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Mona, perdón, Mónica, es mi socia. No de las de siempre, porque a ella la conocí hace algunos meses, pero socia al fin y al cabo, que compartir cervezas e historia es lo más cercano a crear lazos en estos tiempos.
El texto a continuación es de ella. No obstante, más que suyo, es nuestro… de nosotras.

***

Una definición muy personal de violencia de género: ver a una persona corriendo hacia a ti en la noche, no saber si es hombre o mujer -porque no ves bien de lejos, menos de noche-, pensar que puede ser hombre, asustarte, paralizarte, empezar a pensar en qué dirección huir, cómo defenderte, todo eso en un instante, y ya cuando está a dos metros, darte cuenta de que es una mujer, mirarse, reírse, porque sin decir nada ambas entienden lo que pasó, ella entiende tu miedo y no se ofende, ella sigue corriendo, tú te sientes segura de nuevo, y te quedas pensando cuándo sentiste por primera vez miedo a los hombres, cuándo aprendiste a asociar caminar sola en la noche y encontrarse a un hombre o grupo de hombres con peligro o amenaza, no saber cuál es la respuesta, creer que ese miedo existe desde que tienes conciencia de que eres una mujer, cuando escuchabas de niña que las niñas se sientan con las piernas cerradas y se ponen shorts debajo de las sayas, que las hembras no juegan con los varones, que las niñas son flores, que los niños no deben pegar a las niñas -no que no deben pegar a nadie sino, sobre todo, que no deben pegar a las niñas-, creer que descubriste que eras una mujer el día en que empezaste a entender que tenías que protegerte de los hombres y, por tanto, tenerles miedo, descubrir, en la medida en que te conviertes en una mujer adulta, que las mujeres que intentaban enseñarte a protegerte, a prepararte para el peligro, desde que eras una niña, tenían razón, ahí molestarte contigo, con ellas, indignarte, aprender a quedarte callada y mirar al suelo y apurar el paso cuando un grupo de hombres empieza a “piropearte”, o cuando te pasa uno por al lado y de pronto se acerca a tu oído y te dice una atrocidad, que si otro hombre extraño se la dijera a él al oído en la calle le partiría la cara a trompones, tener que cambiar tu ruta porque de pronto te encuentras un hombre haciéndose una paja, lo mismo en un banco de Quinta Avenida, que en un banco de la Avenida de los Presidentes, que acostado en el césped como si estuviera en la playa, aprender también a rebelarte, a confrontar a los hombres que se hacen pajas en los espacios públicos por los que pasas, que se la sacan cuando tú pasas, porque tienes que defender que las calles también son tuyas, reclamarles, exigirles que se la guarden, que se vayan a otro sitio, que vas a llamar a la policía, salir corriendo cuando te amenazan con caerte atrás, no olvidar nunca que los hombres son físicamente más fuertes y que los policías nunca están cerca de calles oscuras donde hay hombres que se hacen pajas, ni siquiera si esa calle es una de las principales avenidas de la ciudad, sobreponerte a tu miedo cuando te levantan el vestido en medio de la calle de día y te tocan las nalgas, como si tu cuerpo no mereciera respeto solo por ser el cuerpo de una mujer, caerle atrás al cobarde durante una cuadra y gritarle como una loca eso, cobarde, y que él nació de una mujer, que las mujeres se respetan, quedar ronca de tanto gritar lo mismo, llorar de impotencia por haber tenido que contener las ganas de abofetearle, porque el cobarde no debía tener más de doce años y tú piensas que a pesar de todo es apenas un niño y no puedes atacarle, seguir tu camino a poner flores a tus muertos al cementerio como si nada hubiera pasado, porque eso es lo normal, que los hombres te agredan una y otra vez es lo normal, que no importa si estás triste, si vas a una fiesta o a un velorio o al cementerio, lo que tú sientas no importa porque eres mujer, y ser mujer significa que los hombres pueden hacer de ti lo que quieran, en el momento que quieran, que no eres dueña de tu cuerpo, ni de tu vida, ni de tu suerte, ni de tu ánimo, vivir defendiendo tu derecho a ser tratada con respeto por los hombres que te conocen y los que no te conocen, sin importar cómo luzcas, cómo te vistas, cómo camines, cómo hables, cómo comas, cómo bailes, cómo mires, cómo ames, saber lo que es sentir miedo solo por ser mujer, pero no dejar que ese miedo tan funcional a la violencia te impida ser genuinamente libre. Feliz 2019 a todas mis amigas mujeres, espero que cada vez nos sintamos más acompañadas entre nosotras.

