Nos volvimos a encontrar en uno de esos cafés sin ruido que la gente suele usar en las primeras citas. Los dos (casualidad rara) andábamos solos. Nos sonreímos y, casi sin pensarlo, unimos las sillas en busca de ese vínculo añejo que tiempo atrás compartimos. Hablamos -como mandan las buenas costumbres- del tiempo, las familias, el trabajo y algún que otro tema intrascendente. Los minutos pasaron en cámara lenta.

Después del primer silencio me miró a los ojos y, como quien no tiene nada que perder, me propuso escaparnos unas horas. Yo lo miré (por primera vez en muchos años) y me envolvió una nostalgia tan grande, que tuve miedo de amarlo por segunda vez.

Luego le toqué las manos y noté el anillo. Me fui, como quien no ve al pasado… o quizás como quien tiene futuro.

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