noel a traerme los regalos de Navidad y, cuando al fin llegó, casi me olvido el dichoso pozuelo de la comida. Tanto apuro tenía por llegar que, al doblar la esquina, me tropecé con una piedra por andar corriendo. Al llegar al hospital, con el pantalón roto y los zapatos sucios, Karla, que estaba sentada en el portal leyendo un libro, me regaló una sonrisa que me quitó el dolor.

Esa tarde se me pasó volando. Mientras Karla me contaba, o mejor dicho, me describía su universo de colores, yo iba atesorando cada palabra que salía de su boca. Según ella, cada persona tenía un color específico y, aunque en un principio yo creí que se refería a un olor característico, ella me sacó de mi error asegurándome que los colores y los olores no se parecen en nada. Me puso como ejemplo el olor del hospital y el verde de su pintura; yo tuve que aceptar que no tenían nada que ver. La hierba seca no huele a alcohol.

El domingo siguiente, mientras la esperaba en el salón de mi tía, escuché a dos médicos hablando de su evolución. No tiene remedio, le decía uno a otro, los tratamientos con ella no funcionan. A pesar de ser la loca más cuerda que tenemos, en el fondo parece que no quiere curarse.

Creo que al verme interesado pararon de hablar. Se remangaron sus batas blancas y comenzaron a nombrar pastillas que terminaban en pan. Me acuerdo de ello porque me entró tremendo ataque de risa al pensar que el que las nombró debía de ser un loco más. ¿A quién se le ocurre ponerle a las pastillas un nombre terminado en pan?

Afortunadamente, Karla llegó unos minutos después y se me olvidó todo aquel debate cuando nos pusimos comparar (por enésima vez) olores con colores. No me hubiese acordado de aquello si no fuera porque hoy, cuando mi tía destapó su comida, un olor a hierba de parque inundó el comedor mientras una sopa tristísima jugaba a matar cebollinos.

Debo advertirles que este es el primer texto que escribo con tanto diálogo, es uno de los 3 cuentos que entregué ayer en la Convocatoria del Taller Literario del  Centro Onelio Cardoso, así que perdónenme por todas las posibles/probables faltas que pueda tener.  Se los dejo con la nota al margen de que cualquier sugerencia y/u opinión será más que bienvenida 🙂

Mala suerte

-Ya no estoy para perder el tiempole comenta Teresa a Marina esperando la guagua. Me cansa que se repita la historia. Un mes les doy para ver si me convencen pero nada, desaparecen en la primera semana. Ya no hay hombres interesantes en La Habana.

-Sí los hay, Tere, lo que pasa es que si gastas tu tiempo en buscarlos, no te van a aparecer jamás. A ver, ¿qué fue de la vida de ese doctor buenísimo que te rondaba?

-Nada mija, ya tú lo dijiste, médico, no tenía un kilo donde caerse muerto, y yo tengo 2 niñas que alimentar. Solo de amor no vive el hombre.

-Pero mamita, contigo no hay quien pueda. ¡Si me dijiste el otro día que te encantaba!

-Sí, pero eso fue antes de conocer a Fernando.

-¿Y quién es el Fernando ese?

-Un taxista, hace ruta de La Habana a Guanabacoa. Gana una pila. Lo conocí un día que me monté en su carro. Si te cuento lo que me pasó ese día… ¡Qué pe-na! se me había quedado el monedero en la casa y no tenía un kilo para pa´ pagar el taxi. Menos mal que me dijo que si yo quería me cobraba el pasaje con una salida. Tú me conoces, a caballo regala’o… Le di mi teléfono y me llamó esa misma noche para ir a comer al otro día. Me llevó a La Guarida. Mima, si tú llegas a ver ese restaurante te mueres. Nooo, y no te hablo de los precios de los platos, con lo que se gastó Fernando me compro la comida de 2 meses. ¡Alabao!

-Pero Tere, ¿tú no me estabas diciendo hace 5 minutos que no hay tipos interesantes en La Habana? ¿Te peinas o te haces papelillos?

