Mientras bailamos, él me hace girar como un trompo. Mi cuerpo parece gelatina cuando sus manos negras me acomodan a cada paso… y me siento como en los musicales antiguos. La verdad es que se mueve bien el gigante, de sus piernas parece brotar la música. Mi ritmo se acomoda al suyo sin ningún esfuerzo y, mientras el final de la canción se acerca, no puedo menos que sentirme infeliz.

Cuando todo acaba, se acerca a mi oído: Bailas muy bien para ser tan rubia.

Ay, ¡Qué insulto!

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