A veces una se levanta con el llanto atorado en la garganta. Y no importan los abrazos o la luz que se cuela por la ventana, de cualquier manera las lágrimas se desbordan.

A veces, simplemente, no se sabe por qué se llora y, como si de una jugarreta cruel se tratara, comienzan a llegar a la cabeza esas imágenes de tiempos pasados en los que tu padre te abrazaba y tu abuela te contaba un cuento. Por supuesto, con cada imagen que llega se va destruyendo el dique que evita los sollozos y a medida que el carrusel avanza se van haciendo más fuertes. Pocos segundos después arremeten los temblores y, con ellos, la súplica muda a la almohada, el violento interrogatorrio al techo.

Llorar, sin saber por qué se llora, deja el cuerpo lánguido, casi sin vida.

Después una se entera de que se murió una amiga y todo cobra sentido.

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