Masaje-erotico

Él llegó, como un adolescente, a recibir un masaje. Su primera vez, me susurró la amiga, demórate y relájale.

Por encima de la ropa se le notaban sus casi 30 años. No era fuerte como esos tipos que se comen los gimnasios, pero tenía los músculos de quien sale a correr todas las mañanas. Me recordó a las carnes que salen en los anuncios y de repente me entraron unas ganas terribles de morderlo para comprobar su dureza. Me controlé.

Cuando llegamos al cuarto no le vi quitarse la ropa – yo puedo ser profesional si me esfuerzo- pero sí lo sentí tumbarse en la camilla. Entré luego, como quien no quiere la cosa y sonreí al comprobar que (como casi todos los primerizos) se había dejado la ropa interior.

Comencé por la espalda, tocándolo suavemente y me estremecí con cada uno de sus ronroneos. Qué tipo más hijoeputa –pensé- o disfruta mucho el masaje o lo hace a propósito para calentarme. No obstante, como la buena experta que soy, continué mi trabajo hasta llegar a la espalda baja.

¿Quiere que le masajee los glúteos? –pregunté con toda la calma que pude reunir.
Si no le es molestia me encantaría- respondió a su vez mi paciente. Y fue entonces que descubrí que el nombre, más que a él,  se aplicaba a mí. Paciencia, me repetí dos veces, paciencia… En ese momento constaté que mi autocontrol puede ser poderoso y, aunque quizás mis manos se excedieron un poco en el toqueteo, bajé a las piernas como quien pide perdón. Sus tobillos fueron un alivio.

Cuando se viró boca arriba me dio miedo mirarle al rostro, así que me enfoqué en sus brazos. No le dejé un milímetro sin cubrir de aceite, su piel brillaba. Al punto de mirarle a los ojos me agarró la mano… Uno de sus mejores músculos estaba tenso.

Lo relajé, como me habían ordenado, y en el proceso terminé agotada. Fue el mejor masaje de mi puta vida.

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