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Mil veces me ha pasado, el tiempo se me escapa de las manos como si en medio de una playa me pusiera a jugar con arena. La sensación esa de nadar, allá donde no se da pie y sumergirse a tocar el fondo para sacar a la superficie un poco de arena mojada -la prueba tangible de que se llegó al final- y que solo se vean en la luz par de granos mojados… esa es la sensación que tengo cuando no me alcanza el tiempo.   

Es frustrante.

Por mucho que quiero estirar los días, siguen teniendo 24 horas, de las cuales yo duermo (o al menos trato) 8. El trabajo, el bendito trabajo que hago, se lleva otras 8 y, aunque lo que hago me emociona, siento a veces que, o no lo aprovecho lo suficiente, o no me alcanzan las horas para hacer lo que quiero. Una cosa complicada esta de trabajar detrás de la computadora. La programación usualmente se ama o se detesta, no obstante, en algunas ocasiones, los sentimientos se mezclan.

Después de leer lo escrito anteriormente me acabo de dar cuenta de que me pasé un párrafo hablando de una cosa que a casi nadie le importa, así que perdón.

Lo que en realidad quería decir, por lo que empecé a escribir este texto, es que, a pesar del tiempo que no te doy, en esos minutos extras que deja el transporte, la familia, el sueño y el trabajo, te extraño. Y cuando escribo te, me refiero a tantas personas que pido disculpas de antemano.
A mi hermana postiza, que aunque no lee este blog, tiene un riñón extra si le hace falta. A mi papá y mi hermano, que más que dos, son uno. A los que se fueron. A los que se van. A los que volvieron. A los que no volverán. Y a ti, que sabes que esto es contigo aunque no te mencione.

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Oli siempre me dijo que le gustaban porque, además de ser hermosos, no tenían espinas. 
“No te hacen sangrar, mi niña… las cosas bellas que no hacen daño son muy escasas”.

Yo, por si acaso, llevo uno sobre la espalda.

Decir BASTA, así, con mayúsculas y en negrita. Ponerle stop a la autocompasión y dejar de echarse la culpa. No lo enseñan en la escuela, pero es lo primero que hay que aprender cuando una historia se acaba.

Ilustración: J. Félix Castro

Marta, mi vecina, es una de las que no acaba de enterarse. Es el tipo de persona con el clásico complejo de mártir que hace que se deprima cuando una relación llega a su fin. Termina con sus parejas casi mojando el piso
— juro que esa mujer suelta más agua por los ojos que una presa rota. Y para colmo, convencidísima de que no va a volver a ser feliz en la vida.

Claro, parte de esa idea que le ronda la cabeza la sembró ahí el hijo de (no, su madre no tiene la culpa) del ex. Ojo, Marta es mi vecina/amiga y yo tomo partido en estos casos.

El muy ¨ingenuo¨, asumiendo o esperando un cambio, la llevó hasta las pastillas; recetadas por un médico, pero pastillas de todas formas. Depresión clásica, fue el dictamen. Era su culpa — la de Marta- — , que se hubiera alejado de sus amigas. ¿Noche de chicas? ¡No, qué va! Ese es un invento europeo para el cual los latinos no estamos preparados. Mujer mía no sale a la calle sin mí.

Vaya, todo un clásico.

Desgraciadamente, Marta, acostumbrada/adaptada e incluso dedicada a un patriarcado familiar, siempre vio esos ¨detalles¨ como pequeñas manchas de sol y, quizás harta de nuestras intervenciones, nos fue haciendo a un lado como quien comienza a dejar la ropa sucia en el sillón del cuarto. Uno sabe que está ahí, pero no se anima a recogerla todos los días.

En fin, incluso después de toda una historia de terror y misterio, todavía hoy persiste en la idea de que todo fue culpa suya. “Pude haberme esforzado más”, repite como mantra, y yo, que tengo la paciencia limitada, volteo los ojos para no pegarle un grito.

Las relaciones, le digo aunando los restos de calma que me quedan, muy pocas veces se acaban por culpa de una persona. Si dos la empiezan, dos la terminan.

A veces es tan simple como querer cosas diferentes en la vida; otras, la diferencia de caracteres hace que sea imposible la convivencia… en las más, se rompe la historia porque se acaba el amor. Casi siempre esto le sucede a uno de los dos, pero también es sabido que en estos casos hay que hacer como con la ruleta rusa: o todo o nada.

Lo más terrible es seguir con alguien “porque no quiero que sufra”, esa es una idea de piedad enfermiza. Estás haciéndole perder tiempo a todo el mundo. Cada persona merece ser el héroe en la historia de alguien, no solo el premio de consolación. No te conformes. Ni dejes que se conformen contigo. Aunque parezca cursi y trillado (cosa que no deja de ser cierta), estar enamorado de alguien y sentir que te corresponde de la misma manera es una de las mejores cosas del mundo.

