Y viene la serpiente a morderme el tobillo, a inyectarme, maliciosa, su veneno dulce. La piel comienza a transpirarme, los ojos a cerrarse, la boca a abrirse. Una corriente me sacude el cuerpo y caigo al piso con el mismo estrépito que un dique al partirse.

Muriendo voy, poco a poco, arrastrándome tras sus colmillos. Busco en su piel la dulce humedad del alivio y le susurro – aprendiz del idioma pársel- que no se me vaya lejos… Necesito preguntarle urgente, en dónde escondió al principito.

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