Él y yo teníamos un contrato libre. Su cuerpo me pertenecía las horas que estuviéramos juntos y, fuera de eso, le pertenecía a otras. Yo estaba de acuerdo. Mientras mi pedazo de mundo no se mezclara con otros nombres, no me importaba (nunca he sido celosa). Me bastaba su manera de mirarme cuando me tocaba; me sentía única… protagonista. Qué importaban los otros cuentos si el príncipe (o el bandido) se mantenía en el mío el tiempo suficiente como para satisfacer mi libido.

Hasta un día. Una tarde cualquiera le dio por eliminar historias y se apareció en mi libro con el velo blanco que se les da a las novias. No dije una sola palabra. Mi manera de comprometerme fue darme a la fuga.

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