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Mi futuro esposo (que ya el compromiso es de años viejos), es uno de esos caimanes buenos que, por dejar de ser carnívoro, se ha vuelto vegetariano de besos. Por eso, desde hace unos cuantos años, se limó sus muelas divinas para evitar desangrar a sus víctimas, las cuales -debo añadir- nunca pronunciaron quejas por haber caído en sus fauces. Y es que, cuando un caimán de este tipo abre la boca, el resto del mundo se paraliza.

Tiene, como los grandes reptiles, esa cadencia peligrosa que conmueve e hipnotiza y su tono es tan dulce como los ríos en los que se esconde. Porque eso sí, este caimán es de los tímidos.  Solo sale de su escondrijo a base de promesas de abrazos que luego exige como si mudara la sonrisa inocua por un conjunto de dientes filosos. No hay quien se atreva a estafarle cuando se habla de cariños.

Enrique (que este caimán tiene nombre) es uno de esos espécimes raros que hay que mimar. Porque eso sí, a la gente buena hay que abrazarla todo lo posible y sacarla a la luz.  Y mi caimán es de los mejores.

Si según Martí los niños son los que saben querer, quizás entonces mi Enrique no haya crecido.

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