-No Marina, no, si Fernandito era de lo más “interesante”. Lo que yo no sabía es que también era casado. ¡Yo lo que tengo es un chino atrás! No me encuentro con uno que sirva. Primero Manolo, ¿te acuerdas de Manolo? Bueno, pues ese Manolo me rompió la boca un día porque le dije que no quería cocinar. ¿Mentira dices? No mima no, verdad verdadísima. ¡Si hasta me partió un diente! Eso que te dije del pelotazo en la cara de los chiquillos de enfrente fue pa’ que no te preocuparas. Manolo era un animal. Rafa, el que vino atrás, a ese tú no lo conociste, era todo lo contrario. Cariñoso a morirse. Imagínate tú, era artista. O como él decía: un espíritu libre. Tan espíritu libre era que se metió a maricón. No confíes nunca en los artistas Marina, te lo digo de corazón. Ni en los militares, esos son los peores. Mira a Josefa, casada con un teniente hace 5 años. ¿Y el marido? siempre perdido. Que si una reunión, que si un despliegue… muela, muela bizca. Ese seguro tiene otra mujer regá por ahí. O sino dímelo a mí, que una vez cogí a Yoslandry en lo mismo. Qué rato más malo ese día, Marina. Qué manera de llorar. Y como él hablaba de las mujeres… decía que yo era un sol porque jamás le pedía nada y nunca se me había ocurrido salir sin él. A las otras, a las mujeres de sus amigos, las llamaba “caras” y “nocturnas”… descara’o. Al final terminó con la pelandruja esa que, me lo dijeron de buena tinta, le pega mil tarros. Me alegro. Por chanchullero. Si cuando yo te lo digo… mala suerte es poco. Voy a tener que ir al babalawo de la esquina a ver si me hace una limpieza.

-Pero de qué hablas, mujer, ¡si tú eres católica! Como se entere el padre Juan te descomulga. Eso no lo digas ni en juego. Vas a ir tú a esos brujeros a qué, ¿a que te tumben el dinero? Solavaya. Tú lo que tienes que es ir este domingo a la iglesia y pedirle a Diosito que te consiga un marido. Ya de paso lo pides con casa, que no es fácil empatarse con alguien y que al cabo del tiempo te quiera tumbar la tuya. Mira a mi vecina, la está pasando negra con el delincuente ese de su marido. Y yo se lo advertí, se lo dije siempre: Catalina, ese hombre no es trigo limpio, mira como tiene a su mamá en un asilo. Pero no me hizo caso, y cómo está ahora, volviéndose loca en los tribunales. Así que ojo… si vas a pedir, pide bien. Mira, ahí viene la guagua, apúrate que se te va.

Luego de unos minutos, los tacones de Teresa se arrastran por una calle sucia de la Habana Vieja. Mientras habla ensimismada con el de arriba pidiéndole señales, Fernando, su ex-taxista, la choca contra el parabrisas. En el hospital solo distingue batas blancas. Un médico con cara de pobre diablo le sostiene la mano. Con la ternura en los ojos, la conecta a duras penas a la máquina de oxígeno que le quita a otro paciente. El médico es Carlos, el mismo hombre al que rechazó hace un mes.

Pasado un cuarto de hora, una explosión de luz ilumina el hospital. En el cuarto de Teresa, la máquina hace bip.

Ya en el velorio, Marina reparte sus condolencias. El médico, única conquista que se atrevió a asistir a la funeraria, se le acerca con los ojos llorosos. Aparte de la bata blanca, viste el luto obligatorio. Marina lo mira con la compasión dibujada en los ojos.

-Mala suerte, decía ella que tenía. Jamás le creí. Pero vaya… un rayo seco a las 4 de la tarde hace dudar a cualquiera.

-Pues sí señora, y yo que ese día pensaba llamarla para invitarla a salir, cuando la vi me pegué tremendo susto. Imagínese usted, la semana pasada se murió un tío abuelo que tenía en España y me dejó en herencia todo lo que tenía. Una lástima lo de Teresa… tanto que me había hablado del restaurante ese al que van los artistas. ¿La Carina? ¿La Guarrina? Ni me acuerdo… era uno ahí que le gustaba. ¡Qué mala suerte!

