Este, para variar, es uno de esos maravillosos artículos que la Istarú regala de vez en mes -no, no le estoy robando a Arjona. Cuando lo leí, me acordé de aquella vez que a mí me dió por regalar(le) flores.

Enamorarse a los ocho

Cuando fui niña casi no había Día del Niño, que yo recuerde, o al menos no llegaba a ser una fecha importante. Ser niño se limitaba a no ser grande y en mi caso, a ser razonablemente feliz.

Estaba enamorada de papá y mi amor tenía medida: lo quería hasta el cielo. Alentada por esa primera experiencia de amor correspondido decidí trasladar mi afecto a varones más al alcance de mis posibilidades (papá estaba casado, debo decirlo). Me enamoré (enamorarme era ya en mí la única vocación sólida) de otra pasión imposible.

Una vez más, la diferencia de edades significó un amargo traspié: él ya era un hombre de cuarto grado, yo estaba en el kínder. De cinco. Y solo tenía cuatro.

Si las paredes de aquel bus escolar hablaran, darían cuenta de mi mudez, mi palidez, mi vértigo, del escándalo que me armaba el corazón cuando aquel galán ausente subía los escalones de la puerta y yo me tapaba el clamor del pecho con una cantimplora azul.

No pude, en semejantes condiciones, intimar tanto como para averiguar su nombre. Si en aquel entonces yo tenía cuatro, él tendrá hoy unos cincuenta y dos.

Me pregunto si alguien lo querrá de aquí a la estratosfera, o si recoge, como tantos, los pedazos de un cielo reventado por el desamor. Si la devoción que profesé en silencio lo protegió de todo mal. A mí, entre tanto, no me protege aún de la nostalgia.

Con el paso del tiempo, ya mayor, me enamoré de nuevo. Cursaba el tercer grado y había adquirido aplomo y madurez. Temeridad. Él era la encarnación de la guapura, tan solo superada por su propio padre. Lo cortejé. Le compré chicles, coloricos, galletas Milán. Terminé de copiar de la pizarra los textos inconclusos en su cuaderno. Lo regañó la maestra, la clase se burló. Como resulta evidente, hoy, casi cuarenta años después, una mujer aún no corteja, ni lleva flores, ni invita a cenar, ni regala dos colones de coloricos de a dos por cinco. Sigue siendo inadmisible. Ni le lleva un carrito rojo con puertas delanteras móviles un Día del Niño, porque sí, porque niños éramos y la excusa era muy buena, y en el amor, se tenga la edad que se tenga, todo se vale.

Se burlaron de él con una crueldad sin traumas: lo cubrí de ridículo. Federico suspiró con lástima, me miró desde el fondo mismo de su bondad y, en vez de hundirme en el foso de su desprecio, dijo resignado: “Está bien, gracias”. Quiero pensar que me palmeó la espalda.

Será por eso que no olvido esta fecha, ni mi amor sin recato, ni que nueve años a un niño le bastan para ser un caballero.

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