Foto: Dazra Novak

Foto: Dazra Novak

Alguien me dijo ayer que mi parque más querido del Vedado, ese que se encuentra en 21 y H, es el “parque de los tarros”. Me quedé de piedra mientras me lo decían y luego solté la carcajada del milenio.

Para qué mentir, cierto es que es un parque oscuro que se presta para muchas cosas y, sin embargo, los recuerdos que yo tengo de él, son tan -usaría la palabra puros, pero luego tendría que retractarme- buenos (sí, buenos es la palabra), que más que al adulterio lo asocio a la etapa inicial del enamoramiento.

Porque si de algo estoy segura es que una vez me enamoré en ese parque. Mientras me hablaban de libros, vinos y chocolate -o era yo la que hablaba, ya no recuerdo- el verde aquel se me iba metiendo dentro. Juro que para aquel entonces ni un beso me habían dado pero ya yo estaba enamorada. ¿Qué se puede hacer después que te regalan un libro de poemas? No existe contraveneno.

Más tarde, casi un siglo después, luego de haber odiado los árboles, otro poeta me devolvió el amor al parque. Lo envolvió en fotos viejas y, lanzando una botella al mar, me regaló un banco de hierro.

Hoy por hoy, la glorieta del medio –lo juro- me  retorna la sensación aquella de estar perdidamente enamorada. Por eso no subo mucho. Me da miedo de ser esa yo a la que le entra la nostalgia por los ojos y comience llorar el verde.

El parque adúltero, más que adúltero, es un parque de 2 (o 3, o 4…). Ojalá no lo conviertan nunca en un centro comercial, la gente tiene todavía el derecho al beso.

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