Siempre he sido de las que piensa que en las librerías viejas -esos nidos de libros que se encuentran en un callejón perdido a las 3 de la tarde-  se encuentran tesoros y uno debe, por moralidad, hacerles una visita al menos una vez al año. Gracias a ello he descubierto, casi enterrados, alguno que otro libro de Herminio Almendros,  selecciones buenísimas de poetas latinoamericanos e incluso alcancé a rescatar del comején una edición casi moderna de Las honradas y Las impuras.

Ocurre que cuando me interesa un texto, lo abro al azar para sorprenderme. Casi siempre la casualidad me ayuda y termino complacida arrancando el libro del vendedor. Este domingo, perdida en una callejuela de La Habana Vieja, me encontré a Carilda en una de esas estanterías viejas. Error de Magia se llamaba el libro. Me demoró una lágrima pagar los poemas.

Se me ha perdido un hombre

Se me ha perdido un hombre.

Y lo busco por cifras y guitarras,
por hierbas y entrepisos,
en el cielo,
en la tierra,
dentro de mí.

Se me ha perdido un hombre.

Y me quedo temblando
como quien no come sino polvo,
como quien ya extravió la sombra.

Pero no,
que no,
que no me ayudan a buscarlo.
,¿A quién le importa si su mirada ha derrotado el
tiempo?
¡A quién le importa aquella piel
con ganas
de la luz?
¿A quién le importan unos labios transparentes
que no tuvieron hambre,
unas piernas que sólo corrían al amor?

Se me ha perdido un hombre.

Y todos ríen,
se entretienen,
sudan,
mastican
se desenvainan por las noches;
despreciativos,
inefables,
maromeros,
unánimes,
como si sólo se hubiese caído un alfiler
o la hoja más seca
del árbol del bien y del mal,
como si la muerte no hubiera entrado
a destiempo
en nuestra casa.
Y yo pensando que era demasiado joven,
que reunía láminas y piedras,
pedacitos de mundo,
hierros,
cosas del mar.
Yo pensando en su grandeza
de criatura,
en cómo miraba a Venus al atardecer,
en cómo cayó en la trampa.

Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.

Se me ha perdido un hombre.

¡Ayúdenme a buscarlo!
Pronto…
Siento frío.

Aquí no hay lámparas ni claves,
no tengo redes
ni computadoras.
no tengo flechas ni radares.

¿Dónde estás?
¿Intenta ser mi sombra el desvalido?
¿Se me ha vuelto invisible entre gusanos?

Foto: Luca Rossato

Foto: Luca Rossato

Una va por la calle pensando en lo mismo de siempre, el café, los mandados, el revolcón pospuesto de por la mañana -que venía posponiéndose desde la noche anterior porque al otro día había que levantarse temprano- cuando de repente, como salido del aire, un golpe le cruza la cara a una mujer. Y duele. Aunque no sea tu cara, sientes la mano marcándote el rostro.

Un hombre el culpable. ¿Un hombre? Un ejemplar con cromosomas XY.

Después de la impresión inicial, en la que todo sonido se diluye y solo flashazos de imágenes desfilan por tus pupilas, una comienza a reconocer los sonidos. Luego las voces.
La de ella es apenas un susurro, sus palabras solo atinan a suplicar.  En cambio él, embutido en esa superioridad ancestral que tiene por nombre machismo, grita.

Recuerdo que par de lágrimas me asomaron a los ojos cuando, a pesar de los gritos, la pobre mujer procuró mil veces disculparse.

Un hombre que estaba cerca de mí, trató de acercarse a ayudar. La realidad me sacudió el alma como un terremoto cuando, al grito de “¡Con mi marido me entiendo yo!” un par de tacones volaron cerca del rostro del defensor. Casi al mismo tiempo, el  dichoso marido le propinaba otro gaznatón. “Por meterte en mis problemas”, le escuché decir mientras levantaba el brazo, “y por puta mala”.

Después del sobresalto, el improvisado Quijote volvió sobre sus pasos rumiando imprecaciones y, no sin cierta razón, reiteró la frase cliché de que cada quien tiene lo que se merece.