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Carilda Oliver

Carilda Oliver Labra (1922–2018)

Y pasa que entro a Facebook y siento que se me abre el piso. Carilda: la puta, la poeta, la rubia, la mujer, la que me sacó y secó las lágrimas durante estos casi 30 años, la que me estremeció el cuerpo con los versos a la madre, la que me hizo un ovillo con los poemas al padre, murió hoy por la madrugada. Se consumió el erotismo de la que tenía ojos verdes. A la hembra que se desordenaba con las lanzas de los Quijotes, se le apagó la luz en una sofocante madrugada de agosto.

Y yo, que siento su muerte como si se me hubiera muerto una hermana, la lloro mientras pienso en los libros que me llenan el cuarto con su poesía. No hay Error de Magia que salve este momento. Una mujer escribe, o intenta escribir estas líneas Con Tinta de Ayer y al apretar con las manos las diminutas teclas de la computadora, un frío la recorre Al Sur de la Garganta. Y es que, cómo escribir sobre la muerte de quien puso los versos en estos ojos. Cómo homenajear a quien vivió su vida hecha poema. Esta es una Noche para dejarla en testamento, El cielo indefeso tiene La luna en el suelo mientras Cien sonetos ensayan un Discurso de Eva que unas manos blancas, sin hijos y con gatos, dibujaron una mujer Prometida al fuego.

Vivió su vida entre hombres y palabras sueltas. Abogada de la suerte, por título y vocación, defendió las causas en las que creyó siempre. Jamás le importó que la llamaran puta. Ella era más que eso. El erotismo hecho mujer, eso era Carilda. Con sus Poemas para no envejecer desafió a la muerte. De alguna manera, ella no ha muerto. Sus Huesos alumbrados permanecerán inmunes, eternos… como un Temblor bajo la piedra. Y un día cualquiera, A la una de la tarde, un poema ajado volará de alguna mano para caer en los labios de alguien que besa.

La poeta no ha muerto. Larga vida a sus versos.

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Y pasa que a veces, como al azar, aparecen unos versos en libros de nadie. Y una los recoge, los limpia de polvos y se los prueba. Algunas veces son muy grandes, otras pequeños… las palabras no se ajustan al cuerpo como las telas de spandex.

Sin embargo, hay días en que ya con verlos una sabe que son de su talla. Estos parecieran hechos a mano.

 Qué dicen

Dicen que a las brujas
nos afecta la noche
dicen que a las putas
nos afecta el silencio
dicen que a las madres
nos afecta la ausencia
que a las amantes
nos afecta el olvido

Y que a las hembras
nos afecta la luna

Dicen que a las mujeres
nos evade la lógica
transcurrimos dicen
empapando pañuelos

Dicen que estas lágrimas
son un aguacero
se precipitan
nublan lo cercano
velan lo lejano

Dicen más
dicen que esas nuestras lágrimas
son de cocodrila

las enjuga el viento
las lava el olvido

Suelen decirlo otros
Dicen tantas cosas

Qué es lo que decimos
aún me lo pregunto

vive un nuevo siglo

Y no lo escucho claro.

Arabella Salaverry
(Managua, Nicaragua, 1946)  Reside en Costa Rica
de Chicas malas, Uruk Editores, San José, 2009

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Ilustración: Néstor Blanco

Cuando era niña, recuerdo que pensé en más de una ocasión que quería ser varón. No me gustaba andar en vestidos —es imposible subir a los árboles con vuelos en las rodillas— y odiaba que me dijeran “las niñas no juegan a la pelota”. Con lo buena que era yo con un guante en la mano.

En mi casa, las reglas implícitas era que las niñas jugaban a las casitas y los varones afuera. Si uno de ellos se raspaba las rodillas y le saltaban las lágrimas el lema era “los hombres no lloran”, en cambio, nosotras teníamos permitidas las lágrimas a rienda suelta.

A medida que fui creciendo, quizás en rebelión abierta o peor, simplemente porque en mi barrio no había otras niñas, jugar con los varones, a sus juegos, se me hizo más que posible. Con seis años aprendí a jugar bolas y ya con ocho, aprovechando mis manos largas, tenía la colección más grande que cualquier otro muchacho en dos cuadras a la redonda. Mis rodillas siempre estuvieron llenas de arañazos y mi mamá me curaba los raspones con el mercurocromo de la época.

