Se nos murió Galeano. Se nos acabó el cuentacuentos simpático que veía lucecitas desde el cielo. Acaparó una nube (como otros tantos ángeles) y ahora nos mira sonriendo. A mí se me murió el abuelo que nunca conocí.

Ayer, cuando me dieron la noticia, se me partió el alma a pedacitos. Y lloré, lloré como lo haría una niña de 5 años, con las lágrimas bañando el rostro y la voz entrecortada de quien ha perdido las palabras.
Hace unos años atrás, sus letras fueron el pañuelo la noche de otra muerte.

Y ahora… ¿qué hago con la suya? ¿A quién leo para salvarme?

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