Él le escribe una carta en la que le cuenta que allá casi es verano. Y le aclara: casi porque sin ti todo es incompleto. También fue casi primavera.

Yo, que tengo la suerte de releer sus palabras, abrazo a la queridísima Ann y me apropio de esas líneas/armas.

Desde hace unos días, cuando despierto y no estás al otro lado, tengo la sensación de haber estado toda la noche soñando con otra. Una mezcla entre la culpabilidad y el vacío se apoderan de mi pecho y me escucho latir tan desafinado, que temo seriamente morir en un acorde. Quien te ha visto bailar, sabe que es posible morir de música.

He estado yendo a los lugares donde ser feliz era sencillo y sin embargo, ni siquiera me he acercado un poco a esa sensación de que el mundo está girando a la misma velocidad a la que yo camino. Supongo que el verdadero secreto de la felicidad, está en no cuestionarla, en no tener la necesidad de hacerse ninguna pregunta, porque es en las respuestas, donde se hallan todas las tristezas.

Mi padre decía:
Cuando creas que tu vida es una mierda, basta con que veas los diez minutos primeros de cualquier telediario y tu infierno te resultará un hotel de cinco estrellas.
Jamás he cuestionado esa teoría, sin embargo, pienso que lo verdaderamente jodido no es el infierno en sí, sino el tamaño de los demonios que lo habitan.
Y tú, todavía aquí en el mío, continúas siendo enorme.

Al terminar la lectura, yo, que no me acostumbro a esas palabras, lloro. Y secretamente, le lanzo una mirada de envidia a la encandilada Ann. Ella salta entre los papeles y se deshace de alegría en cada párrafo (no la cuestiono)… Ah, las cartas. O mejor dicho: Ah, las cartas de amor.

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