La verdad es que jugué más a las escondidas que a las casitas, y no me arrepiento. Me sentía libre corriendo y aunque tuve más de un esguince por los patines y la bicicleta, disfruté mi infancia en un ambiente más o menos libre de prejuicios.

Por supuesto que tuve barbies y juegos de cocina. Las primeras eran trasquiladas o utilizadas como material forense (me encantaba la idea de abrirlas para ver de qué estaban hechas) y con los otros aprendí, gracias a mi abuela, a preparar dulces imaginarios mientras ella aportaba unos más reales. Vale la pena aclarar que el batallón de niños del barrio se prestaba a jugar conmigo a lo primero mientras se comían los segundos.

Cuando llegué a la adolescencia, sin embargo, comenzaron los “esta niña se va a volver marimacha”. Ya no se veía “normal” que me pasara las tardes trepada a los árboles. Las muchachas debían estar ensayando peinados para los quince o imaginando vestidos y maquillajes. Nunca encajé. Creo que en parte fue porque nunca me gustó peinarme.

Después, el pre. Y mientras las novias les lavaban las camisas a los novios, porque era lo que supuestamente hacían las buenas novias, llegó la negación. Cada vez que alguien decía que algo “no era para mujeres”, yo me empeñaba en demostrar lo contrario. Así aprendí a jugar fútbol y baloncesto.

La CUJAE llegó más tarde y, en medio de una universidad donde la mayoría son hombres, y en la cual te sueltan con naturalidad que las carreras de ciencias están hechas para “el sexo más fuerte”, tuve que aprender a ripostar de la misma manera. Quien se atreva a decir que las mujeres no son buenas en programación que hable con el montón de programadoras rankeadas en todo el mundo.

Actualmente, no cambio por nada mi condición de mujer. Me aferro a ella como María Silvia a la bandera.  Y aunque es cierto que en Cuba se ha avanzado mucho respecto al tema —la cantidad de mujeres en puestos directivos va creciendo y ya resulta más común ver a mujeres en puestos otrora típicos de hombre— todavía quedan aspectos en los que se debe trabajar.  Los roles heredados de siglos anteriores siguen inculcando al mundo la idea absurda de que la responsable de mantener el hogar limpio y la mesa servida es la mujer, mientras tanto, los hombres deben procurar los alimentos y el dinero necesario para la subsistencia.

A ver si aprendemos esto: la mujer no es más mujer porque se quede en la casa con los niños. La mujer no vino al mundo sólo para ser madre.

Tampoco es menos porque decida trabajar de árbitro, pelotera o futbolista. Una mujer no se hace en la cocina, o lavándole los calzoncillos al marido. La que decide ser ama de casa tiene el mismo valor que la que se deja la piel en el trabajo.  Así de simple… con todo el derecho del mundo a poder escoger.

Basta de cánones absurdos, de roles definidos. Es hora de dejar atrás los prejuicios inútiles que, incluso entre nosotras mismas, permean el sentido práctico. ¿Qué importa quien friegue en casa? Todo el mundo come, ¿no? Ya no estamos en la Edad de piedra, dejemos de actuar como cromañones. No basta con celebrarnos el 8 de marzo, el día de la mujer no es uno solo.

Publicado originalmente en El Toque.

Imagen: Igor Morski

Imagen: Igor Morski

Cuando una mujer mira a un hombre (o a otra mujer) y le dice que lo/la perdona, que todo está olvidado, miente.
Las mujeres no olvidan, archivan.

Foto: Luca Rossato

Foto: Luca Rossato

Una va por la calle pensando en lo mismo de siempre, el café, los mandados, el revolcón pospuesto de por la mañana -que venía posponiéndose desde la noche anterior porque al otro día había que levantarse temprano- cuando de repente, como salido del aire, un golpe le cruza la cara a una mujer. Y duele. Aunque no sea tu cara, sientes la mano marcándote el rostro.

Un hombre el culpable. ¿Un hombre? Un ejemplar con cromosomas XY.

Después de la impresión inicial, en la que todo sonido se diluye y solo flashazos de imágenes desfilan por tus pupilas, una comienza a reconocer los sonidos. Luego las voces.
La de ella es apenas un susurro, sus palabras solo atinan a suplicar.  En cambio él, embutido en esa superioridad ancestral que tiene por nombre machismo, grita.

