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Él vivía dentro de mí –me confiesa María– tenía una cama cómoda dentro del pecho y todos los días lo acariciaba antes de dormir. Se despertaba con el barullo que hacía el corazón al irse a trabajar y luego bajaba hasta la barriga para que sus mariposillas le cosquillearan la cara. Eran Monarcas las que criaba, de esas inmensas que, al batir las alas, provocan los terremotos allá en Tokio.

Por la tarde, después del trabajo, se iba a los ojos a colonizar arriba e incluso a veces (cuando la ternura me lo permitía) yo simulaba una rendición sufrida para satisfacer sus aires de conquistador frustrados. Así vivió muchos años… podría asegurar incluso que éramos felices.

Hasta una noche sin Luna. Lo atrapé escondiéndose en una lágrima mientras iba, como un sonámbulo, asesinando a las mariposas.

Hacerme el harakiri fue la manera que encontré para dejarlas libres.

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