leer tiene swing

Un hombre que ha abierto más libros que piernas puede, fácilmente, lograr abrirme las mías. Un poema al azar (o sutilmente escogido), las citas del Principito, alguna que otra página de Rayuela o, en última instancia, un libro de poetas griegos son –he de admitirlo- mis armas de destrucción masiva.

Un buen texto es el equivalente a 3 o 4 Bucaneros en cualquier bar citadino. Puede que más, si la pronunciación es correcta. Una guitarra equivale a par de líneas de ron y una serenata (no con mariachis, por favor) endulza tanto como el beso de una abuela.

Un libro de regalo me hace pensar en helado; cuando es de poesía, en cake con nata. Si, en el mejor de los casos, los versos son de Carilda o Nogueras, la nata se torna Nutella y el libro es un orgasmo literario.

Ya ven, no es tan difícil… es simplemente cuestión de métricas.

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