Recuerdo que par de lágrimas me asomaron a los ojos cuando, a pesar de los gritos, la pobre mujer procuró mil veces disculparse.

Un hombre que estaba cerca de mí, trató de acercarse a ayudar. La realidad me sacudió el alma como un terremoto cuando, al grito de “¡Con mi marido me entiendo yo!” un par de tacones volaron cerca del rostro del defensor. Casi al mismo tiempo, el  dichoso marido le propinaba otro gaznatón. “Por meterte en mis problemas”, le escuché decir mientras levantaba el brazo, “y por puta mala”.

Después del sobresalto, el improvisado Quijote volvió sobre sus pasos rumiando imprecaciones y, no sin cierta razón, reiteró la frase cliché de que cada quien tiene lo que se merece.

Desde la esquina, contemplando el escenario, un carrusel de imágenes me pasó por la cabeza. Y lloré. Lloré por las mujeres lapidadas que se atrevieron a levantar los ojos y mirar a un hombre de frente. Lloré por esas otras que, en flagrante mutilación, les sometieron sus partes íntimas a la ablación. Lloré por las que son vendidas como esclavas, tanto sexuales como domésticas –no hay excusa posible para la esclavitud. Y por las que sus familias entregaron a un matrimonio sin amor.

Ser mujer no siempre es fácil, en muchas partes del mundo son objetos decorativos o recipientes que cargan material genético. Los perros valen más que ellas. Son más caros.

La que se arrastra al borde de la calle suplicando perdón no es una excepción. ¿Quién puede adivinar lo que le fue enseñado en su casa? ¿Quién sabe si su padre era un borracho que le pegaba a la madre? ¿O si la madre tenía 6 hijos y dependía solo del padre? Lo único real en toda esta historia, lo que se puede acuñar si es preciso, es que esa mujer es una víctima de su entorno y ese hombre un cobarde de la peor calaña.

Levantarle la mano a una mujer no hace que crezca el bulto de la entrepierna, limpiar un piso no hace que se vuelva más chiquito. La violencia, incluso entre iguales, es un acto primitivo. Con alguien que no puede defenderse, más que un abuso, es algo digno de animales.  Y que me disculpen los últimos por el insulto.

(Publicado originalmente en El Toque)

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Estar soltera y sin hijos rayando los 30 es, en algunos círculos sociales, un estigma. Y lo sé porque desgraciadamente (o afortunadamente) entro en ese grupo. Para muchas madres y/o mujeres de cierta edad -me refiero expresamente a la generación antecedente a la mía- yo soy lo que se dice “un bicho raro”, sobre todo cuando les anuncio sin tapujos que no, no me interesan los niños todavía y estar soltera es simplemente una decisión.

Y es que, en realidad, estar soltera no implica necesariamente estar sola. Tengo un trabajo que me hace feliz y mis amigos llenan esa parte social que todos necesitamos. Incluso afirmo, aunque vuelva a caer en el cliché, que a veces es mejor estar sola que mal acompañada.

¿Que no tengo pareja por el momento? ¿A quién le importa? A mí precisamente no, a veces es necesario tomarse un tiempo para uno mismo con el fin de saber exactamente qué es lo que se quiere, o adónde se quiere llegar. Una pareja no es algo a tomar a la ligera. Sobre todo en estos tiempos. Una buena amiga, de esas con 30 y sin hijos todavía, ondea como bandera que lo importante en una relación es hacer equipo;  yo la apoyo en un 105%. Ella, por ejemplo, encontró al perfecto compañero. Y es feliz. Yo también lo soy por ella. Sin embargo, aunque sé perfectamente que tener a alguien al lado con quien se pueda contar es una de esas cosas placenteras en la vida, no estoy apurada… lo que tenga que venir, vendrá. Y si no viene, pues no pasa nada, mi felicidad no depende de otros, yo soy una naranja completa.

Respecto a los hijos, bueno, ese tema es aún más delicado. Todo aquel  que ya tiene uno (la mayoría por estas edades) siempre hace la misma pregunta: “¿Y tú para cuándo te embullas?” Como si tener un niño fuera tan fácil como mandarlo a buscar con la cigüeña.

