Hace varios meses que no entro a mi casa antes de las 8 de la noche: el trabajo, el transporte, la distancia … Por x o por y, las luces de mi terraza sólo se prenden después del noticiero. Antes, solían esperarme inquietas, irradiando luz. Como uno de esos cocuyos que sirven de guía cuando la noche aparece. Al bajarme de la guagua, sabía que él estaba esperándome gracias al leve titilar del bombillo que asomaba por la ventana.

Nosotros habíamos empezado a vivir juntos casi por casualidad. Él no tenía dónde quedarse y a mí una amiga me ofrecía cuatro paredes como quien le regala un juguete a un niño. ¿Quieres venirte a vivir conmigo? le había soltado a bocajarro mientras él, más aturdido que sorprendido, me respondía que no con la misma naturalidad con la que se llevaba el cigarro a la boca.

Juro que en ese momento pensé que había esquivado una bala. La pregunta había saltado a mis labios sin antes haberla procesado el cerebro. ¿Vivir juntos cuando apenas nos conocíamos? ¿cómo se me había ocurrido semejante idea? Por supuesto, a la semana ya estábamos compartiendo cama. Y yo andaba por las calles columpiándome con las nubes.

Así son todos los comienzos, claro está… según Iribarren “enamorarse no tiene mayor mérito / lo realmente difícil/ -no conozco ningún caso-/ es salir entero/ de una historia de amor”.

Porque así es, los finales siempre son más difíciles que los comienzos. Por ejemplo, aquella luz del edificio que titilaba, desapareció un día. Y con ella, una parte de mí. La soledad, esa ecuánime compañera que no se inmuta por nada o nadie, se instaló en la casa el mismo día en que algún ladrón oportuno (y oportunista) aprovechó el vacío y se llevó el bombillo mientras él recogía sus maletas.

Nunca llegué a comprender la definición de nada hasta esa noche. Más que una palabra, es una sensación. Horrible, debo añadir. Y se le presenta a uno de las formas más insospechadas posibles. A mí me atacó en la oscuridad de un apartamento desierto.

Recuerdo al llegar el golpe en el estómago – la nada pega duro-. La ausencia de todo. A pesar de la lejanía de aquellos meses, la casa siempre se había sentido llena. Sus libros y documentos le habían arrebatado las esquinas al apartamento e incluso contra mi voluntad, esa colección de sellos que le escondía siempre, había encontrado su lugar en la gaveta de mi mesa de noche. Mi ropa se abarrotaba en la mitad del clóset y no me atrevía a descolgar de las perchas aquellos abrigos lejanos hechos con cuero. Seguía cocinando para dos y botando la comida a los tres días.  La ropa sucia me miraba anhelante y el gas de la cocina (ese que jamás supe dónde buscar porque él se había encargado siempre) me suplicaba un recambio.

Hasta esa noche. Al prender la luz, como si de un acto de magia se tratara, habían desaparecido de un tirón los libros, los sellos, los documentos, la ropa sucia, los abrigos viejos… Los recuerdos.

Fue tanto el vacío, que sentí que me sacaban todo el aire de dentro. Dejé de respirar un instante -apenas unos segundos- y descubrí en ese momento, que la soledad puede ser tan violenta como un choque de trenes.

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