Desde la esquina, contemplando el escenario, un carrusel de imágenes me pasó por la cabeza. Y lloré. Lloré por las mujeres lapidadas que se atrevieron a levantar los ojos y mirar a un hombre de frente. Lloré por esas otras que, en flagrante mutilación, les sometieron sus partes íntimas a la ablación. Lloré por las que son vendidas como esclavas, tanto sexuales como domésticas –no hay excusa posible para la esclavitud. Y por las que sus familias entregaron a un matrimonio sin amor.

Ser mujer no siempre es fácil, en muchas partes del mundo son objetos decorativos o recipientes que cargan material genético. Los perros valen más que ellas. Son más caros.

La que se arrastra al borde de la calle suplicando perdón no es una excepción. ¿Quién puede adivinar lo que le fue enseñado en su casa? ¿Quién sabe si su padre era un borracho que le pegaba a la madre? ¿O si la madre tenía 6 hijos y dependía solo del padre? Lo único real en toda esta historia, lo que se puede acuñar si es preciso, es que esa mujer es una víctima de su entorno y ese hombre un cobarde de la peor calaña.

Levantarle la mano a una mujer no hace que crezca el bulto de la entrepierna, limpiar un piso no hace que se vuelva más chiquito. La violencia, incluso entre iguales, es un acto primitivo. Con alguien que no puede defenderse, más que un abuso, es algo digno de animales.  Y que me disculpen los últimos por el insulto.

(Publicado originalmente en El Toque)

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Últimamente, de noche, me visita un escritor… o más bien un juglar de historias, que sólo escribe cuentos para enamorar muchachas. Le robó el trineo de estrellas al Principito y suele tocar a mi puerta cuando la Cenicienta se va a dormir. No soporta que lo espíen ni la Luna ni las nereidas, por eso se llena el cuerpo de algas para despistar sirenas. A cambio de besos transcribe secretos. Su precio- cual mercenario- depende de la relevancia.

La “mujer mariposa” se trató del último, me salió bien caro.
Según su relato, estos seres mágicos tienen los orgasmos con el corazón. Y los temblores del mismo son los que le vuelan el alma.

Luego de pagar cien besos me acosté a dormir. Al amanecer soñé que me nacían alas.

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Dejar ir es en la práctica más que dos palabras. Dejar ir es abrir los brazos y cerrar los ojos.

No importa cuán feliz se haya sido en la vida, en algún momento todos hemos tenido que ignorar esa sensación egoísta que nos entra con los sentimientos y aprender –casi siempre por las malas- que hay cosas que es mejor soltar.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió canta Sabina en mi reproductor y, mientras su voz ronca pone en canciones las palabras que no nos atrevemos a decir, mi tía Karelia llora.

Su fiesta de cumpleaños no terminó muy bien que digamos. Ella celebraba sus 70 sin saber que del otro lado del teléfono le esperaba una voz llorosa. El cáncer se había llevado a un familiar y, para colmo, había agravado la vejez de una tía.

Yo me enteré la última, como casi con todo en mi familia. Tarareando en casa las canciones de Joaquinito no llegan las malas nuevas. Las malas noticias son las que irrumpen en el portal a las nueve y media de la mañana. O después de las diez de la noche, cuando las porta un teléfono. Por eso, asegura mi madre, siempre es de mal gusto llamar a las casas después de la novela.

La cosa es que, para variar, me tocó el último abrazo triste, el último cuento, los últimos detalles. Después de mí toda la familia estaría enterada y nadie –al menos nadie de los de dentro- soltaría una pregunta “impropia” en algún encuentro casual.

Las preguntas, según mi propia experiencia, son el mayor obstáculo para desprender un recuerdo. Pareciera que con ellas un hilo mágico cosiera la memoria a la cabeza y cada respuesta afianzara el duelo con goma de pegar. Por eso no pregunto por nadie específico cuando saludo a alguien, me basta con un: ¿y la familia, cómo está? Las interrogantes impersonales suelen, por lo general, causar menos dolor y siempre garantizan una respuesta cortés del interpelado, incluso cuando por desmemoriados olvidamos el nombre de quien nos estrecha la mano.