Hay personas que nacieron para ser padres, hay otras que no. Tener hijos no es lo único que se puede hacer en la vida. Yo, particularmente, quisiera uno, tal vez dos, pero no tengo prisa. Todavía no me derrito cuando veo un bebé por la calle. Todavía lo primero que me viene a la mente cuando me hablan de niños es la cantidad de pañales que hay que comprar. Además… primero tendría que encontrar un padre, ¿no?

Quizás, como me recuerda mi familia -a diario- me he vuelto un poco cínica y/o exigente con los años. Quizás no. A lo mejor solo es una de esas etapas existenciales por la que pasan las mujeres “raras” como yo. Porque si de algo estoy segura es de que no estoy sola. Las que rondamos los treinta solteras y sin hijos somos un grupo de “fenómenos” que pisan las calles de Cuba, cada vez más fuerte, cada vez más seguras.

Eso de la pareja perfecta es una fantasía de Hollywood para que sigamos enganchados a sus películas. En la vida real, para conocer al príncipe, primero hay que besar muchos sapos.

(Publicado originalmente en El Toque)

mujeres

Foto: Ángel Vázquez

Dice mi abuelo que hay dos tipos de hombres: Los que dicen que se masturban y los mentirosos. Con las mujeres –y estoy revelando secretos- no pasa igual.

A las mujeres se nos enseña desde que aprendemos a hablar, que los hombres –sólo los hombres- tienen “necesidades básicas” que satisfacen mediante actos prohibidos a las señoritas.

Y es que sí, nosotras las mujeres hemos defendido a capa y espada el derecho a la igualdad, sobre todo en las áreas laborales y domésticas… pero, siempre hay un pero en estos casos, ¿quién ha luchado por la igualdad en el sexo? ¿Por qué un acto tan natural como la masturbación, en el cual el comienza a despertar el instinto sexual del individuo, es un tema tabú al sexo femenino?

Un hombre que admite que se masturba no causa ruido en el sistema.

Si una mujer reconoce públicamente que “se toca”… se armó la hecatombe, el apocalipsis llegó adelantado.

La situación, lamentablemente, no cae en sectores poblacionales, es algo que va más allá, como una especie de Ley Mordaza. Incluso en mi grupo de amigas hay quien jamás se ha acariciado.

Hay una frase muy gastada que usan todas las redes sociales (perdónenme el cliché, pero le viene como anillo al dedo al tema): Para amar a alguien tienes primero que amarte a ti mismo.

Una frase tan simple no tiene manera de ser malinterpretada: para querer a otros, quiérete a ti. Conoce tu cuerpo. Descubre tus cosquillas. Aprende a vivir con cada imperfección y acéptate tal y como eres. No dejes que nadie te imponga reglas preestablecidas. Lo que te gusta debes saberlo, lo que no, aprende a decirlo. Tu cuerpo, tus reglas.

No hay nada más exquisito que poder decirle a tu pareja lo que quieres que te haga, no hay necesidad de esperar tres semanas para llegar un orgasmo. Si lo hace bien, felicidades, si no… pues terminas tú, que para eso eres un ser independiente.

Y ojo, que también hay suplementos… existen los vibradores, los anillos, las bolas mágicas (no me pregunten por el nombre, investiguen). Miles de artefactos y juguetes fueron creados por personas más listas que nosotros con el fin de un disfrute sano. Porque sí, no es ninguna “tentación maligna” probar. Mayor incluso puede venir el placer si entre dos (o 3 o 4, ya eso es decisión propia) descubren sensaciones juntos.

La masturbación no tiene por qué ser un acto solitario ni exclusivamente ligado a la adolescencia, puede convertirse en juego.

Lo importante es no tener miedo, librarse del qué dirán. Total, dentro de las cuatro paredes que conforman una casa, o un dormitorio, o un baño, quien opina lo que está bien o está mal es uno mismo.

La naturaleza tiende a ser sabia. Y quizás pensando en nosotras (al fin y al cabo ella también es “la”) nos dotó con un órgano exclusivamente vinculado al placer. ¿Por qué no utilizarlo? Al fin y al cabo, es una mentira grande esa de que la curiosidad mató al gato.

(publicado originalmente en El Toque)

Y hoy, que el frío llena las calles en una Habana gris que espera la lluvia, el tiempo se ofrece cómplice para la poesía. Un #MiércolesDeVersos que logre la sonrisa (o el calor, que es más bienvenido).

IRONÍAS Y OTRAS VERDADES I

El hombre es absurdo
y suele medir su felicidad
en centímetros.

