Hace unos días, y no vía correo postal -cosa que me hubiera encantado, por supuesto- él (aquel hombre que antes y luego de “Él” siguió siendo “MI amigo”) me escribió a modo de confesión un encuentro sostenido en un bar de otro (su) país.

Se me desenredó la sonrisa mientras lo leía.

¿Qué hace un hombre como yo –me ponía- cuando una noche cualquiera, en un bar cualquiera, conoce una mulata linda y de buena conversación y, al momento de acercarme a darle el primer beso, se precisa un dije de ancla que le cuelga en el cuello?

¿Qué hace uno, rubia? ¿A qué juez le despotrico todo lo que siento en ese momento? ¿Nunca las ganas de hacer algo se te han quitado al último segundo? A mí sí (claro, soy un puto descarado, e igual lo hice) pero estaba absorto rubia, absorto. No podía creer que la vida fuera tan hija de puta.

¿Y sabés qué es lo peor? –agregó en esa postdata tan nuestra– Por hacerme más daño, le pregunté si tenía algún significado para ella. Y me dijo que no, que le gustaba y ya. Y no sé, puta sal, tus respuestas ante esas cosas siempre tienen una cuota de realismo mágico que le dan una sazón y un valor agregado a esos detalles. Recuerdo cuando en el Malecón te pregunté, y me dijiste que sí, que era lo que te mantenía atada a la tierra.

Te lo quería contar. Sos la protagonista, debías saber la historia

Después de leerlo, recordé la leyenda del hilo rojo. Y mientras se la narraba en otro texto digital,  juro que me dio una alegría inmensa imaginarlo besando a la mulata, una alegría sana de quien desea que alguien bueno sea feliz.

A lo mejor la cuestión es esa, a pesar del tiempo (a pesar de todo) me queda la certeza que cierta parte del mar y su muro son cosas nuestras. Y los recuerdos no son historias que se pueden compartir con todo el mundo. A veces es necesario ser egoísta.

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