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Mientras me retorcía en el suelo –relata María- un leve calor comenzaba a manarme de la entrepierna. Esa manera tan suya de observar mis movimientos me incitaba a restregarme los amarres sobre la piel desnuda. Su fútil idea de “secuestro” me asemejaba entonces hasta divertida.

En esos instantes (lo confieso) anhelaba la continuación del acto y, como el personaje requería, emitía los gemidos clásicos de quién se siente rehén. La boca semiabierta en “O”, los cabellos dispersos en el suelo, la piel de gallina a causa del frío y las piernas encogidas hasta la cintura, eran el perfecto aderezo a la estampa de cautiva que simulaba la escena.

Todo hasta que comenzó a explicarse.

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