Hay un lugar en La Habana, uno de esos lugares hermosos y a la vez tristísimos, que me hace pensar en la lluvia. No llueve cuando lo veo y, sin embargo, gotas finísimas me trastabillan en el rostro.

Una inmensa chimenea, de esas que aparecen en los cuentos infantiles, corona el espacio enladrillado y yo no puedo más que admirar, en medio de todo ese llanto imaginario, la luz que baja del cielo.

La luna, allá en lo alto, parece estar concediendo deseos… un poco Cenicienta me siento.

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