No dejes que te lo cuenten, pero tampoco te tragues los finales felices de Hollywood. Las relaciones de pareja no son perfectas, pero para lo que NO fueron hechas es para hacerte sufrir.

mujer-relajada-en-un-columpio_1232-1284.jpg

Wise men say
Only fools rush in
But I can’t help falling in love with you
Shall I stay?
Would it be a sin
If I can’t help falling in love with you?

Ann es de esas mujeres que no sabes aún si llamarlas niñas. Se pierde en las canciones como si su cuerpo se volviese melodía. Ayer me la encontré en un acorde de Elvis Presley… aparecía y desaparecía en los estribillos…

Me he(as) descubierto.

Se escaparon las palabras de mi boca.

Dije que(te) quiero.

original

Sucede que el tiempo, de vez en cuando, sí que regresa. Y desde el mismo punto en el que le diste pausa, comienza de nuevo, como si nunca se hubiera detenido. Con los amigos y la distancia tiene un acuerdo, cuando la segunda se acorta, pone un rewind al casette (de esos con cinta) y cuando el abrazo es preciso, le pulsa “play” a los besos.

 

Hace varios meses que no entro a mi casa antes de las 8 de la noche: el trabajo, el transporte, la distancia … Por x o por y, las luces de mi terraza sólo se prenden después del noticiero. Antes, solían esperarme inquietas, irradiando luz. Como uno de esos cocuyos que sirven de guía cuando la noche aparece. Al bajarme de la guagua, sabía que él estaba esperándome gracias al leve titilar del bombillo que asomaba por la ventana.

Nosotros habíamos empezado a vivir juntos casi por casualidad. Él no tenía dónde quedarse y a mí una amiga me ofrecía cuatro paredes como quien le regala un juguete a un niño. ¿Quieres venirte a vivir conmigo? le había soltado a bocajarro mientras él, más aturdido que sorprendido, me respondía que no con la misma naturalidad con la que se llevaba el cigarro a la boca.

Juro que en ese momento pensé que había esquivado una bala. La pregunta había saltado a mis labios sin antes haberla procesado el cerebro. ¿Vivir juntos cuando apenas nos conocíamos? ¿cómo se me había ocurrido semejante idea? Por supuesto, a la semana ya estábamos compartiendo cama. Y yo andaba por las calles columpiándome con las nubes.

Así son todos los comienzos, claro está… según Iribarren “enamorarse no tiene mayor mérito / lo realmente difícil/ -no conozco ningún caso-/ es salir entero/ de una historia de amor”.

Porque así es, los finales siempre son más difíciles que los comienzos. Por ejemplo, aquella luz del edificio que titilaba, desapareció un día. Y con ella, una parte de mí. La soledad, esa ecuánime compañera que no se inmuta por nada o nadie, se instaló en la casa el mismo día en que algún ladrón oportuno (y oportunista) aprovechó el vacío y se llevó el bombillo mientras él recogía sus maletas.

Nunca llegué a comprender la definición de nada hasta esa noche. Más que una palabra, es una sensación. Horrible, debo añadir. Y se le presenta a uno de las formas más insospechadas posibles. A mí me atacó en la oscuridad de un apartamento desierto.

Recuerdo al llegar el golpe en el estómago – la nada pega duro-. La ausencia de todo. A pesar de la lejanía de aquellos meses, la casa siempre se había sentido llena. Sus libros y documentos le habían arrebatado las esquinas al apartamento e incluso contra mi voluntad, esa colección de sellos que le escondía siempre, había encontrado su lugar en la gaveta de mi mesa de noche. Mi ropa se abarrotaba en la mitad del clóset y no me atrevía a descolgar de las perchas aquellos abrigos lejanos hechos con cuero. Seguía cocinando para dos y botando la comida a los tres días.  La ropa sucia me miraba anhelante y el gas de la cocina (ese que jamás supe dónde buscar porque él se había encargado siempre) me suplicaba un recambio.

Hasta esa noche. Al prender la luz, como si de un acto de magia se tratara, habían desaparecido de un tirón los libros, los sellos, los documentos, la ropa sucia, los abrigos viejos… Los recuerdos.

Fue tanto el vacío, que sentí que me sacaban todo el aire de dentro. Dejé de respirar un instante -apenas unos segundos- y descubrí en ese momento, que la soledad puede ser tan violenta como un choque de trenes.

Íbamos de las manos, agarrados. Como aquellos niños de primaria a los que se les obliga a caminar de a dos. La suya sudaba, con la humedad dulce de quien corre para ver el sol. La mía tembló…

Aprendí a perdonar el día en que le disparé a la cara la ráfaga de rencores que vivían en mi garganta y, en vez de palabras, le brotaron lágrimas.

Él me llama, no por el nombre sino por el cariño. Y me agarra la cara con las dos manos y me susurra “te quiero”. No se da cuenta de que tengo miedo…

Los naufragios

abril 2019
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Y ya son...

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