Ella, que me sabe enferma (sabiendo además yo que no me soporta), me pregunta con voz de niña que vende galletas: Ay, Mariancilla -nótese el diminutivo despectivo- ¿cómo te sientes?

Afortunadamente, y por ello le doy las gracias al cielo y a todos los santos habidos y por haber, acudí a los restos de paciencia que me quedaban y solo respondí: mejor de lo que desearían unas y peor que lo que desearía yo.

Deberían sentirse orgullos@s de mi autocontrol.

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