Normalmente dieciocho
es una buena medida
para agrandar la autoestima.

La mujer, más inteligente
la mide en kilómetros
y si no estás
folla con otro.

Y a su autoestima para llenarse
le bastan menos centímetros.

Cuestión de conformismo.

La jaula

Fotografía: Leila Amat

¡Qué niña más bonita! Eres una princesa. Dale un beso a la amiga de mamá, me da igual que no quieras. No te preocupes si los niños te tiran al suelo, es que les gustas. ¡Qué graciosos los niños, levantándoles las faldas! Son cosas de niños. No seas tan bruta jugando, pareces un niño. Las niñas mayores no lloran. Tienes que ser buena. Las señoritas no gritan. Calla. Mira qué guapa, con tu pelito arreglado. Si te ven jugar con los chicos te llamarán marimacho. Qué bonita eres. Las niñas son muy complejas. No te preocupes si te tratan mal, es que te tienen envidia. Las niñas sois más listas, ellos siempre juegan, mientras que vosotras estudiáis. Deja de quejarte. Los videojuegos son de chicos. Los coches son de chicos. Las cocinitas son de niñas. Judo no, mejor gimnasia rítmica. Las niñas siempre son más educadas, tan calladitas. ¿Informática? ¿No prefieres bailar? ¡Con lo guapa que estás con falda! No te vayas con nadie que no seamos nosotros. Ten cuidado. No cojas nada de nadie. Hay hombres muy malos. ¿Tienes novio? ¿Ya? ¿No tienes novio todavía? Estás siempre rodeada de chicos, calientapollas. Me he enterado de que se la chupas a tu novio, puta. Llama para que te recoja. Pide a tus amigos que te acompañen. Ten cuidado. No vuelvas sola. Así vestida pareces una mojigata. Así vestida pareces una puta. Si no querías que te mirase, ¿para qué llevas escote? Si no querías que te tocase, no haberme calentado. ¿Qué pasa, tienes la regla? Bailas así para ponerme, andas así para ponerme, me miras así para ponerme. ¿Vomitas para adelgazar? Qué superficial, la belleza está en el interior. Eh, tío, ve a por la amiga gorda, son más fáciles porque están desesperadas. Te los follas a todos, zorra. ¿Aún virgen, frígida? Estás buenísima. No te toco ni de coña. ¿Ser madre? ¿No eres demasiado joven? ¿No eres demasiado vieja? ¿Es que no tienes ambición? ¿No quieres ser madre? Eres demasiado joven para saberlo. Vas a perderte lo más importante en la vida de una mujer. Te maquillas demasiado para venir a clase. ¡Ay, si te arreglaras un poco! Vosotras lo tenéis más fácil, con enseñar teta está todo hecho. ¿Qué hay para cenar? ¿Qué hay para comer? ¿Dónde están las toallas? ¿Me has planchado la camisa? ¡No queda nada en la nevera! Ahora no puedo hablar, tengo cosas que hacer. Deberías agradecer que te mirasen. Lo que daría cualquier hombre por tener ese poder. Si te mira otra vez le doy. ¿Después de tanto tiempo, me dices que no quieres nada conmigo? Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos, ellos siempre piensan en lo mismo. Ese tío te trata bien, ¿qué más quieres? Eres tan borde porque te falta un buen polvo. No te pongas histérica, era una broma. Qué rápido te ofendes, no aguantas un chiste. Deja de llorar ya, coño, que eres mayorcita. No me digas eso delante de mis amigos. No te pongas esa falda si no estoy yo, joder. No salgas hasta tan tarde. No discutas conmigo en público. ¿Te violó? ¿Y tú qué le dijiste? ¿Qué llevabas puesto? Algo harías. Joder, no te puedo decir nada. Calla, estoy hablando con mis amigos. ¿Otra vez no quieres sexo? Si no fuera por mí, tú no tendrías nada. Si no fuera por mí, tú no serías nada. Te quiero, nena, por eso te protejo. Te quiero nena, no me dejes. Eres una mala madre. Eres una mala esposa. Eres una mala amiga. Que no me dejes, o hago una locura. Estoy harto de tus movidas. Deja de ponerte histérica. Me tratas tan mal que me pongo nervioso. Que no me dejes, joder, o te mato.

Aparece muerta…

Tomado de “Qué niña tan bonita“, de Ro de la Torre.

Los naufragios

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Y ya son...

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