Debo advertirles que este es el primer texto que escribo con tanto diálogo, es uno de los 3 cuentos que entregué ayer en la Convocatoria del Taller Literario del  Centro Onelio Cardoso, así que perdónenme por todas las posibles/probables faltas que pueda tener.  Se los dejo con la nota al margen de que cualquier sugerencia y/u opinión será más que bienvenida 🙂

Mala suerte

-Ya no estoy para perder el tiempole comenta Teresa a Marina esperando la guagua. Me cansa que se repita la historia. Un mes les doy para ver si me convencen pero nada, desaparecen en la primera semana. Ya no hay hombres interesantes en La Habana.

-Sí los hay, Tere, lo que pasa es que si gastas tu tiempo en buscarlos, no te van a aparecer jamás. A ver, ¿qué fue de la vida de ese doctor buenísimo que te rondaba?

-Nada mija, ya tú lo dijiste, médico, no tenía un kilo donde caerse muerto, y yo tengo 2 niñas que alimentar. Solo de amor no vive el hombre.

-Pero mamita, contigo no hay quien pueda. ¡Si me dijiste el otro día que te encantaba!

-Sí, pero eso fue antes de conocer a Fernando.

-¿Y quién es el Fernando ese?

-Un taxista, hace ruta de La Habana a Guanabacoa. Gana una pila. Lo conocí un día que me monté en su carro. Si te cuento lo que me pasó ese día… ¡Qué pe-na! se me había quedado el monedero en la casa y no tenía un kilo para pa´ pagar el taxi. Menos mal que me dijo que si yo quería me cobraba el pasaje con una salida. Tú me conoces, a caballo regala’o… Le di mi teléfono y me llamó esa misma noche para ir a comer al otro día. Me llevó a La Guarida. Mima, si tú llegas a ver ese restaurante te mueres. Nooo, y no te hablo de los precios de los platos, con lo que se gastó Fernando me compro la comida de 2 meses. ¡Alabao!

-Pero Tere, ¿tú no me estabas diciendo hace 5 minutos que no hay tipos interesantes en La Habana? ¿Te peinas o te haces papelillos?

-No Marina, no, si Fernandito era de lo más “interesante”. Lo que yo no sabía es que también era casado. ¡Yo lo que tengo es un chino atrás! No me encuentro con uno que sirva. Primero Manolo, ¿te acuerdas de Manolo? Bueno, pues ese Manolo me rompió la boca un día porque le dije que no quería cocinar. ¿Mentira dices? No mima no, verdad verdadísima. ¡Si hasta me partió un diente! Eso que te dije del pelotazo en la cara de los chiquillos de enfrente fue pa’ que no te preocuparas. Manolo era un animal. Rafa, el que vino atrás, a ese tú no lo conociste, era todo lo contrario. Cariñoso a morirse. Imagínate tú, era artista. O como él decía: un espíritu libre. Tan espíritu libre era que se metió a maricón. No confíes nunca en los artistas Marina, te lo digo de corazón. Ni en los militares, esos son los peores. Mira a Josefa, casada con un teniente hace 5 años. ¿Y el marido? siempre perdido. Que si una reunión, que si un despliegue… muela, muela bizca. Ese seguro tiene otra mujer regá por ahí. O sino dímelo a mí, que una vez cogí a Yoslandry en lo mismo. Qué rato más malo ese día, Marina. Qué manera de llorar. Y como él hablaba de las mujeres… decía que yo era un sol porque jamás le pedía nada y nunca se me había ocurrido salir sin él. A las otras, a las mujeres de sus amigos, las llamaba “caras” y “nocturnas”… descara’o. Al final terminó con la pelandruja esa que, me lo dijeron de buena tinta, le pega mil tarros. Me alegro. Por chanchullero. Si cuando yo te lo digo… mala suerte es poco. Voy a tener que ir al babalawo de la esquina a ver si me hace una limpieza.

-Pero de qué hablas, mujer, ¡si tú eres católica! Como se entere el padre Juan te descomulga. Eso no lo digas ni en juego. Vas a ir tú a esos brujeros a qué, ¿a que te tumben el dinero? Solavaya. Tú lo que tienes que es ir este domingo a la iglesia y pedirle a Diosito que te consiga un marido. Ya de paso lo pides con casa, que no es fácil empatarse con alguien y que al cabo del tiempo te quiera tumbar la tuya. Mira a mi vecina, la está pasando negra con el delincuente ese de su marido. Y yo se lo advertí, se lo dije siempre: Catalina, ese hombre no es trigo limpio, mira como tiene a su mamá en un asilo. Pero no me hizo caso, y cómo está ahora, volviéndose loca en los tribunales. Así que ojo… si vas a pedir, pide bien. Mira, ahí viene la guagua, apúrate que se te va.

Luego de unos minutos, los tacones de Teresa se arrastran por una calle sucia de la Habana Vieja. Mientras habla ensimismada con el de arriba pidiéndole señales, Fernando, su ex-taxista, la choca contra el parabrisas. En el hospital solo distingue batas blancas. Un médico con cara de pobre diablo le sostiene la mano. Con la ternura en los ojos, la conecta a duras penas a la máquina de oxígeno que le quita a otro paciente. El médico es Carlos, el mismo hombre al que rechazó hace un mes.

Pasado un cuarto de hora, una explosión de luz ilumina el hospital. En el cuarto de Teresa, la máquina hace bip.

Ya en el velorio, Marina reparte sus condolencias. El médico, única conquista que se atrevió a asistir a la funeraria, se le acerca con los ojos llorosos. Aparte de la bata blanca, viste el luto obligatorio. Marina lo mira con la compasión dibujada en los ojos.

-Mala suerte, decía ella que tenía. Jamás le creí. Pero vaya… un rayo seco a las 4 de la tarde hace dudar a cualquiera.

-Pues sí señora, y yo que ese día pensaba llamarla para invitarla a salir, cuando la vi me pegué tremendo susto. Imagínese usted, la semana pasada se murió un tío abuelo que tenía en España y me dejó en herencia todo lo que tenía. Una lástima lo de Teresa… tanto que me había hablado del restaurante ese al que van los artistas. ¿La Carina? ¿La Guarrina? Ni me acuerdo… era uno ahí que le gustaba. ¡Qué mala suerte!

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