Mi abuelita, por ejemplo, hubiera sabido qué palabras usar. Ella siempre sabía qué decir en el momento preciso, como si con los años viniera la legitimación del buen hablar. Desgraciadamente, el arte de la conversación y la amabilidad no es un don que se le otorgue a todo el mundo y yo jamás sé qué decir en un momento como ese. Tampoco soporto a la gente que pregunta a diestra y siniestra ¿cómo está? o ¿cómo se siente? Sólo quien no ha perdido a nadie se atreve a hacer semejantes cuestionamientos. No es mi caso, desafortunadamente.

La muerte de un ser querido es, de alguna manera, el certificado de defunción de una parte propia y sin embargo, con cada grano de tierra que cae encima del ataúd se van desenterrando recuerdos. Un poco jodido eso de que la memoria se avive con estos acontecimientos, pero ¿alguien ha dicho que la vida sea justa?

Aprender a dejar ir el cuerpo, creo leí en algún libro una vez, es el ejercicio apropiarse de los sentimientos. Al fin y al cabo, los que no deben morirse nunca son los recuerdos.

(Publicado originalmente en El Toque)

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Hace poco, en uno de esos conciertos a los que uno va por casualidad, porque un amigo te llama a última hora para avisarte que no tiene con quien ir, tuve una epifanía: Más que melodía, la música es a la memoria como una máquina del tiempo a la vida.

Y es que a veces un fragmento de canción te devuelve sensaciones que considerabas perdidas, pedazos de memorias olvidadas, el sabor de un dulce específico que tu abuela cocinaba cuando eras niño, el olor de esa persona por la que morías… una etapa de la vida en la que, simplemente, eras más feliz.

Aquella tarde, en el dichoso concierto, esos recuerdos los trajo de vuelta Buena Fe. Y aunque en honor a la verdad deba admitir que en la actualidad no los atiendo mucho, durante esas benditas dos horas volví a tener 15 años. Me vi recorriendo los pasillos de esa magnífica escuela que me dio tantos buenos momentos mientras cantaba a grito pelado las mismas canciones que me enamoraron una década atrás. Me senté en los escalones del trampolín y sentí en la piel (puedo jurarlo) el frío de una madrugada de 10 grados. También lo vi a él. Volvimos, durante media hora, a repetir discusiones de viejos tiempos. Y, para no variar el siempre, el final de la pelea se convirtió en un beso.

La noche anterior había tocado Silvio Rodríguez, también estuve. La compañía, inmejorable… pero faltó gente. No estuvieron en el concierto dos de los imprescindibles.

Afortunadamente, hay canciones que al cerrar los ojos se convierten en personas. Con Silvio es inevitable. Apenas comienza a rasgar su veteranísima guitarra comienzan a aparecer fantasmas. A uno en especial le debo una parte de mi banda sonora. Fue él quien, a base de repetición, logró reconciliarme con el trovador (sí, hubo un tiempo en que no lo toleraba) y esa noche, como desquitándose de mi anterior olvido, su voz paseó las canciones regalo de toda una época. Más que lágrimas mis ojos soltaron océanos.

Por supuesto, hay otras melodías que invariablemente me dibujan una sonrisa en el rostro. Casi todas las de Teresita Fernández, por ejemplo. Cuando ponen “Vinagrito” por la radio puedo, literalmente, saborear la vainilla de los batidos-merienda que preparaba mi bisabuela para mi llegada de la escuela. Teresita me devuelve el abrazo de mi ángel de la guarda. Escuchar sus canciones es conseguir un pasaje de ida a los 8 años, cuando todavía no sabía si ser actriz o maestra.

Con Liuba María, en cambio, tengo un problema. Cada vez que pasan “Con los hilos de la Luna” rompo a llorar. Da igual cuántas veces la haya escuchado. Da igual el lugar donde la haya escuchado. En sus conciertos, cuando la toca, tengo que levantarme de la butaca. Entonces me apropio de esa letra hermosa y la hago mía. Y soy  yo quien la canta, y cambio abuelo por abuela y le pregunto mil veces si  soy al menos una parte de lo que ella soñó que yo fuera.

Mi vida, toda ella, está llena música. Y así como la mía, la de mi madre, la de mi padre, la de mis abuelos. Cada uno, sin embargo, atesora una banda sonora diferente. Música de fondo, podríamos llamarle… sería interesante lograr darle play aleatoriamente.

(Publicado originalmente en El Toque)

Los naufragios

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Y ya son...

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