cucuyo

Éramos un grupo pequeño, de esos que se escapan de las multitudes. Y salimos a sumergirnos en ese río mágico que lleva por nombre Duaba.
Nos bañamos en un pedazo de historia– le conté a mi madre al regresar. Recorrimos las mismas piedras que pisaron hombres titanes y nos reímos a carcajadas con la noche inundándonos de recuerdos.

Luces vivas nos acompañaban en las orillas. Poco a poco, como salidos de un cuento de hadas, pequeños cocuyos salían, como estrellas fugaces, a llenarnos de verde las pupilas. Yo parecía una niña señalándolos. Y lamenté como tal no poder guardarlos. Antes, cuando por las vacaciones regresaba al Escambray, solía almacenar cocuyos en pomos de cristal y me iba muy contenta por las calles con mi tesoro de luz.

Esta vez, el tesoro fue el momento, el pomo el Duaba y los cocuyos el grupo de gente buena que me acompañaba. No tengo de qué quejarme… tuve mi cuota de luz.

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