ninnamala

Un vecino del ingenio
dice que Dorita es mala,
para probarlo me cuenta
que es arisca y malcriada
y que cien veces al día
todo el batey la regaña.

Que a la hija de un colono,
le dio ayer una pedrada,
y que la del mayoral
le puso roja la cara,
quién sabe con qué razones
por nosotros ignoradas.

Que si la visten de limpio
al poco rato su bata
está rota o está sucia,
que anda siempre despeinada,
que no estudia la lección
y nunca sabe la tabla,
que el sábado y el domingo
se pierde en la guardarraya
persiguiendo tomeguines
y recogiendo guayabas.

Y yo pregunto: “Vecino,
vecino de mala entraña,
¿quién puede decir que sea
por eso mi niña mala?.
Si hubieras visto lo íntimo
de su vida y de su alma
como lo ha visto el maestro
¡Qué diferente pensara…!

Verdad que siempre está ausente,
pero si viene no falta,
entre sus manitas breves
un ramo de rosas blancas
para poner al Martí
que tengo a mitad del aula.
Con quien no tenga merienda
parte a gusto su naranja;
si cantamos al salir
se oye su voz la más alta,
su voz que es limpia y alegre
como arpegio de guitarra.

Y cuando explico aritmética
le resulta tan abstracta
que de flores y banderas
me llena toda la página.
Y prefiere en los recreos,
cuando juegan a las casas,
jugar con Luisa: la única
niña negra de mi aula.
A veces le llama Luisa,
a veces le dice: ¡Hermana!.

Y cuentan los que la vieron
que en aquella tarde amarga
en que no vino el maestro
era la que más lloraba.

Cuando se premie el cariño
y lo rebelde del alma,
cuando se entienda la risa
y se le cante a la gracia,
cuando la justicia rompa
entre mi pueblo su marcha
y el tierno botón de un niño
sea una flor en la esperanza,
habrá que poner al pecho
de mi niña una medalla,
aunque el batey malicioso
me le dé tan mala fama,
y tú -mi pobre vecino-
no entiendas una palabra.

***

“Romance de la niña mala”
(Pedro Luis Ferrer-Raúl Ferrer. Mariposa. 1977)


Dorita, así me llamaba él. Decía que yo era la versión rubia de aquella niña maldita y buena.

Releer el poema (como es de suponer) hace que me conquisten los recuerdos y, aunque él no lo sepa, imagino que esta es su manera de sacarme una sonrisa.

Justo por estos días, cuando más lo necesito, aparece en un libro viejo. Y me llama traviesa y me convierte en niña. Entre sus brazos vuelvo a ser la chiquilla irreverente que corretea libre por las calles y me vuelvo a ver con las rodillas arañadas y las batas sucias. Por supuesto, aquí también está mi madre, como siempre intentando aplacar el “desgreñe” mientras yo, renuente a peinarme, me contorsiono entre sus brazos. Del mismo modo está Oly. Aunque eso ya es redundancia: Oly siempre.

La realidad es que, mientras duran los versos, papá se aparece en cada línea de este poema.
Por eso lo vuelvo público, para jamás olvidarlo.

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