Mis pupilas me advierten
que puedo morir,
morirme,
por abrir los ojos.

Mi corazón me advierte
que puedo morir
de soplo y resoplo,
de esfuerzo,
por encontrar algún valor honesto
al que agarrarme
y no encontrarlo.

Mi conciencia me advierte
que puedo morir
de un ataque de cobardía
de tanto mirar para
otro lado.
De morir
de un ataque de tristeza
por mirar hacia atrás.

Mi cerebro me advierte
que puedo morir
de un ataque de verdad
si pienso.
Me advierte que diga a todo que sí,
que es más fácil y no duele.

Mis huesos me advierten
que puedo morir de hambre
por no encontrar ninguna verdad
que llevarme a la conciencia.

Mis pulmones me advierten
que llorar les cansa.
Que puedo morir
de impotencia.

Mis intestinos me advierten
que puedo morir
de un colapso de mierda
en la retina o en el alma.

Mis neurotransmisores me advierten
que puedo morir
lentamente,
mentira a mentira,
silencio a silencio,
vergüenza a vergüenza
si leo la prensa
veo el telediario
o escucho la radio.

Mi estómago me advierte
que puedo morir
por comprobar que la basura
de mi propia casa
libraría de la muerte
por hambre
a demasiados olvidados.

Mientras se consume un cigarro
la gente se muere
de hambre
de sobredosis
de cansancio
de aburrimiento
de soledad
de palizas
de hipermetropía
de ceguera
de cáncer
de malaria
de un disparo
de pedradas
de tristeza
de tristeza
de tristeza.

Las autoridades advierten que
fumar puede matar.
Y yo, que no fumo,
me voy muriendo un poco
todos los días
porque las Autoridades
no advierten que son ellas
las que matan
directamente.

Eva Vaz (Huelva, España, 1972)
“Metástasis”

Anuncios