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Él me llama “escueta” y no sabe que, mientras lo leo, en mi cabeza se asoma Barney anunciando: challenge accepted.

Y es que, si bien me han llamado y adjetivizado de mil maneras, “escueta” nunca había entrado en el diccionario. No entiendo nada de nada. Porque eso sí, cuando comienzo a hablar voy soltando párrafos hasta terminar imitando en tamaño al Silmarillion… y él lo sabe.

Muchísimas tardes le robé de trabajo cuando en aquellos tiempos de sonrisas cómplices le arrebataba los sabores de las manos (los helados y él tienen su lado dulce) y nunca me tachó de concisa.

La cuestión es que, si bien hace mucho de aquellos pretextos (yo simulaba andar cerca y él tener horas libres), todavía el cariño persiste… y los recuerdos de aquellos textos.
Largos… eran textos largos, como los que nunca he vuelto a escribir. Contaban cuentos y cantaban canciones. Navegaban en silencio por la red y cuando llegaban comenzaban a tocar tambores y guitarras para anunciarse. Textos alborotadores eran.

Tan revolucionarios, que se inventaron un Partido de la Amistad que ha durado y perdurado a través de los tiempos y las deudas.

¡¿Cómo carajo se va a atrever él a llamarme escueta?!

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