La caza mayor –cuenta María– me parece un deporte fascinante. Empeñarse en coleccionar uno de esos animales gigantes no me motiva y, sin embargo, la batida me emociona a tal punto que, encontrarme apuntándole directo al pecho a una de esas fieras salvajes con apenas una flecha, me hierve la sangre.

Esta vez, él se aparece y yo me pongo la armadura. Tenso mi arco, acaricio la flecha y casi a punto de disparar… caigo.

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